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Mares interiores

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Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

Todos sabemos que el agua del mar es salada. ¡Quién no lo comprobó, por la fuerza, al ser revolcado por una ola!

Pero, ¿por qué el agua de mar es salada? Es sencillo. Los mares ocupan las partes más bajas de la superficie del planeta. Y de allí, no pueden desaguar a ningún otro lado, porque no hay dónde ir. El mar está en un equilibrio relativo. Le llega agua desde todos los ríos que desaguan en él, de los hielos flotantes que se derriten, y de las lluvias y nevadas que ocurren sobre su superficie, que cubre más de dos tercios del planeta. La única salida natural del agua de mar es la evaporación por el calor del Sol.

La evaporación compensa el ingreso de agua y mantiene el nivel del mar aproximadamente constante. El agua de los ríos que desembocan en los océanos arrastra sales disueltas, producto de la erosión de los continentes. Pero sólo el agua se evapora, mientras que las sales quedan. Acumuladas durante millones de años, esos minerales han hecho que el mar sea salado. Y cada vez más salado.

¿Cuánta sal contiene el mar? Actualmente, aproximadamente 33 gramos por cada litro de agua. Es un valor promedio, que varía según la zona y el momento. La salinidad del mar está siendo monitoreada en tiempo real por un instrumento llamado Aquarius que se encuentra en órbita a bordo del satélite argentino SAC-D.

La sal no se acumula sólo en el mar, sino en cualquier lago sin desagüe, del cual el agua sólo egresa al evaporarse. Esas cuencas cuyas aguas no llegan al océano se llaman “endorreicas”. Una de las más conocidas a nivel mundial es la del Río Jordán que desemboca en el Mar Muerto, en la frontera entre Israel, Jordania y el Estado Palestino

Mucho más cerca, los ríos Suquía, Xanaes y Dulce, desembocan en la laguna de Mar Chiquita o Mar de Ansenuza. Es un auténtico mar interior de 80 km. de este a oeste por 40 km. de norte a sur, y, como tal, es salado. Mucho más salado que el mar: en Mar Chiquita la concentración llega a ser de 60 gramos de sal por litro de agua. La sal se viene acumulando desde que la laguna se formó, hace unos 30 mil años. Anteriormente, las aguas escurrían hacia el Río Paraná, pero el levantamiento del terreno en el borde Este produjo el cierre de esa salida y el comienzo de la laguna como tal. Esa elevación fue un proceso geológico natural.

A fines de la década del `80 la laguna de Mar Chiquita casi duplicó su superficie, lo que hizo bajar la salinidad, e inundó gran parte de la única ciudad costera: Miramar. Luego de algunos años, y con resignación, las autoridades decidieron demoler, mediante voladuras, parte de las edificaciones que habían quedado bajo el agua. Recién en los últimos años, y particularmente con la inauguración de una nueva costanera a fines de 2013, pareciera que Miramar se va recuperando de aquella historia traumática. Paradójicamente, en los últimos años el agua ha tendido a bajar, volviendo a aumentar la concentración de sal y dejando al descubierto grandes extensiones costeras de este mineral, que los vientos se encargan de esparcir a grandes distancias. Se atribuye esta bajante, en parte, al uso indiscriminado del curso del río Dulce para regar sembradíos en Santiago del Estero.

Existen ejemplos extremos de mal uso del agua en el mundo. El más drástico es el del Mar de Aral, en Asia Central. De ser uno de los lagos salados más extensos del planeta, pasó a ser sólo un recuerdo: se secó por completo por la sobreexplotación con fines de riego de los ríos que lo alimentan.

Menos conocida que los vaivenes de la Mar Chiquita, al menos para los cordobeses, es la historia sucedida en Villa Epecuén, a pocos kilómetros de Carhué, en la provincia de Buenos Aires. Allí se vivió una situación bastante parecida a la de nuestra laguna insignia. Se trataba de un próspero pueblo turístico de 1.500 habitantes ubicado en la margen este de la laguna Epecuén. Esta forma parte del sistema de Lagunas Encadenadas, en el oeste de la provincia. Todo transcurría con normalidad hasta que, en 1985, la laguna creció y anegó todo el pueblo. Fue abandonado, aunque no demolido. Eso permitió que en los últimos años y ya como pueblo fantasma, a veces inundado y otras apenas emergido, se convierta nuevamente en atracción para el turismo. Los viajeros ya no son atraídos por los efectos terapéuticos de los baños termales, sino por la curiosidad y el espíritu de aventura.
 

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