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Repudios y más repudios tranquilizantes

gmariani
Por Guillermo Mariani

Violencia es la actitud y decisión llevada a la práctica, de imponerse agresivamente y por el poder o la fuerza a otro u otros seres humanos para anular o destruir alguno de los derechos con que la naturaleza y la sociedad nos han dotado como medios de lograr la realización personal y comunitaria que se denomina “bien común”. Adquiere una variedad tan amplia que puede designarse como inabarcable, dadas las innumerables posibilidades del ser humano, influenciadas por diversas culturas, circunstancias personales y coyunturas históricas.
 
Prefiero reducirme en esta reflexión a las violencias concretas que se están dando en este momento histórico. La más trágica como impacto, es la de las armas. El desarrollo tecnológico que debió aliviar o remediar las naturales limitaciones frente a los fenómenos atmosféricos o la fragilidad del ser humano, se inclinó al perfeccionamiento de los instrumentos de destrucción, llegando a lo que es sobradamente ostensible en nuestro tiempo, la creación de un clima de
temor y enemistad constantes estallando en enfrentamientos y contiendas que aparecen, en el fondo, como tendencia inevitable de los seres humanos, en el transcurso de la historia. La amenaza de la ciber-guerra sigue avanzando como consecuencia de la excesiva concentración de riqueza en los sectores que tienen como “diversión atrayente” (para utilizar el dinero que ya va perdiendo su sentido omnipotente). Es necesario por otra parte admitir que la violencia de
las armas mostrada en el clima bélico que vivimos sin interrupción, como si siempre en algún lugar del planeta, como si estuviéramos compelidos y resignados a sembrar la muerte, ha ido dejando de lado las otras expresiones de violencia que, a pesar de no ser ejercidas con las armas, son también siembra de muertes de innumerables seres humanos por el hambre, la enfermedad, las desigualdades irritantes y agresivas, la supresión de derechos fundamentales, la falta de
vivienda, la insensibilidad de los poderosos y de manera particular. Una especie de afán contrarrestando los esfuerzos mundiales que hasta ahora había proliferado, la supresión de los ejes con que podía mantenerse un equilibrio social, gracias al sistema democrático que al menos durante algún tiempo y en algunos lugares, logró relativos éxitos. Esos ejes que son: la justicia independiente, como único refugio de las víctimas de los poderosos, y la información
pública convertida hoy en elemento de dominación, gracias a su excelente rendimiento económico para las empresas llamadas periodísticas que, sin ningún límite, recurren a los medios éticamente más oscuros para la publicidad en favor de los grupos dominantes.
 
Podemos afirmar que esa violencia, silenciada y taimadamente ofrecida como garantía de felicidad próspera, en una sociedad desprovista de los ejes de recurso para las víctimas de la opresión o la injusticia de cualquier índole, siempre termina imponiendo la otra violencia. La de las armas que destituyen democracias o la de los víctimas encerradas en la impotencia estructural que estallan con intentos generalmente ineficaces de “no violencia activa” o “de violencia de respuesta” organizada y clandestina, desde los oprimidos. 
 
Siempre, los que de alguna manera se sienten o se creen favorecidos por el “desorden o crisis mundial” que mantiene en la proporción del 1% de la humanidad controlando las riquezas del mundo, se dan el lujo de condenar exclusivamente las, en el fondo, “pequeñas expresiones de violencia de los pobres”, que responde (después de aceptar la aplicación de todos los medios pacíficos) a la institucional, armada con mentiras, promesas, compra y venta de funcionarios e instituciones y finalmente represión que llega a igualar el terrorismo de estado en América latina, desde los sesenta, un campo de experimentación dolorosamente presente en la historia del siglo pasado. 
 
Argentina vivió una recuperación democrática casi milagrosa por muchas de las particularidades que la caracterizaron. Hoy, el “Nunca más” se ha transformado en “ahora de nuevo”, habiendo avanzado en los niveles de hipocresía mantenidos por las dos corporaciones más fuertes en la complicidad con el sistema: poder judicial y poder informativo.
 
