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¿SOMOS UN SUBMARINO?

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Por Guillermo Mariani

Son cuarenta y cuatro vidas. Y a su alrededor cuarenta y cuatro familias. Quien ha vivido la muerte de un pariente muy querido, sabe hasta dónde llega la sensación de vacío y hasta de sin-sentido de la vida. Sólo por una ausencia. Al trasladarnos imaginariamente a cada una de estas familias para acompañar su dolor, ante la tragedia absolutamente inesperada, lo menos que nos puede suceder es desear estar a su lado uniendo nuestro afecto a su aflicción para fortalecer y esperanzar. Con un poquito de sensibilidad que nos quede, ya resultamos, sólo con ese intento, malheridos.
 
Pienso que hoy, como hace muy poco tiempo con Santiago Maldonado, todos los argentinos nos sentimos así: ¡mal! Sin que sea posible clasificar cada una de las reacciones que nos atraviesan la mente y el corazón. Sin que las cosas queden aclaradas. Por más tiempo que nos hagan esperar para que se cumplan las investigaciones y se recojan los testimonios, siempre condicionados por la persecución a que quedan expuestos los testigos fieles.
 
Una primera reflexión que se me ocurre es que, en esta oportunidad, la solidaridad internacional se ha mostrado, no porque nos hayamos “integrado al mundo” haciendo negocios o abriendo sin límites la exportación, o cediendo nuestras tierras, o endeudándonos por encima de nuestras posibilidades y las de las generaciones venideras. NO. 
 
Esta es la solidaridad creada por el dolor inconmensurable de las familias de las víctimas, rebotando en pueblos y gobernantes con sensibilidad profundamente humana, conscientes de que ni lo económico ni lo tecnológico son tan importantes como la expresión de ese sentido profundo que es capaz de vivir la fraternidad con todos los seres humanos, y es la única dirección aceptable de todo avance material o tecnológico que podamos alcanzar.
 
La primera noticia fue de la Organización con sede en Austria del Tratado de prohibición parcial de ensayos nucleares (OTPCE). Ellos tan lejos pero alertas por la claridad simple de su objetivo ligado a la vida humana.
 
La segunda reflexión se cruzó en mi mente después de ver repetidamente al submarino en su estructura completa, navegando como si brotara del mar, en el primer enfoque de la filmación, con una gran bandera argentina sobre el espacio negro de la superficie frontal. Me impresionó como una Argentina luchando en el mar, desafiando el oleaje atemorizante.
 
¿No hay un símbolo en esta terrible tragedia, de que los argentinos de hoy estamos involuntariamente embarcados en un submarino extranjero, no comprado como el Thayssen,  sino vendido, mediante  enajenación de tierras, soberanía, independencia política y económica…?
 
Un submarino en el que, con el pretexto de hacer reparaciones, se provocan movimientos constantes entre la carga de batería (la fuerza de adentro) con el agua ingresante (la invasión de afuera) para producir cortocircuitos que acaben produciendo una explosión -ya anticipada desde distintas fuentes- que quiebre nuestras resistencias y apropiándose de todas las riquezas que contiene nuestra tierra, nuestra historia y nuestra cultura, nos hunda en el fondo de un mar demasiado profundo y sucio ¿Para re-encontrarnos?
 
Mi ocurrencia simbólica puede ser desacertada. Sentirse mal ante la frecuencia de ser testigos impotentes de tantas muertes lentas, ocultadas por la prensa sumisa y manipuladas por la justicia que multiplica sus apariciones sin la venda en los ojos, puede encontrar simbolismos donde no existen. Mi deseo es que sea así en este caso, pero me atrevo a compartirlo.
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