Google+
Los mandatos del patriarcado

lcrisafulli
Por Lucas Crisafulli
@LUCASCRISAFULLI

Por Lucas Crisafulli
 
1. Un grupo de hombres, en el marco de un clásico del fútbol, arroja por una baranda a otro varón por creerlo hincha del cuadro contrario. Lo matan.
2. Un hombre, creyéndose dueño de la vida y la muerte de una joven, la viola. Luego, la mata.
3. Un grupo de varones, se cree con el derecho de atacar a una chica trans e insultar y golpearla. Se salva de milagro.
4. Un varón golpea a su pareja mujer por cómo esta viste.
5. Un grupo de jóvenes ataca a otro grupo por el respeto del barrio.
 
¿Qué tienen en común estas cinco historias además de la violencia interpersonal ejercida? Son episodios de la vida cotidiana que suceden a diario, algunos más seguidos que otros, algunos letales, otros no.
Lo que comparten estas historias es que todos los autores de la violencia cumplen un fuerte mandato social en relación a su género. Ejercen poder sobre otro, y ese poder se cristaliza a través de la violencia.
La antropóloga Rita Segato propone entender los casos de violación de hombres a mujeres como crímenes de poder, en los que el violador es un sujeto fuertemente moral que obedece a un mandato de masculinidad y potencia. Dice Rita Segato:
 
  • "El violador se rinde ante un mandato de masculinidad que le exige un gesto extremo aniquilador de otro ser para verse como un hombre, para sentirse potente, para verse en el espejo y pensar que merece el título de la hombría."
 
El marco teórico propuesto es sumamente interesante para entender la violencia que ejerce un hombre contra una mujer en el acto mismo de la violación que, antes de ser un crimen sexual, es un crimen de poder.
Lo que propongo aquí es extender este marco de análisis a otros episodios de violencia y englobarlos también dentro del patriarcado. Allí, la violencia patriarcal la ejercen hombres pero no solo la padecen mujeres, sino que pueden ser víctimas otros hombres. Lo que importa es que el autor de la violencia es un sujeto fuertemente moralizado por un mandato de potencia vinculado a la forma en la que hegemónicamente se construyó una masculinidad vinculada con la violencia: se es hombre en la medida que se ejerza violencia, ya sea contra mujeres (y aquí se da el poder de dueñedida que nos habla Segato, es decir, se asume dueño de la vida y la muerte de esa mujer) o contra otros hombres.
¿Qué hacían esos hinchas de fútbol al momento de arrojar a otro varón por una barandilla? ¿Qué hacían el resto de los espectadores que, dado su cercanía al hecho podrían haberlo evitado y nada hicieron? ¿Porqué un grupo de hombres se siente con el derecho de golpear a una chica trans que camina? ¿Porqué un grupo de varones golpea a otro grupo también de varones en el barrio? Todos cumplieron con un mandato social fuertemente impuesto por el patriarcado en el que se llega a ser hombre en la medida en que se ejerce violencia.
Esta violencia, que reflejada en el espejo devuelve el merecimiento del título de hombría, es banal. ¿Qué significa? Que quienes ejercen esa violencia no son monstruos, ni inhumanos, pues no existe nada más humano que el patriarcado en tanto sistema cultural, al tiempo que creado por hombres, puede ser transformado, quizás, y nuestras esperanzas están puestas allí, por mujeres. No son menos responsables por la violencia trivial que ejercen, pero son hijos del contexto incapaces de pensar con autonomía.
Esto cambia profundamente el enemigo: no es ya el hombre, sino el patriarcado que produce violencia y muerte hacia mujeres, pero también hacia hombres; un patriarcado que como sistema cultural de dominación, nos está autodestruyendo como sociedad.
Incluso propongo una hipótesis aún más radical: el pedido de mayor punitivismo de un sector del feminismo, de más castigo a los violentos contra mujeres, se enmarca en las propias estrategias del patriarcado, pues no existe nada más machista y misógino que el propio sistema penal, el que refuerza los mandatos de masculinidad vinculados a la violencia. Lo que produce muertes es el patriarcado y el sistema penal como una estrategia de aquel, no el garantismo penal.
Pero en esa demanda también hay consecuencias aún más desastrosas del punitivismo - que por cierto, siempre ha estado vinculado a discursos y prácticas autoritarias - con efectos reales contra las mujeres: las mujeres en prisión.
Cuando se reclama la expansión del sistema penal para castigar a los hombres acusados de ejercer violencia contra las mujeres, el sistema penal se propaga y no distingue entre hombres y mujeres. El punitivismo se esparce como un virus y luego comenzamos a ver cómo mujeres crían a sus hijos dentro de la prisión.
Por supuesto que no se trata de desviar la atención sobre los femicidios y las distintas formas en las que se ejerce violencia contra las mujeres. Dentro de un sistema patriarcal, las mujeres son una población vulnerable. Pero también es cierto que el feminismo, como discurso y práctica militante, las ha empoderado, lo que marca una gran esperanza de salir de este sistema autodestructivo.
Ampliar el registro de las víctimas también puede ser una estrategia para convencer al propio "macho" que, tras el cumplimiento del mandato de potencia y violencia, se esconde también su propia autodestrucción. Pero también puede inaugurar nuevas alianzas estratégicas entre garantismo y feminismo que, amparados sus reclamos en el paradigma de los Derechos Humanos, buscan exactamente lo mismo: evitar las muertes o, quizás más radical aún, reafirmar el valor de la vida de todxs.
OPINIÓN
gmariani
Por Guillermo Mariani

ggoldes
Por Guillermo Goldes

lcrisafulli
Por Lucas Crisafulli

mlafuente
Por Manolo Lafuente

pramos
Por Pablo Ramos