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El dulce veneno que respiramos

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Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

El oxígeno es esencial para la vida. Para nuestra vida. Lo respiramos, aunque no podamos verlo ni percibir su olor. Lo incorporamos en los glóbulos rojos que circulan por nuestro torrente sanguíneo. De esa forma llega a todos los rincones de nuestro cuerpo. Allí, este gas permite la respiración celular. Estos procesos biológicos liberan la energía previamente almacenada en la glucosa. Lo hacen en el interior de cada una de nuestras células, que de esa forma pueden seguir viviendo, creciendo, reparándose, multiplicándose. Por cierto, la glucosa es un azúcar generado en la digestión de los alimentos que comemos. A fin de cuentas, la respiración celular es una oxidación, es decir una combustión lenta y controlada. Cuando la glucosa se combina con oxígeno produce dióxido de carbono, agua, y ATP, el almacén último de energía de rápida disponibilidad. Ese rearmado molecular, una suerte de rasti nanoscópico, tiene lugar en las mitocondrias, las usinas de las células.
 
Para comprender qué significan las oxidaciones, podemos recurrir a un ejemplo más sencillo tomado del mundo inorgánico. Uno que sucede con cualquier pieza de hierro que dejamos a la intemperie. Cuando el oxígeno se combina con el hierro para formar óxido férrico, el metal se oxida y el oxígeno se reduce.  Desde el punto de vista químico, los átomos de oxígeno tienen una enorme avidez por captar electrones, que son tomados en este caso de las capas exteriores de los átomos de hierro. Por lo tanto luego de esa reacción el oxígeno queda con una carga eléctrica neta negativa, por tener un exceso de electrones. Al mismo tiempo, el hierro queda con una carga eléctrica neta positiva, al haber perdido electrones. El resultado final es que el Fe y el O se atraen electrostáticamente, y forman entonces una molécula de Fe2O3. Se dice que esa molécula de herrumbre está ligada por un enlace iónico.
 
Más allá de esta explicación química, es importante saber que, debido a su imperiosa compulsión por captar electrones ajenos, el oxígeno resulta ser un gas muy agresivo, que tiende a oxidar otros átomos. Y también a romper otras moléculas para combinarse él mismo y así obtener los electrones que lo completan. Es un ladrón reincidente de electrones y un destructor serial de moléculas, como la de glucosa. Por eso, es tan útil para liberar la energía almacenada químicamente.
 
Usamos el oxígeno para quemar, u oxidar, nuestros alimentos y liberar su energía en lo profundo de las células. Pero este gas no solo ataca los alimentos: también lo hace con las moléculas que componen nuestro propio cuerpo. Ataca nuestras células. Lenta pero inexorablemente. El envejecimiento es, en parte, una lenta oxidación. Vivimos entonces sobre una delgada línea.
 
Por otra parte, la historia del oxígeno en la atmósfera de nuestro planeta es, cuando menos, fascinante. Porque no siempre estuvo ahí. Al principio, no existía prácticamente en forma libre, sin combinar químicamente, en el aire. Casi la totalidad del oxígeno que contiene la atmósfera es el producto de una prolongada revolución biológica. La que produjeron los primeros seres vivos que realizaron fotosíntesis: las cianobacterias. En la fotosíntesis, recordemos, el dióxido de carbono del aire se combina con agua y, en presencia de luz solar y gracias a la clorofila, genera alimentos. En ese proceso, se libera oxígeno como residuo. Las cianobacterias iniciaron este proceso y lograron que, en el lapso que va desde hace 3.500 millones de años a 2.400 millones de años, cambiara drásticamente la composición del aire. Tanto que, de prácticamente no contener oxígeno libre, se llegó hasta la actual proporción de aproximadamente 21% del volumen total de la atmósfera. Fue la gran oxidación. Como resultado, la atmósfera se hizo apta para la vida de animales y plantas, que respiran oxígeno. Se hizo oxidante. Pero no debemos olvidar que, al mismo tiempo, la gran oxidación produjo la extinción de muchas especies para las cuales el oxígeno libre resultaba muy venenoso. Especies anaeróbicas, claro y unicelulares, por supuesto. Anaeróbicas porque vivían y se desarrollaban en ausencia de oxígeno, y de hecho murieron por la presencia de este gas que les resultaba tóxico. Unicelulares, dado que recién en los últimos 1.000 millones de años comenzaron a proliferar seres vivos formados por multitudes de células. En un principio, fueron algas marinas. 
 
Mucho después de la gran oxidación, las plantas verdes perfeccionaron la fotosíntesis para producir sus propios almidones. Se transformaron así en la base de la cadena alimentaria en tierra firme, de la cual todos somos eslabones.
 
Vivimos sobre una delgada línea. En un estado de equilibrio inestable, o más precisamente en un estado de desequilibrio controlado. Nuestro estómago contiene ácido clorhídrico que degrada los alimentos. Es tan corrosivo que, si se sale de control, padecemos gastritis o eventualmente úlceras. Nuestros riñones eliminan urea y muchos otros contaminantes. Si fallan, esos tóxicos nos invaden y podemos morir envenenados. El oxígeno ataca las moléculas que componen nuestras células. Con el tiempo, las van destruyendo. Y no tenemos forma de mantenernos aislados del oxígeno. Por supuesto, hay formas de oxígeno más reactivas que otras. Más agresivas, en definitiva. Cuando las formas más dañinas del oxígeno predominan y el desequilibrio se dispara, estamos ante un episodio de estrés oxidativo.
 
Definitivamente, vivimos sobre una delgada línea. Demasiado delgada.
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