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Observar, descubrir, explorar, disfrutar

ggoldes
Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

Después de muchos años de preparación, la Universidad Nacional de Córdoba y el gobierno de la Provincia finalmente inauguraron la Plaza Cielo y Tierra, el Centro de Interpretación Científica (CIC) que construyeron en forma conjunta. El evento se desarrolló durante el último día del maestro.

El CIC es un espacio de comunicación y de encuentro. Un lugar para compartir y disfrutar, tomando como disparador el discurso que la ciencia elabora acerca del mundo natural.

Un ámbito que no se articula en torno de las disciplinas científicas, y que no fue pensado en función de los deseos de las comunidades de investigadores. Por el contrario, este centro de ciencias fue diseñado para satisfacer, antes que nada, las demandas que el público potencial plantea en relación a la apropiación de la ciencia. Demandas de información, de reflexión, de contención, de participación, de ciudadanía, pero también de entretenimiento, de diversión, de conexión con las propias sensaciones. Las disciplinas y sus hipótesis son en este espacio herramientas que proporcionan modelos explicativos sobre una realidad compleja. Porque la realidad siempre es compleja. El fin principal de una instalación como esta no el aprendizaje de ideas científicas. Más bien, se trata de una oferta para enriquecer la vida cotidiana, que permite asomarse brevemente al mundo científico a quienes habitualmente no participan de él más que consumiendo productos tecnológicos. La idea-fuerza que sobrevuela por sobre los techos metálicos del CIC es que ese mundo también está allí para ser disfrutado. Por todos, no solamente por las científicos.

Las divisiones entre disciplinas de estudio son artificiales, de más está decirlo. Responden a tradiciones, a grupos de poder y referencia, y en menor medida a metodologías diversas. Existen numerosas áreas de superposición o zonas grises. Entre la astronomía y la geología por ejemplo, la historia de la formación de nuestro planeta ingresa en esa categoría. Son dos ciencias con una evidente continuidad en sus objetos materiales de investigación, en nuestro medio separadas por un abismo institucional. Entre la geología y la biología pasa otro tanto. La formación de los suelos es un ejemplo típico de área de contacto. O la consolidación de los fósiles, esos restos mineralizados provenientes de cuerpos de animales y plantas que habitaron hace millones de años. Los paleontólogos son expertos en fósiles. No por casualidad, quienes se especializan en paleontología provienen históricamente sea de la geología, como expertos en rocas y minerales, sea de la biología, como conocedores de los seres vivos.

El Centro de Interpretación está estructurado por niveles, que se denominan según los nombres de las raíces griegas: aire, agua, tierra, fuego. Es que para este antiguo pueblo, fundacional en la historia de la ciencia occidental, todo estaba formado por esas cuatro sustancias, que consideraban elementales. La ciencia actual piensa de otra forma, pues la química nos ha enseñado que los elementos que forman toda la materia no son cuatro, sino muchos más: aquellos que se agrupan en la tabla periódica de los elementos. Hoy sabemos, además, que el agua no es un elemento, sino un compuesto químico formado por hidrógeno y oxígeno. El aire ni siquiera es un compuesto, es una mezcla de diferentes gases: nitrógeno, oxígeno, argón, dióxido de carbono, vapor de agua, etc. La tierra, por su parte, es más compleja aún. Tiene, dependiendo de la zona y la profundidad, aproximadamente un 45% de minerales variados, un 25% de agua infiltrada, otro 25% de aire, y un 5%, muy variable, de materia orgánica. Finalmente al fuego ni siquiera lo consideramos materia: lo pensamos más bien como energía liberada por la materia en combustión.

El recorrido

El circuito principal que se desarrolla en el Centro involucra un descenso progresivo al interior de la Tierra, capa por capa. Primero a la corteza, luego al manto, la porción convectiva compuesta por roca en estado plástico. Finalmente, al núcleo, formado por hierro y níquel, metálicos. El núcleo terrestre es responsable de que nuestro planeta tenga un campo magnético que en parte nos protege de partículas cargadas que provienen, por ejemplo, del Sol. Ese campo magnético ha invertido su polaridad numerosas veces en el pasado: el norte magnético pasó a ser sur y viceversa. En la actualidad, justamente el Polo Norte Magnético se halla en el Hemisferio Sur geográfico.

El periplo continúa hacia el nivel agua, en el cual el visitante puede conocer detalles acerca de la composición, distribución y acceso a este líquido irreemplazable. Irreemplazable, sí, pero cuyo acceso no está garantizado de manera equitativa entre regiones, comunidades ni, sobre todo, clases sociales.

En esta zona acuática el visitante se siente inmerso en un entorno fluido de un profundo color celeste. Un documental de animación 5 minutos de duración resume aquí los 3.500 millones de años de historia de la vida en el planeta. Desde las primeras bacterias que generaron estromatolitos, los restos más antiguos que conocemos de seres vivos, hasta la actualidad. Tres mil quinientos millones de años en cinco minutos. Un desafío para un relato audiovisual. También un fondo de mar primitivo acompaña al visitante durante esta parte del recorrido.

Luego de su paso simbólico por el agua, quien visite el CIC emerge, con algunas salpicaduras y más inquietudes, hacia el nivel aire a través de una escalera de caracol. Allí se encuentra con otra de las vedettes de la muestra: el gran Péndulo de Foucault. Se trata del dispositivo que demostró gráficamente, y de manera concluyente, la rotación de la Tierra. Sucedió por primera vez en el París de los años 1850. El artefacto original osciló acompasadamente, suspendido de la cúpula del Panteón de París, y produjo una modesta y silenciosa revolución. En verdad León Foucault, físico y astrónomo, realizó numerosas contribuciones a la ciencia. Entre muchas otras, fue el primero en proponer el reemplazo de los antiguos espejos metálicos para telescopios, por espejos de vidrio recubiertos por una delgada lámina de metal. Sin embargo, pasó a la posteridad como el creador del célebre péndulo parisino.

Antes de salir a jugar con los dispositivos del parque exterior, el visitante puede ingresar al planetario Julio Verne, la semilla de todo este complejo. El proyector fue originalmente donado por la ciudad de Nantes, la patria chica del creativo autor de 20.000 Leguas de Viaje Submarino, El Faro del Fin del Mundo o De la Tierra a la Luna, entre muchos otros. La función dura unos 15 minutos y se refiere al Cielo de Córdoba.

Después de muchos años, la UNC y la Provincia de Córdoba inauguraron la Plaza Cielo y Tierra. Un espacio para apropiarse y disfrutar de la ciencia. Un entorno pensado para que la gente, la destinataria final de todos los esfuerzos científicos, pueda entrar en contacto reflexivo con ella. Y sentir placer al hacerlo

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