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Elogio de la autoreferencialidad

mlafuente
Por Manolo Lafuente
@MANOLOLAFUENTE

Quienes hemos “vivido” la dictadura en tiempo presente, sabemos que la amputación del yo se producía no solamente en la mesa de torturas, ni en los vuelos de la muerte, ni en el exilio.

No solamente.

Aunque el exilio haya pretendido ser la exasperación de los otros dos métodos.

Y quizás lo haya conseguido

O lo haya usurpado.

Quienes ya por entonces la yugábamos en los medios de (in)comunicación, quizás no tan in como ahora, pero distinto aunque igual, sabíamos de esa prohibición.

A veces la de ser.

Otras la de estar.

Ambas la de ni….

Ahora todo ha mutado.

De mute a vociferado. De capucha a tele. De tabique a radio.

Pero naturalizado: la anomia también ha mutado.

De golpe a elección. De resentimiento a sumisión. De bronca a

impotencia.

Y lo que es peor, de la desilusión al ámbito, ni siquiera al hábito.

En todo caso, la historia sí que implica una ilusión: cambiarla.

La no y la a/historia, en cambio, no nos implica.

Ni siquiera para desilusionarlos, para desconsiderarnos.

Por eso cree que ya lo ha conseguido.

Que no fue un brote. Que fue un rebrote.

Puede hasta que consiga hacernos creer que la no autorreferencia nos haga creer plurales.

Si, ya se.

No me digás, tenés razón.

Como decía Andre Gide, “todo está dicho, pero como nadie escucha, hay que volver a decirlo.”

Si alguna vez fuimos, seamos.

Nada intervenidos. Todos intervinientes.

En la mejor persona que podemos llegar a ser.

La primera persona del plural.

Partiendo del singular.

“Yo acuso” del Dreyfus por Zola

Voy yendo.

Le decía Macedonio Fernández rumbo a Borges. (sic)

Querido Jorge Luis:

Iré esta tarde y me quedaré a cenar si hay inconvenientes y estamos con ganas de trabajar. (Advertirás que las ganas de cenar las tengo aún con inconvenientes y sólo falta asegurarme las otras).

Tienes que disculparme no haber ido anoche. Soy tan distraído que iba para allá y en el camino me acuerdo de que me había quedado en casa. Estas distracciones frecuentes son una vergüenza y me olvido de avergonzarme también.

Pero, que siempre los hay, el problema real es que…

“la calle estaba cruzada de veredas”

Como ahora.

Te digo

Yo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Querido Jorge Luis:

Iré esta tarde y me quedaré a cenar si hay inconvenientes y estamos con ganas de trabajar. (Advertirás que las ganas de cenar las tengo aún con inconvenientes y sólo falta asegurarme las otras).

Tienes que disculparme no haber ido anoche. Soy tan distraído que iba para allá y en el camino me acuerdo de que me había quedado en casa. Estas distracciones frecuentes son una vergüenza y me olvido de avergonzarme también

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