Y aparecen, como diciendo “yo no fui”, los documentos de “repudio de la violencia”, a pesar de la justicia de las causas defendidas. Y ese repudio no es para la obstinada represión oficial, que incluso se da el lujo de “crear enemigos” a fin de poder aniquilarlos sin cargo de conciencia ni de historia, sino para los hechos de respuesta violenta y de alguna manera defensiva de los que no logran a pesar de ser multitudes, ser escuchados en la exigencia del respeto a sus derechos elementales. Si la “entusiasta” represión oficial no se modera y el régimen sigue
provocando (al margen de sus discursos aprendidos de memoria y gestos paternales) con sus decisiones en contra del pueblo y los más indefensos, la advertencia de Mons. Helder Camera, de que inevitablemente se arma la espiral de violencia que como “tornado” lo arrastra y destruye todo, constituye un alerta muy importante para quienes siguen sin reconocer las verdaderas causa de la violencia de respuesta, y se contentan simplemente con repudiarla de palabra y documento… por si la cosa se pone más grave.Violencia es la actitud y decisión llevada a la práctica, de imponerse agresivamente y por el poder o la fuerza a otro u otros seres humanos para anular o destruir alguno de los derechos con que la naturaleza y la sociedad nos han dotado como medios de lograr la realización personal y comunitaria que se denomina “bien común”. Adquiere una variedad tan amplia que puede designarse como inabarcable, dadas las innumerables posibilidades del ser humano, influenciadas por diversas culturas, circunstancias personales y coyunturas históricas.
Prefiero reducirme en esta reflexión a las violencias concretas que se están dando en este momento histórico. La más trágica como impacto, es la de las armas. El desarrollo tecnológico que debió aliviar o remediar las naturales limitaciones frente a los fenómenos atmosféricos o la fragilidad del ser humano, se inclinó al perfeccionamiento de los instrumentos de destrucción, llegando a lo que es sobradamente ostensible en nuestro tiempo, la creación de un clima de temor y enemistad constantes estallando en enfrentamientos y contiendas que aparecen, en el fondo, como tendencia inevitable de los seres humanos, en el transcurso de la historia. La amenaza de la ciber-guerra sigue avanzando como consecuencia de la excesiva concentración de riqueza en los sectores que tienen como “diversión atrayente” (para utilizar el dinero que ya va perdiendo su sentido omnipotente). Es necesario por otra parte admitir que la violencia de las armas mostrada en el clima bélico que vivimos sin interrupción, como si siempre en algún lugar del planeta, como si estuviéramos compelidos y resignados a sembrar la muerte, ha ido dejando de lado las otras expresiones de violencia que, a pesar de no ser ejercidas con las armas, son también siembra de muertes de innumerables seres humanos por el hambre, la enfermedad, las desigualdades irritantes y agresivas, la supresión de derechos fundamentales, la falta de vivienda, la insensibilidad de los poderosos y de manera particular. Una especie de afán contrarrestando los esfuerzos mundiales que hasta ahora había proliferado, la supresión de los ejes con que podía mantenerse un equilibrio social, gracias al sistema democrático que al menos durante algún tiempo y en algunos lugares, logró relativos éxitos. Esos ejes que son: la justicia independiente, como único refugio de las víctimas de los poderosos, y la información
pública convertida hoy en elemento de dominación, gracias a su excelente rendimiento económico para las empresas llamadas periodísticas que, sin ningún límite, recurren a los medios éticamente más oscuros para la publicidad en favor de los grupos dominantes.
 
Podemos afirmar que esa violencia, silenciada y taimadamente ofrecida como garantía de felicidad próspera, en una sociedad desprovista de los ejes de recurso para las víctimas de la opresión o la injusticia de cualquier índole, siempre termina imponiendo la otra violencia. La de las armas que destituyen democracias o la de los víctimas encerradas en la impotencia estructural que estallan con intentos generalmente ineficaces de “no violencia activa” o “de violencia de respuesta” organizada y clandestina, desde los oprimidos. 
 
Siempre, los que de alguna manera se sienten o se creen favorecidos por el “desorden o crisis mundial” que mantiene en la proporción del 1% de la humanidad controlando las riquezas del mundo, se dan el lujo de condenar exclusivamente las, en el fondo, “pequeñas expresiones de violencia de los pobres”, que responde (después de aceptar la aplicación de todos los medios pacíficos) a la institucional, armada con mentiras, promesas, compra y venta de funcionarios e instituciones y finalmente represión que llega a igualar el terrorismo de estado en América latina, desde los sesenta, un campo de experimentación dolorosamente presente en la historia del siglo pasado. 
 
Argentina vivió una recuperación democrática casi milagrosa por muchas de las particularidades que la caracterizaron. Hoy, el “Nunca más” se ha transformado en “ahora de nuevo”, habiendo avanzado en los niveles de hipocresía mantenidos por las dos corporaciones más fuertes en la complicidad con el sistema: poder judicial y poder informativo.
 
Y aparecen, como diciendo “yo no fui”, los documentos de “repudio de la violencia”, a pesar de la justicia de las causas defendidas. Y ese repudio no es para la obstinada represión oficial, que incluso se da el lujo de “crear enemigos” a fin de poder aniquilarlos sin cargo de conciencia ni de historia, sino para los hechos de respuesta violenta y de alguna manera defensiva de los que no logran a pesar de ser multitudes, ser escuchados en la exigencia del respeto a sus derechos elementales. Si la “entusiasta” represión oficial no se modera y el régimen sigue
provocando (al margen de sus discursos aprendidos de memoria y gestos paternales) con sus decisiones en contra del pueblo y los más indefensos, la advertencia de Mons. Helder Camera, de que inevitablemente se arma la espiral de violencia que como “tornado” lo arrastra y destruye todo, constituye un alerta muy importante para quienes siguen sin reconocer las verdaderas causa de la violencia de respuesta, y se contentan simplemente con repudiarla de palabra y documento… por si la cosa se pone más grave.
OPINIÓN
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