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Lo que nos impulsa

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Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

En la vida cotidiana nuestras acciones suelen están motivadas por un complejo entramado de intenciones, deseos, condicionamientos, tradiciones, cálculos de costo/beneficio,  recuerdos verdaderos y falsos, convenciones, miedos, ilusiones y demás. Son causas múltiples que nos mueven a actuar de una u otra forma, o que frenan nuestras acciones. La mayoría de las veces ni siquiera somos concientes de ese entramado.

En el mundo físico, todo es mucho más sencillo. Si algo que estaba quieto comienza a moverse, se debe a se le aplica una fuerza desde el exterior. Eso incluye, como no podía ser de otra manera, a nuestros propios cuerpos y a todos nuestros vehículos. Esa fuerza exterior que nos impulsa sí puede, afortunadamente, ser desencadenada por una acción propia.

Para que pasemos de estar quietos a movernos, algo o alguien externo a nosotros debe aplicar una fuerza sobre nosotros. La física nos enseña que no existe otra opción. Para que pasemos de movernos a estar quietos también necesitamos una fuerza exterior. Y a veces, la misma fuerza que nos acelera, también nos frena. Con algunos ejemplos podemos comprender mejor.

 

El mundo de los aviones

Los aviones comerciales son del tipo "reactor" o jet. También los cohetes. Despiden a través de sus turbinas chorros de gases calientes a gran velocidad. Son esos chorros que se desplazan hacia atrás los que empujan el avión hacia adelante. El vehículo aplica fuerza hacia atrás sobre los gases; los gases devuelven una fuerza de la misma intensidad pero dirigida hacia adelante sobre el avión. Se explica mediante el principio de acción y reacción, planteado por Newton como su tercera ley de movimiento.

Los aviones a hélices son más antiguos en su concepción. De hecho los hermanos Wright en los EE.UU., y Santos Dumont en Brasil, todos ellos pioneros de la aviación a principios del siglo XX, volaron aviones con hélices. Y sin embargo, también se mueven merced a la reacción de gases impulsados hacia atrás. Sólo que en este caso, esos gases son los que componen el propio aire y son empujados modestamente por las hélices. Por eso estos vehículos no pueden volar cuando el aire se hace muy tenue, a grandes alturas. Las hélices a su vez giran movidas por un motor a explosión, con cilindros y pistones dispuestos en círculo. En el caso de turbohélices, son movidas por una turbina.

 

Impulsándose en el agua

En los barcos, las hélices propulsoras impulsan el agua hacia atrás y es este fluido, desplazado, el que empuja por reacción el barco hacia adelante. También los antiguos barcos "a paletas", como los que surcaban el río Mississippi, impulsaban el agua hacia atrás. En esos barcos la eficiencia del sistema era mucho menor: sólo una parte de la rueda de paletas estaba sumergida y "trabajaba". En cambio los buquebuses que atraviesan el Río de la Plata no tienen hélices: sino jets o chorros de agua. Son más veloces y eficientes que los barcos tradicionales. Las “motos de agua” funcionan también de esa forma. Son los jets del mundo acuático.

 

En tierra

En los transportes terrestres, la situación es muy diferente. Estos vehículos en general tienen ruedas giratorias, que contactan en su parte inferior con el piso, o con una vía. Y la fuerza que mueve al auto o tren es la fuerza de rozamiento, que se opone al deslizamiento de la rueda y termina impulsando al vehículo. Sí, es el rozamiento el que empuja nuestros autos. Si se vierte aceite sobre la calzada, o se genera una capa de escarcha, la fricción disminuye, la rueda patina y el auto no avanza.

 

Para los que andamos a pie

Todo lo dicho sobre los autos y trenes se aplica para nuestra marcha. Tenemos pies y no ruedas; calzado y no neumáticos. Nuestras extremidades nos permiten caminar rítmicamente. Pero la fuerza que nos impulsa al caminar es, de nuevo, el rozamiento. Si no hubiera rozamiento, no podríamos caminar ni correr.
En realidad, la fuerza de rozamiento se manifiesta de dos maneras diferentes. Mientras las dos superficies que entran en contacto no se mueven entre sí, por ejemplo la suela del zapato y el piso de baldosas al caminar, el rozamiento genera movimiento, empuja. Por eso las suelas y los neumáticos se hacen con materiales que tienen mucha capacidad de roce, es decir que no patinan. Estamos hablando del rozamiento estático.

Por el contrario cuando hay desplazamiento entre las superficies, como entre un pistón y un cilindro de un motor, el rozamiento se opone a ese movimiento, tiende a frenarlo, y genera desgaste y calentamiento de las piezas. Por eso se utilizan productos para reducir el rozamiento: lubricantes, como el aceite. Se trata del rozamiento dinámico. Pero en los frenos de los automóviles, el rozamiento dinámico permite detener los vehículos y no se busca disminuirlo, sino incrementarlo. Disipa la energía de movimiento, transformándola en calor. 

Aunque parezca paradójico, la fuerza de rozamiento nos permite caminar, movernos, y al mismo tiempo nos es indispensable para frenarnos. Lo que nos impulsa es lo mismo que nos detiene. 

En el Mundo físico todo es mucho más sencillo que en el universo de símbolos e imágenes en que nos movemos a diario las personas. Aunque a veces, algunas conclusiones suenen sospechosamente parecidas. 

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