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El mismo cielo, pero diferente

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Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

Desde los albores de la humanidad y hasta el 7 de enero de 1610, la cantidad y variedad de cuerpos visibles en el cielo había sido siempre la misma. El Sol, la Luna, los planetas Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Además unas 4.500 estrellas, aunque nunca visibles todas en el mismo instante, y la Vía LácteaEsporádicamente, alguna estrella fugaz. Muy de vez en cuando, un cometa. Claro, sería así para una persona con una vista promedio: ni extremadamente afilada ni demasiado pobre.

¿Qué cambió en aquella noche de inicios de 1610? Todo. A partir de esa noche, se supo de la existencia de la "estrellas Mediceas", como llamó Galileo Galilei a los 4 satélites de Júpiter que pudo ver a través de su rudimentario catalejo. Era en verdad más rudimentario que cualquier anteojo de teatro de la actualidad y tenía apenas 3 cm de diámetro. Estaba contenido en un tubo tomado de un órgano de iglesia. Y no era un telescopio astronómico como hoy los conocemos, sino un catalejo o “anteojo terrestre”. ¿Cuál es la diferencia? Los telescopios astronómicos por su diseño óptico invierten las imágenes, las muestran “patas arriba”. Los catalejos, no. Los primeros catalejos de Galileo se continúan exhibiendo en el Museo de Historia de la Ciencia, en Florencia. Es una visita ineludible para cualquier viajero interesado que se encuentre en la zona.

Hoy llamamos satélites Galileanos de Júpiter a esos 4 movedizos cuerpos que el sabio de Pisa observó por primera vez. Observó y dibujó. Sus nombres propios son: Io, Europa, Calisto y Ganímedes. Los primeros cuerpos del universo en ser observados por hombre alguno, mediante esa prótesis ocular que hoy llamamos catalejo. Antes de esa fecha Galileo ya había usado su instrumento para escudriñar detalles de la superficie lunar, como sus cráteres, que también dibujó con gran detalle. Y para detectar manchas en la superficie del Sol. Y para maravillarse con las fases de Venus. Pero ver cuatro cuerpos que no podían ser apreciados a simple vista, eso era otra cosa.

Significaba, lisa y llanamente, que había más cosas en el Mundo de las que podíamos ver con nuestros propios ojos. Entonces, podía quizás haber muchas más. El paso siguiente fue apuntar el catalejo a la Vía Láctea, y encontrar que estaba formada por montones de estrellas no visibles a ojo desnudo. El universo se ampliaba, y los antiguos no habían conocido entonces todo lo que podía conocerse. Una verdadera revolución. Quizás por eso muchos prefirieron pensar, en aquellos momentos, que era el catalejo el que "creaba" esas imágenes, como un artefacto de proyección; un juego fascinante pero sin mayores consecuencias. Para nadie hubiera sido sencillo aceptar aquel rotundo cambio en la visión del mundo. Ocurre que, no por mirar los mismos objetos, los vemos de la misma forma. (*)

Es difícil ubicarnos hoy en una situación parecida. Nosotros, que vivimos en la Argentina de2016, seguramente no miramos muy seguido hacia el cielo. Es que la gran mayoría de la población del país vive en ciudades de muchos miles de habitantes, donde las luces y la contaminación casi no dejan ver el cielo. Pero haríamos bien en hacerlo, saliendo por ejemplo a las afueras de la ciudad. 

Si miráramos hacia arriba a simple vista en una noche despejada, ¿veríamos lo mismo, por ejemplo, que un joven qom que habitaba hace unos 4.000 años en la llanura chaqueña? Es una pregunta un poco capciosa. Pero probablemente la respuesta más precisa sea: "no". Porque aunque físicamente nuestro cielo casi no haya cambiado en ese período de tiempo, tan corto en términos astronómicos, las diferencias culturales sí son enormes. Y la percepción misma a través de los sentidos está condicionada culturalmente. Estamos preparados para ver determinadas cosas, y no otras. Les ocurría a los contemporáneos de Galileo, y nos ocurre a nosotros, aunque no nos demos cuenta de ello.

Ese joven perteneciente a un pueblo originario seguramente miraba el cielo todas las noches. Se referenciaba en él. Creía que desde allí le llegaban bendiciones y maldiciones por igual. Tenía sus mitos sobre el origen del universo asociados al cielo. Para él las estrellas no eran esferas autogravitantes compuestas por gases a altas temperaturas. De hecho, algunos de los mayores de su aldea quizás habían visto caer a Tierra los meteoritos ferrosos que desde entonces reposan en el Campo del Cielo, cerca del límite de la provincia del Chaco con la de Santiago del Estero. Y aunque nosotros miráramos lo mismo que él, veríamos algo diferente. Pero dejemos ese tema para una futura columna. Detengámonos, sólo por ahora, aquí.

(*) Desde el momento de escribir esta columna, algo ha cambiado. Hace pocos días, y luego de 406 años de ocurridas las observaciones de Galileo, conocimos imágenes de los satélites Galileanos de Júpiter tomadas por la JunoCam, la cámara que lleva a bordo la sonda Juno, que ha llegado recientemente a Júpiter luego de más de cinco años de viaje por el espacio. 

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