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Amos del Espacio, esclavos del Tiempo

ggoldes
Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

Nuestra inclinación a dominar el espacio no tiene límites. Y pareciera que así ha sido desde tiempos inmemoriales. Deseosos de a viajar a otros lugares. De movernos sin cesar. Impulsados a conocer ambientes nuevos, culturas diferentes, establecidas y adaptadas a otros territorios. Anhelando poder desplazarnos cada vez más rápido, para poder llegar más lejos. Compulsivamente tratando de dominar todo el espacio posible.

Y sobre todo, para no sentirnos estancados. La quietud tiene mala prensa en la actualidad.

Dominar el territorio, sí. Como los antiguos emperadores de diferentes pueblos, siempre queriendo extender las fronteras de lo propio a costa de lo ajeno. Siempre queriendo incorporar lo desconocido al familiar ámbito de lo conocido. Obsesionados por abarcar más, por subir más alto, por penetrar más profundamente en las entrañas del planeta. La tecnología siempre fue una aliada en esa búsqueda sin fin. Y lo sigue siendo. La hemos usado para visitar la Luna, nada menos. Hoy la usamos para enviar sondas de exploración a otros planetas, satélites, asteroides, cometas. Y para mirar muy lejos mediante observatorios que se hallan, ellos mismos, allá lejos en el espacio. Para conocer los límites, porque conocer es una forma de dominar. No se puede dominar lo que no se conoce.

No, nuestra inclinación a dominar el espacio no reconoce límites.

Sin embargo, seguimos siendo esclavos del tiempo. Contra él no podemos. Estamos en rebelión permanente contra la tiranía del tiempo, aunque esa batalla la tenemos perdida de antemano. Y lo sabemos. Porque es, en definitiva, una batalla contra las leyes de la naturaleza. Es más, en nuestra carrera por dominar los espacios muchas veces nos hacemos mucho más esclavos, aún, del tiempo. 

Con un ejemplo bastará. Queremos sentir que podemos comunicarnos desde cualquier punto del planeta. Para sojuzgar el espacio. Para poder decir: en ningún punto del Orbe estaremos incomunicados. No tenemos ninguna justificación especial para ello. Es sólo una demostración de poder tecnológico. Y Para eso recurrimos, por ejemplo, a los celulares. En nuestra fantasía, con ellos consolidamos nuestra dominación del territorio. En la práctica, lo que logramos es esclavitud de la tecnología el 100% de nuestro tiempo. En el altar de la ilusión de dominar el espacio, entregamos como ofrenda todo nuestro tiempo, que no sólo es escaso: es irrecuperable. Una ecuación ya conocida: entregar algo invaluable a cambio de algo no tan valioso. Oro por baratijas.

Por una larga carretera podemos ir, y luego volver. Pero el tiempo habrá pasado siempre en el mismo sentido, tanto a la ida como a la vuelta. Desde la juventud hacia la vejez. Desde nuestra juventud que se escurre hacia nuestra vejez, que inexorablemente nos cerca. En Física se llama irreversibilidad. En la vida cotidiana, es el drama mismo de la condición humana.

Podemos decidir sobre el espacio. Vamos al norte, al sur, al sste, al oeste, arriba o abajo. Pero nunca podremos decidir sobre el tiempo. Allí, siempre iremos hacia el futuro. Aunque insistamos en volver al pasado. Y lo más triste sería comprobar que nuestro futuro se parezca sospechosamente a nuestro pasado