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Cine de destrucción masiva

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Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

Existe un único lugar en el mundo en donde se utilizan armas de destrucción masiva para hacer el bien: Hollywood.

La lista completa sería muy larga, pero podemos enumerar algunas películas que repiten un esquema argumental básico. Se produce alguna catástrofe natural, de magnitud indescriptible. Se intentan muchas soluciones improvisadas, que sistemáticamente fallan y van creando una atmósfera que presagia lo peor. Pero finalmente, y como última opción, se recurre al inverosímil uso de bombas atómicas para conjurar el peligro inminente. Y así, el equilibrio perdido se restablece. Una idea delirante, pero a la cual nos hemos acostumbrado. Lamentablemente.

Recuerdo la película Meteoro, de 1979, en la cual un asteroide descarriado amenazaba la Tierra. Llevaba curso de colisión directa con nosotros. Un acuerdo entre soviéticos y norteamericanos permitía que se dispararan baterías de ojivas atómicas que finalmente conseguían detener al malvado asteroide. Esas baterías estaban en órbita, lo cual complicaba las cosas porque ambos países negaban tener esas armas montadas sobre satélites. Para que no se rompiera el equilibrio geopolítico, la cantidad de misiles rusos que impactaban en el asteroide era idéntica a la cantidad de misiles norteamericanos. Balance perfecto.

Mucho más cerca en el tiempo, pero repitiendo el tipo de amenaza, Impacto Profundo y Armageddon siguieron la misma línea. Recordemos que la idea de la “amenaza del cielo” no es caprichosa ni imaginativa: se cree que los dinosaurios y muchos otros animales y plantas se extinguieron hace unos 65 millones de años a causa del impacto de un gran asteroide. Habría ocurrido en Chicxulub, en la actual zona costera de la Península de Yucatán.

En el caso de Impacto Profundo, de 1998, era un cometa el enemigo que debía neutralizarse, y el “remedio” propuesto una explosión atómica en su interior. Para lograrlo, primero había que llegar a su núcleo, perforándolo. Esa tarea se encargaba a un grupo de trabajadores del petróleo devenidos en astronautas y expertos en explosivos. Sólo en Hollywood…

En Armageddon, lanzada el mismo año, el verdugo vuelve a ser un asteroide. Y el remedio es, nuevamente, una explosión nuclear. Todo esto merece algún tipo de aclaración. Como ya dijimos, es posible, aunque altamente improbable, que la Tierra reciba un impacto de dimensiones catastróficas durante nuestra vida. Pero en caso de ocurrir, no podríamos hacer absolutamente nada para evitarlo. Sería mejor invertir nuestras energías en algo más constructivo.

Veamos ahora el extraño caso del film Sunshine o Alerta Solar, del año 2007. En el mismo, el Sol se está apagando sin que se sepa por qué. Y lo quieren reactivar… adivinen, ¡con una bomba atómica! No se brinda ninguna explicación de cómo o por qué tal explosión, que a escala solar sería ínfima, podría influir sobre el destino de nuestra estrella.

Por su parte en la película El Núcleo, la humanidad enfrenta una inverosímil detención de la rotación del núcleo de la Tierra. Y esa situación disparatada es resuelta, una vez más, mediante descabelladas explosiones nucleares.

Una variante diferente se presenta en Epidemia de 1995. Un brote catastrófico del virus ficticio Motaba, sorprendentemente parecido al Ébola, ocurre en los Estados Unidos. Si su expansión no puede controlarse por medios sanitarios, el pueblo afectado será bombardeado: muerto el perro se acabó la rabia. Finalmente esto no sucede: alcanza con el “poder de disuasión” de la bomba y no se necesita usar sus propiedades desinfectantes.

Ahora volvamos a la realidad. Tanta repetición no es azar. Estos filmes plantean la retrógrada noción de que la naturaleza es un enemigo peligroso al que hay que vencer. Y para vencerla, se recurre a las armas de destrucción masiva que serían, supuestamente, productos avanzados del ingenio humano. Digámoslo con todas las letras: nunca en la historia se han utilizado armas de destrucción masiva con fines filantrópicos. Probablemente nunca se lo hará. No han sido diseñadas para eso, sino para destruir. Para destruir más, más rápidamente y en forma más completa que el enemigo. Para aniquilar. Y tan importante como eso: para amenazar con la aniquilación.

Con estas películas se intenta, y probablemente se logra, contribuir a legitimar la existencia y el uso de armas de destrucción masiva, para que podamos ingenuamente verlas como una solución, en lugar de lo que realmente son: un problema grave, una amenaza permanente.

En muchas de estas historias, que forman parte de nuestra cultura de masas, se repite además una idea inquietante y nada democrática. Es la siguiente: ante eventos catastróficos que amenacen a toda la humanidad, sería legítimo que una cantidad reducida de personas se “salvara” para perpetuar la especie, en algún tipo de arca. La pregunta es obvia: ¿quién elegiría quién sobrevive y quién perece?

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