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Rutas Argentinas, hasta el fin

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Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

Todos conocemos los clásicos postes bajos que marcan el kilometraje en las rutas nacionales, alternados a los lados de ambas banquinas. También los carteles que, cada tanto, nos indican sobre qué ruta estamos. Si la ruta es nacional, su número se muestra dentro de un polígono de cinco lados.

Pero, ¿sabemos por qué las rutas tienen esos números, o cómo es el diseño de la estructura vial nacional? Resulta interesante reflexionar sobre esto. Si bien la red vial se concibió como una forma de facilitar la libre circulación por el país, garantizada por el Art. 14 de la Constitución Nacional, en la práctica las rutas nacionales argentinas son una representación gráfica del centralismo en la vida y política argentina, y también de los episódicos esfuerzos por superarlo. Una dura representación hecha de hormigón y asfalto. Se puede comprobar sencillamente mirando un mapa carretero. De hecho, conviene tener un mapa a mano mientras se lee esta columna.

Si lo hacemos, comprobaremos que las rutas nacionales de la 1 hasta la 15 son radiales y convergen hacia la Capital Federal. Es así si lo miramos desde el interior del país. Si lo hacemos desde la CABA, diremos seguramente que parten desde Buenos Aires hacia “lugares alejados” en los tres puntos cardinales. Sí, tres, ya que hacia el Este de Buenos Aires se extiende el Río de la Plata.

Esas primeras rutas nacionales están numeradas así: desde la costa del Río de la Plata, girando en el sentido de las agujas del reloj, la numeración crece. Así fue planificado, no es una casualidad. La ruta nacional número 1 es hoy la Autopista Buenos Aires-La Plata. La número 2 era la ruta que une Buenos Aires con Mar del Plata, aunque hoy es una autovía de jurisdicción provincial que lleva el mismo número. No debe confundirse con la Ruta Interbalnearia, que corre más cerca de la costa y también es provincial. La ruta nacional 3 parte de la ciudad de Buenos Aires hacia el Sur, pasa por Bahía Blanca y continúa luego recorriendo la costa atlántica, hasta la ciudad de Río Gallegos y luego, salvando el Estrecho de Magallanes reaparece en Tierra del Fuego hasta llegar a la mismísima Ushuaia.

La ruta nacional 5 por su parte vincula Buenos Aires con Santa Rosa de la Pampa, mientras la 7, muy conocida y transitada, pasa por la ciudad de Junín, ingresa a la Provincia de Córdoba por el Sur, llega a Laboulaye, pasa por Villa Mercedes en San Luis, de allí se dirige a la ciudad de Mendoza y luego continúa ascendiendo la cordillera hasta el Túnel Cristo Redentor, el principal paso carretero hacia Chile.

La ruta 8 en cambio se dirige hacia Pergamino, pasa por Río Cuarto y de allí llega también a Villa Mercedes, nudo vial en donde finaliza. Y la 9, por supuesto, une Buenos Aires con Rosario, Córdoba, Santiago del Estero, San Miguel de Tucumán, Salta y San Salvador de Jujuy, para llegar al límite con Bolivia en la Quiaca.

Como curiosidad, por el momento no existen las rutas nacionales 4, 6, 10 o 13. Esos números se reservan para futuras rutas, dentro del esquema radial. La última de estas rutas troncales es la 14, que recorre el Este de Entre Ríos, Corrientes y Misiones en forma paralela a la frontera con Uruguay y Brasil. 

Más allá de razones históricas, económicas y políticas, genera muchos inconvenientes concretos y desequilibrios una estructura vial radial cuando su punto de convergencia no se encuentra cerca del centro geográfico del territorio sino en la periferia del mismo, como es el caso de la CABA. Al mismo tiempo hay que decir que ese tipo de estructura se reproduce en muchos países. 

Para contrarrestar, apenas, ese centralismo, existe una red de rutas que no pasan por la CABA. 

Las rutas nacionales 15 a 31 son grandes vías transversales, es decir que recorren el territorio en dirección Este-Oeste, numeradas en forma creciente de Norte a Sur. Como la 16 que une Metán en Salta con la ciudad de Corrientes. La peligrosa ruta 19 que une Córdoba con Santa Fe pertenece a ese esquema.

Las rutas 32 a 40 son grandes vías que corren de Norte a Sur del País. Están numeradas en forma creciente de Este a Oeste. Como por ejemplo la ruta 38, que une las capitales de Córdoba, la Rioja, Catamarca y Tucumán. La más ilustre y poseedora de una épica propia es la ruta 40. Delinea, como un espinazo gigantesco, el Oeste de Argentina desde la Quiaca hasta Río Gallegos. Vincula todas las provincias cordilleranas, y toca también Tucumán.

Las rutas nacionales de la 51 a la 300 no responden a los criterios mencionados sino que son rutas de menor extensión, localizadas en regiones acotadas del País. Esas zonas son 8, desde el NOA a la Patagonia Austral.

Como es de esperarse, si analizamos el mapa ferroviario argentino, hoy parcialmente desmantelado, este reproduce y exagera la estructura radial convergente en Buenos Aires. Las rutas aéreas de cabotaje responden también, y cada vez más, a esa lógica. Una lógica que privilegia la rentabilidad financiera directa de las rutas por encima de su naturaleza de servicio social y público. Lo aprendimos tristemente durante la década de los `90, cuando florecieron en varias provincias las odiosas cabinas con barreras que nos obligan a pagar para dejarnos circular, muchas veces sin vías alternativas. Desde entonces, la libre circulación pasó a ser una utopía o un recuerdo, más aún cuando las tarifas que actualmente pagamos en las rutas nacionales son exorbitantes. Lógica financiera y centralista, nada adecuada para un País de la extensión y diversidad de nuestra Argentina. 

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