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Disciplinar al Indio

pramos
Por Pablo Ramos
@SUBVERSIONESSRT

No se puede tratar a las personas como objetos descartables.
Nada vale tanto como la vida humana.
Duelen todos nuestros muertos rockeros.
Ninguna recompensa eterna nos perdonará por malgastar el alba.
Lo sucedido en Olavarría es un episodio complejo y desafiante,
pero requiere sensibilidad y lucidez para no repetir la historia.
Es lamentable, pero son demasiados los muertos en recitales;
sólo desde el 2000, suman más de doscientos,
contando los de Cromañon, el ápice de la tragedia.
Varios, como le pasó a Walter Bulacio, fueron víctimas de la represión policial;
otros de las pésimas condiciones en que se desarrollan los shows.
Algunos de manera fortuita o accidental.
En el caso del megaevento del Indio hay una larga cadena de complicidades y desatinos,
sumados al hecho inédito de la impresionante convocatoria que no tiene antecedentes locales.
Las responsabilidades se comparten en grados diferentes, pero alimentan la barbarie.
La organización caótica y fallida es potestad plena del Intendente, la policía bonaerense y la organización.
L parte inhumana de una multitud excitada es asunto de cada uno y una.
La intencionada distorsión de los hechos difundida por los medios es una canallada.
Pero dejemos que la justicia avance en la investigación y determine quienes serán juzgados.
Porque, desde antes de Olavarría, el caldo de la tragedia ya se venía preparando.
Los cocineros principales fueron sumando condimentos fatales.
La sobreventa de entradas, especulando con la ganancia económica.
Un municipio que por decreto avaló semejante concentración masiva.
La paranoia diseminada en las redes y en los medios corporativos.
Fieras que se aprovechan de estas situaciones para sacar provecho.
Ahora con el diario del lunes todos somos bravos pajaritos,
opinadores seriales sin compasión ni raciocinio,
embajadores del orden punitivo,
soberbios críticos de las masas en movimiento,
repetidores compulsivos de la sanata mediática.
Tanta basura expulsada sin ética en la lengua.
Sobre los cadáveres calientes los caranchos picotean para alimentar sus egos desnutridos.
Pegan sus zarpazos discursivos para pedir más orden, más policías, más controles.
Son los tutores del rigor.
Son los clausuradores de la fiesta.
Pero, nuestra libertad es inversamente proporcional al dominio de sus normas.
La ceremonia tribal esta hecha de frenesí.
El rito rockero es un dispositivo dionisíaco.
Acá el enemigo no es el Indio, ni los ricoteros, ni la música,
sino el padre castrador que te faja y te encarcela.
El CEO especulador que mercantiliza la fiebre y el analgésico.
El periodista veleta que sopla en el huracán siniestro del sistema
y finalmente somos nosotros.
Lo que pasó es lo que somos.
Un naufragio colectivo sin horizonte común.
Un puñado de almas escapando bestialmente de las cadenas.
Un pulso autodestructivo y hedonista.
Ante el avance de los disciplinadores de cuerpos y conciencias,
podemos reivindicar la libertad de los sentidos.
Pero ahora, todavía más, tenemos que reforzar los lazos solidarios.
Si nos están llevando a un matadero,
deberíamos cuidarnos entre todos
y encontrar una salida,
que no sea una escalera sobre otros,
sino una marea imparable, diversa y presente
que revolucione el estado putrefacto en que estamos
y honre la memoria de los que cayeron.

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