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Juventud secundaria del colegio Manuel Belgrano de los años sesenta

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Por Miguel Rodriguez Villafañe

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La Escuela Superior de Comercio Manuel Belgrano, que depende de la Universidad Nacional de Córdoba, ha sido un ámbito de educación y construcción de convivencia fraterna de muchas generaciones y su espíritu es parte de la historia destacada de la ciudad de Córdoba. En los primeros tiempos, el colegio funcionaba repartido entre el edificio de calle Corrientes y, a la tarde, en el Colegio Monserrat.

A los varones de mi generación, que ingresamos a primer año en 1964, nos encontró peleando con los padres el derecho de poder asistir a clases con pantalones largos. En ese entonces, se entendía que determinada ropa era la que daba el sello de adulto y había un momento especial para tenerla.
Ponerse el primer pantalón largo y recibir copia de la llave de la casa implicaban ceremonias especiales. Eso sí, el saco y la corbata se tenían que usar, sin discutir. Una lucha parecida tenían las chicas para poder ir a clase maquilladas. Ellas no podían usar pantalones en la escuela. 

Éramos los mocosos que no debíamos discutir con los mayores las pautas establecidas. Nos tocó ser la generación que puso en crisis el sobredimensionamiento de lo formal. Queríamos buscar la esencia de los hechos y de las cosas. La Mafalda de Quino, en nuestro nombre, levantaba las banderas de igualdad, justicia y paz, se rebelaba contra la sopa y reivindicaba a su género.

Un día muy especial

El Día del Estudiante nos encontraba partícipes del entusiasmo común que nos unía. Todo era bullicio y peregrinar por el centro de Córdoba. Después de la serenata de petardos y diversos estruendos, se terminaba guitarreando en el paseo Sobremonte.

Fueron tiempos de las corbatas anudadas entre sí con las que se paraban los autos, para luego ceder el paso si se tocaba la bocina. Era la chiquilinada sana, de una alegría contagiosa, a la que todos se asociaban gustosos.

En la enseñanza, había exigencia del profesor, con respeto al alumno. Aprendimos que el educarse era un derecho y, fundamentalmente, una responsabilidad social. No había “chupina” sin dos buenas películas de cowboys en los cines Monumental o Cervantes.
Nos formamos en la fraternidad del “todos para uno y uno para todos”. Supimos pulirnos en la alegría de lo simple. Éramos austeros.

Deseábamos dar contenido a la realidad; por eso nos inundamos de ideales. Fue el período de las grandes utopías, en las que la solidaridad y la justicia constituían divisas infaltables y esenciales, en la coherencia que nos exigíamos, en el pensamiento y en la acción. Teníamos fe y razones para creer.
Fue tiempo de buscar las raíces. Consideramos importante encontrar una identidad argentina y latinoamericana. Nos enamoramos del folklore. Nacieron los festivales de Cosquín y de Jesús María.

Música, deportes y política

El tocadiscos nos permitía escuchar los discos long play de 33 revoluciones por minuto, y bromeábamos a nuestros padres que habían escuchado su música en discos de pasta de 78 revoluciones. Para bailar, había que ir a los “asaltos” organizados por los cursos de chicas, en casas de familia o en los colegios. De esa manera se recaudaban fondos para al viaje de estudios.

El fútbol se sentía como ahora, pero se vivía apasionadamente por la radio. Eran tiempo de “Independiente campeón de América”.
Nos sorprendieron los logros de la ciencia. Se hicieron los primeros trasplantes de corazón. El hombre llegó a la Luna y lo vimos en directo por televisión. Parecía entonces imposible que se lograra transmitir de esa manera tan importante acontecimiento, aunque la señal era borrosa y en blanco y negro.

“El Torino” fabricado en Córdoba nos enorgullecía. Llegó primero en la carrera de “Las 84 horas de Nürburgring”, en Alemania.
También vivimos el país de la democracia frustrada y el golpe de Estado. Dolió ver la soledad del doctor Arturo Umberto Illia, al ser derrocado como presidente.

Tiempos de lucha

Fueron tiempos de cierre de la Universidad, en 1966, y de la lucha planteada como una unidad reivindicativa entre obreros y estudiantes.
Nos formamos y crecimos entre paros, manifestaciones, barricadas, gases lacrimógenos y camiones hidrantes –nadie olvida al “Neptuno” y menos cuando venía tirando agua con colorante–. Aun así, todavía en esos tiempos la lucha y los enfrentamientos tenían, a veces, hasta un contenido caballeresco. Si se cantaba el Himno Nacional, la Policía se paraba y no actuaba hasta que se finalizara la entonación de la canción patria. Nunca, como en esa época, se cantó tanto el Himno en las calles de Córdoba.

Nos tocó, a fines de 1968, inaugurar el nuevo edificio de la escuela en barrio Alberdi y la alegría de unificarnos como colegio en un mismo lugar.
Vinieron entonces los últimos años de la década de 1960. Nos tocó vivir de cerca el Cordobazo. Allí surgió una nueva forma de militar en política y una nueva represión.

A fines de 1969, ya nos íbamos del colegio. Lo que vino después es otra historia, pero en ella, a nuestra generación le tocó pagar un alto costo.
Recordar, en definitiva, no es un retroceder melancólico sino la necesidad de vernos en la foto de la vida para caminar sobre los surcos que nos hacen ser y nos ayudan a pertenecer a una sociedad con historia común. Es el abrazo invisible que nos toca a todos y permite que, imperecederamente, tengamos un poco de hoy, de ayer y de siempre. Y, fundamentalmente, nuestro reconocimiento al colegio y, en él, a tantos hombres y mujeres que, desde la docencia y tantas otras tareas ligadas a lo educativo, entregaron lo mejor de sí para ayudarnos a crecer y ser.

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