Google+
El segundo naufragio del Titanic

ggoldes
Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

Una noticia científica recorre los medios. Trata de un secreto guardado en lo profundo del océano. Es que una enorme colonia de bacterias se come los restos del Titanic a una velocidad pasmosa. 

Esta curiosa situación me fue explicada por Gabriel Cuello, un colega físico egresado de FAMAF que trabaja actualmente en el Instituto Laue-Langevin en Grenoble, Francia. Ese renombrado laboratorio posee la fuente de neutrones para investigación más importante del Mundo.

Ahora pongamos la noticia en contexto.

El 15 de abril de 1912, durante su orgulloso viaje inaugural desde Southampton a Nueva York, el HMS Titanic se hundió en aguas heladas. Había chocado con un témpano que lo abrió en canal por debajo de la línea de flotación. La historia es conocida hasta en sus detalles menores. En parte gracias al cine.

El 1° de setiembre de 1985, luego de años de búsqueda, su casco partido y apoyado en el fondo del Atlántico Norte fue hallado por el mini-submarino robotizado ARGO. Era comandado por el equipo del oceanógrafo Robert Ballard desde el buque Knorr. A la sazón, se trata del mismo grupo que cuatro años más tarde hallaría los restos de otro buque, tan célebre como temido: el acorazado alemán Bismarck, hundido durante la Segunda Guerra Mundial.

Las primeras imágenes del Titanic en su húmeda tumba mostraron que a pesar de tantos años transcurridos en situación extrema, estaba sorprendentemente bien conservado. Aclaremos cuales son las condiciones en el fondo del mar, a unos 4 km por debajo de la superficie: oscuridad completa, sólo interrumpida momentáneamente por extrañas criaturas luminiscentes de las profundidades abisales. Asfixiante presión de unas 400 atmósferas. Temperatura aproximada de 4 °C en forma permanente. Salinidad del agua de aproximadamente 33 gramos por litro: una solución altamente corrosiva, en particular para los metales como los que formaban la estructura del casco de este emblemático transatlántico.

En el año 2010 se realizó un nuevo descubrimiento en el sitio de la catástrofe. Uno que bien podría llevarnos a pensar que se está produciendo un segundo naufragio. Una tragedia mucho más silenciosa para ese gran monumento a la soberbia tecnológica y la irresponsabilidad. Halomonas titanicae. Una nueva especie de bacteria, que fue identificada precisamente sobre los restos del Titanic.

Es, por supuesto, una bacteria extremófila, que se adhiere al acero del casco y acelera su corrosión. Literalmente, sus colonias se están comiendo el casco del Titanic con un ritmo asombroso. Se estima que en 20 años los restos del gran buque ya no serán reconocibles en absoluto. Estarían reducidos a una montaña de óxidos sobre la cual ya no se podrían realizar ni siquiera sensibleras películas de Hollywood.

A partir del hallazgo de Halomonas titanicae, se abrieron distintas líneas de investigación, que responden a intereses muy diferentes. Quienes diseñan, construyen o trabajan en grandes estructuras metálicas sumergidas en el mar, se han comenzado a preocupar.

¿Qué sucedería si estas colonias de bacterias atacaran, por ejemplo, los pilotes de las grandes plataformas petroleras del Mar del Norte? ¿O si decidieran adherirse a las flotas de barcos pesqueros, cargueros, petroleros o incluso a las flotas de guerra? En ese hipotético escenario, las Halomonas son vistas como una amenaza muy concreta. El problema radica en averiguar si esas bacterias extremófilas pueden sobrevivir también en aguas más someras y luminosas.

Si así fuera, podría haber muchos problemas. En caso contrario, podrían desempeñar un interesante papel como recicladoras en los fondos marinos plagados de basura metálica, pero sin afectar severamente las estructuras en funcionamiento. Sin embargo, no es en absoluto tranquilizador pensar que, en diferentes partes del fondo del mar, existen tambores con materiales altamente contaminantes. Más aún, hay un pequeño puñado de submarinos nucleares hundidos allá abajo.

Por otra parte, estudios recientes muestran que estas bacterias producen grandes cantidades de Ectoína, un compuesto que ayuda a las bacterias a mantener un adecuado balance de agua en su interior, evitando la deshidratación. Ese tipo de substancias se denominan genéricamente osmolitos. Podrían tener aplicaciones médicas y cosméticas importantes, sin dudas. Su capacidad para ayudar a controlar el estrés ambiental en situaciones de extrema falta de agua o de sobreabundancia de la misma está en la mira de los investigadores.

Potenciales amenazas y posibles esperanzas, asociadas a un mismo descubrimiento. Casi una metáfora de la ciencia. El Titanic sigue dando de qué hablar. Incluso, en su segundo y definitivo naufragio.  

OPINIÓN

ggoldes
Por Guillermo Goldes

mrvilla
Por Miguel Rodriguez Villafañe