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El Gatillo Alegre

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Por Lucas Crisafulli
@LUCASCRISAFULLI

La Cámara 8va del Crimen condenó a reclusión perpetua a los policías Lucas Chávez y Rubén Leiva por el caso de gatillo fácil contra el “Güere” Pellico.

Se dice que la expresión "gatillo fácil" la popularizó un abogado a finales de la década del 80' para referirse a la "Masacre de Bunge", parafraseando los textos de Rodolfo Walsh cuando se refería a la Secta del Gatillo Alegre.

Pero más allá del nombre ¿Qué mecanismos sociales operan para que un trabajador policial, en una situación que no es de vida o muerte, extraiga su arma reglamentaria y asesine a un joven? ¿Porqué una persona siente que tiene derecho absoluto sobre la vida del otro?

Una respuesta fácil sería creer que quienes jalan el gatillo son monstruos, psicópatas o seres demoníacos y malignos o que obtienen algún tipo de placer sádico con la muerte. Sin embargo, a poco que analicemos sus vidas advertimos que esto es más un relato construido sobre ellos que la verdad. Son ciudadanos medios, capaces de disfrutar con la música, son buenos compañeros, y hasta pueden ser buenos padres. En la mayoría de los casos son simples burócratas, de medianas luces, con ambiciones sociales y el mismo deseo de hacer dinero que casi todos manifiesta. Su maldad es, como los denominó Hannah Arendt, “banal”, es decir, trivial.

Esta forma de entender el fenómeno es por lejos mucho más aterradora, porque no se trata de buenos o malos policías - que como en cualquier institución los hay - sino un problema estructural de toda la institución. Allí recobra importancia la politización de los muertos por el gatillo fácil, es sus dos formas: entender, por un lado, que estas muertes se producen en un contexto, que no es sino un territorio de lo político que disputa sentidos; y, por el otro, que estos casos solo los resuelve la justicia cuando se han articulado una serie de reclamos, principalmente - aunque no de forma exclusiva - por parte de familiares.

Estas muertes son políticas porque existe un contexto que las transforma en banales, en triviales, discursos que operan para restarle humanidad a ese joven muerto, que lo transforman en un ciudadano de segunda, en una vida sin valor vida. Pero este discurso, para que opere de forma eficiente, solo funciona cuando se entrecruza con otro, que es el convencimiento del autor - justificado en la mayor parte de las veces - que obtendrá impunidad, que su accionar no acarreará ningún tipo de consecuencia.

Recordemos que la muerte del Güere Pellico se produce en 2014, en un contexto de claro manodurismo de las políticas de seguridad, luego del acuartelamiento policial en las que el entonces gobernador José Manual de la Sota, lejos de restringir la autonomía policial, le confirió amplios poderes a la institución. En ese marco se producen un triple aumento: de cantidad de policías, de presupuesto en seguridad y de detenidos por el Código de Faltas - que ya venía sucediendo desde el año 2004, cuando Córdoba firmara un convenio de asesoramiento con el Manhattan Institute for Policy Research -.

Las prácticas de seguridad incluyeron el policializamiento de la ciudad, razias policiales en barrio marginados y todo un show montado para la espectacularización de la seguridad que no se privó de usar helicópteros o corralitos humanos para humillar detenidos. Así, el por entonces Jefe de Policía Cesar Suarez increpó personalmente al fiscal de la causa del Güere Pellico, Pablo Molina y amenazó al periodista Dante Leguizamón que cubría la represión a una protesta en el Barrio Los Boulevares, precisamente por el caso Pellico.

Es en esto contexto de muerte que personas que representan al Estado se sienten con el derecho a matar a otros, porque hay todo un contexto que lo tolera, lo legitima y hasta lo reclama.

En el libro la Odisea, Agamenón le dice a Ulisis que ni muerto ha perdido su nombre. Hoy el Güere Pellico, en esa foto que levantan familiares y activistas, que nos recuerda su juventud, su biografía, su historia de vida. El Güere jamás perderá su nombre, su muerte merece ser llorada y la politización de su muerte a través de los reclamos será un evento político que irrumpe en una Córdoba azul y acampanada, una bandera que resiste a ser considerado una vida sin valor vida y un estandarte contra el gatillo alegre y las variadas formas de impunidad.
 

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