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Más lejos, más alto, más fuerte

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Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

No se trata de los Juegos Olímpicos. Ni del esfuerzo de los atletas por superarse mientras duran sus capacidades y su voluntad.

Hablamos de la carrera de la Argentina por el dominio del espacio. Un maratón de largo aliento, en el cual se lucha contra el tiempo, el desinterés y las presiones internacionales. Un esfuerzo que comenzó allá por 1961, cuando desde Santo Tomé, en la Pampa de Achala, se lanzó un modesto cohete bautizado como Alfa Centauro. Se elevó unos 8 km en el firmamento antes de caer a Tierra. Fue la “primera manifestación de actividad aeroespacial en la Argentina”, a decir del entonces presidente Arturo Frondizi.

Luego seguirían otros cohetes, cada vez mayores, más poderosos, de mayor alcance. Fueron Beta Centauro, Gamma Centauro, Orión, Canopus, Rigel, Antares y Castor, entre otros. Todos llevaban nombres de estrellas de nuestro cielo, como marcando un objetivo inalcanzable…

Esos cohetes se desarrollaban desde la Comisión Nacional de Investigaciones Espaciales (CNIE), que dependía de la Fuerza Aérea. Tenía su principal asiento en la Guarnición Área Córdoba. Luego de la experiencia pionera de Pampa de Achala, comenzaron a lanzarse a desde el CELPA Chamical, nuestro Cabo Cañaveral, sencillo y autóctono. Las trayectorias de esos vehículos, que eran impulsados por combustibles sólidos, se calculaban para que las cargas cayeran a Tierra en paracaídas en las Salinas Grandes: una planicie extensa, blanca y deshabitada ubicada en los límites de las provincias de Córdoba, Catamarca y La Rioja.

En 1969 esos cohetes comenzaron a llevar tripulantes: ratones, primero; un mono, después. Hitos señeros de una actividad que crecía y era mirada con admiración desde otros países. Y claro, con preocupación, desde aquellos que siempre pretendieron monopolizar el espacio.

El vuelo que más se elevó llegó a una altura superior a los 500 km, antes de volver a caer a Tierra. De todas formas, eran vuelos suborbitales. Es que para poner una carga en órbita hay que elevarla por encima de los 200 km de altura, pero una vez allí impulsarla alrededor de la Tierra a velocidades superiores a los 30.000 km/h. Para eso hacen falta cohetes de varias etapas, que puedan reorientarse, apagarse y volver a encenderse en forma controlada.

En los años `80 el programa se orientó a la producción de un misil, capaz de transportar cargas explosivas a grandes distancias en forma controlada. Era el Cóndor II, que suscitó desconfianza y enormes presiones de los países que pretendían conservar el dominio de ese tipo de armas. Las presiones fueron eficaces, ya que a principios de los `90 el gobierno argentino del momento cedió y canceló todo el programa. Hasta aceptó que nos hicieran destruir parte de los prototipos en bases ubicadas en el extranjero.

Luego de ese negro episodio, la actividad espacial argentina se reorientó. Se fundó en 1991 la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (CONAE), organismo civil cuya principal instalación se encuentra en Falda del Carmen, sobre las viejas instalaciones, desmanteladas, donde se desarrollaba el Cóndor II. Las nuevas prioridades se fijaron en el desarrollo de satélites científicos, y en segundo lugar en retomar la producción de cohetes, pero esta vez inequívocamente orientados al uso civil, para la puesta en órbita de satélites en órbitas bajas. Así nació el proyecto Tronador, aún en marcha.

Los satélites que se desarrollaron desde CONAE fueron cuatro. Todos fueron puestos en órbita por vehículos de la NASA. Tres de ellos por cohetes y unos desde el transbordador espacial Endeavour: el SAC A. La historia es conocida: cuando se lanzó el SAC B, en 1996, por un fallo en la apertura de la compuerta del cohete, el satélite no pudo desplegarse y la misión fracasó. Como compensación, NASA ofreció lanzar el siguiente satélite “sin cargo” desde el transbordador espacial. Y así se hizo, sin contratiempos. De esos cuatro satélites científicos, el último, SAC D/Aquarius continúa aún plenamente activo, orbitando la Tierra cada hora y media, estudiando la humedad y temperatura del suelo y, sobre todo, la salinidad de los mares. Algo muy importante pues la salinidad determina el flujo de las corrientes marinas, que a su vez distribuyen el calor por toda la Tierra.

Pero los últimos grandes logros espaciales de la Argentina no se relacionan con la necesidad de investigar la Tierra desde el espacio. Por el contrario, son productos de la avanzada tecnología espacial argentina, destinados exclusivamente a mejorar las comunicaciones satelitales. Son ARSAT I y ARSAT II, satélites geoestacionarios diseñados y construidos en nuestro país que orbitan la Tierra a 36.000 km de altura. Tardan en dar una vuelta al planeta el mismo tiempo que este emplea en girar sobre su eje. Por eso permanecen siempre sobre el mismo lugar. Sobre Colombia el ARSAT I, y sobre el Pacífico, cerca de la costa ecuatoriana el ARSAT II.

Muy lejos allá arriba, estos dos artefactos con el sello “industria argentina” orbitan silenciosamente. Tienen partes fabricadas en diferentes provincias, diseñadas y ensambladas por técnicos cordobeses, riojanos, patagónicos o porteños. Permiten que Argentina conserve sus dos posiciones orbitales frente a presiones de otros países, que pretendían apropiárselas. Quizás den el último adiós a cada una de las sondas espaciales que se aventuran hacia lo profundo del espacio. Son un auténtico faro argentino en el espacio. Nunca habíamos llegado tan lejos, nunca tan alto.
 

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