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Darwin y el cóndor

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Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

Charles Darwin pasó por Argentina entre 1833 y 1835. Para ser estrictos, recorrió parte de la Confederación Argentina, como se llamaba nuestro país en aquellas épocas embrionarias de la organización nacional. Época de guerras civiles, por cierto.

Era entonces muy joven y navegaba como naturalista en el segundo viaje del bergantín Beagle, al mando del capitán Robert Fitz Roy. El navío había partido de Plymouth, Inglaterra, en diciembre de 1831. Aunque seguramente los hitos más conocidos de esta travesía ocurrieron en las Islas Galápagos, en el Pacífico Ecuatoriano, en nuestro territorio hubo eventos importantes que vale la pena rescatar.

Darwin desembarcó del Beagle en la boca del Río Negro. Se reunió con Juan Manuel de Rosas, que conducía su Campaña al Desierto en el intervalo entre sus dos períodos de gobierno. Se dice que Darwin y Rosas compartieron un asado con cuero, aunque la versión no parece fidedigna. Más certero es el dato de que Rosas le extendió un salvoconducto para que pudiera circular libremente por el país. Al menos por la parte del País en la cual ese documento tenía alguna utilidad. Recordemos que los vastos territorios patagónicos estaban aún en manos de los pueblos que los habitaron durante miles de años, sus legítimos moradores. Con ese salvoconducto en sus manos, Darwin se dirigió por tierra hacia la Ciudad de Buenos Aires, visitando en el camino algunos puntos estratégicos.

Así, en la costa sur de la Provincia de Buenos Aires, lideró el descubrimiento y exploración de yacimientos de fósiles de grandes animales extintos, en la zona de Bahía Blanca, Punta Alta y Pehuén-Co. En las cercanías se encontraron, ya durante el siglo XX, innumerables huellas fósiles de mamíferos e incluso, en Monte Hermoso, un yacimiento de huellas humanas con más de 7.000 años de antigüedad. Aún hoy se conservan en arcilla. Desde la zona costera, Darwin viajó hacia el norte hasta la Sierra de la Ventana, uno de los sistemas de montañas más antiguo y desgastado del país.

Llegado a Buenos Aires, emprendió una excursión terrestre por la costa del Paraná, hasta la ciudad de Santa Fe. Retornaría a la capital en una pequeña embarcación y cruzaría el Río de la Plata hasta Uruguay en otra.

Cuando regresó al país, navegó nuevamente en el Beagle por la costa atlántica al Sur hasta Puerto Deseado, donde exploró la ría en la cual desemboca el curso de agua homónimo. Continuó la navegación para llegar a la Bahía de San Julián, también en Santa Cruz. Se trata de una amplia zona poco profunda que se seca por completo dos veces al día al bajar la marea, cuya amplitud es allí notable.

El Beagle repetía, en esta parte de su trayecto, el recorrido que la flota de Hernando de Magallanes había realizado 300 años antes. Más al sur, el bergantín arribó a la desembocadura del Río Santa Cruz, donde actualmente se levanta Puerto Punta Quilla. El joven Darwin y su grupo remontaron el río en tres botes balleneros de vela y remos, buscando sus nacientes hacia la cordillera. No pudieron descubrirlas debido al clima hostil y a los rápidos del río que los obligaron a regresar aguas abajo cuando, aparentemente, se encontraban ya a pocos kilómetros del Lago Argentino. Sorprenderá a muchos saber que durante esa travesía, Darwin en persona mató un cóndor con un tiro de fusil. Una acción que seguramente no concuerda con la imagen que hoy tenemos del naturalista.

De nuevo en mar abierto, los exploradores navegaron hasta las Islas Malvinas, usurpadas desde unos meses antes. Continuaron su periplo hasta Tierra del Fuego, desde donde comenzaron a recorrer la costa chilena hacia el norte.

Algunos meses más tarde, ya en 1835, Darwin volvió a la Argentina cruzando la Cordillera hacia Mendoza. Permaneció algunos días allí, y mientras pernoctaba en Luján de Cuyo, fue picado por varias vinchucas. El ataque de estos insectos le causó una especial repugnancia.

El joven naturalista salió del país por última vez hacia Chile por Villavicencio y se dirigió al Paso de Uspallata. No regresó nunca más a la Argentina. Cabe recordar que por ese paso, años antes, había circulado una de las columnas principales del Ejército de los Andes. Esta proeza era por supuesto ampliamente conocida en Europa.

En 1859, Darwin publicó por primera vez su obra revolucionaria: El Origen de las Especies. Algunas de las ideas expuestas en ese libro fundamental de la Biología maduraron en nuestro país; la Argentina dejó huellas en Darwin y en su obra. Ya en 1939 el explorador había publicado su detallado “Diario del Viaje de un Naturalista Alrededor del Mundo”, que dedicaba varios capítulos a su experiencia argentina. Por otra parte, el viaje de este gran investigador dejó sus huellas en la toponimia local: el pueblo Darwin en Río Negro, el cerro Fitz Roy (Chaltén) en Santa Cruz. El Canal de Beagle en la Tierra del Fuego, sin embargo, había recibido ese nombre luego del primer viaje del navío a esa zona, varios años antes. 

Charles Darwin falleció en 1882 en su Inglaterra natal. Algunos historiadores han sugerido que las causas de su muerte podrían haber sido las complicaciones del Mal de Chagas que eventualmente habría contraído en Mendoza. No podemos saber si así fue. La hipótesis es arriesgada, sobre todo porque la relación entre esta insidiosa enfermedad, el Trypanosoma cruzi que la causa, y la vinchuca como vector recién fue planteada por Carlos Chagas en Brasil en 1909, mucho después de la muerte de Darwin.

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