Google+
Sexto sentido

ggoldes
Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

Vemos choques de estrellas muertas”, podrían haber dicho los responsables de LIGO, parafraseando al personaje infantil del ya clásico thriller psicológico de los años 90. LIGO es el observatorio de ondas gravitacionales que acaba de detectar, por primera vez en la historia, estas elusivas perturbaciones. En vez de eso, eligieron un discurso más directo: “Hemos detectado ondas gravitacionales”. No sólo es más directo, también mucho más preciso, porque este revolucionario instrumento no “ve” lo que ocurre allá lejos en las profundidades del cosmos, dado que no recibe luz desde el exterior. Sería más ilustrativo decir que lo “siente”. Pues en realidad, lo que detecta son variaciones en sus propias dimensiones, las del instrumento, debidas al pasaje de ondas de gravedad que deforman el espacio mismo.

Algunos dicen que se trata, potencialmente, del mayor evento científico del siglo. Otros dicen que seguramente esto valdría un Premio Nobel de Física. Son especulaciones, pero lo cierto es que parece abrirse un nuevo campo, una nueva vía regia para el estudio del Universo, y sobre todo de los fenómenos más energéticos que en él ocurren: explosiones de supernova, choques de agujeros negros y otros cataclismos cósmicos que, afortunadamente, ocurren lejos de nosotros.

Este tipo especial de ondas, ondas de gravedad, fue previsto por la Teoría General de la Relatividad, planteada originalmente por Einstein en 1915. Su escasísima intensidad había hecho que, hasta hoy, nunca hubiera podido corroborarse su existencia. Las ondas se generarían cuando se producen choques o movimientos acelerados de grandes cantidades de materia. Y se propagan en el espacio a la velocidad de la luz (300.000 km/s) produciendo una deformación del espacio en cada uno de los lugares alcanzados. Esa deformación ahora ha podido ser medida desde la Tierra mediante los enormes aunque sutiles dispositivos que componen LIGO. Están localizados en los Estados Unidos. Uno: en el desierto del estado de Washington, en el noroeste, y otro en las planicies de Louisiana, en el sudeste.

Casi como anécdota, hay que decir que el evento se detectó en realidad en setiembre pasado y es la probable colisión de dos agujeros negros, que ocurrió en una zona aún no bien identificada del Universo pero distante a unos 1.300 millones de años luz de la Tierra. Recordemos que un año luz equivale a unos 10 billones de kilómetros. Como expresó la vocera científica de LIGO, la física argentina Gabriela González, ese hecho cuyo “eco” ahora se detectó, ocurrió hace 1.300 millones de años, antes de la explosión biológica del Cámbrico, cuando la vida en la Tierra era aún poco diversificada. Desde entonces viene viajando esa perturbación, que finalmente nos encontró en 2015. Las noticias científicas suelen ser así: nos informan de hechos ocurridos hace largo tiempo. Dicho sea de paso, González es una egresada de FAMAF, la Facultad de Matemática, Astronomía, Física y Computación de la Universidad Nacional de Córdoba. En base a una combinación de esfuerzo personal, formación recibida en la Universidad Pública e inversiones bien dirigidas en ciencia y tecnología, hoy es parte destacada de un logro enorme.

Hacia donde nos llevará este hallazgo es algo difícil de predecir, pero está claro que será revolucionario. Sólo hay que darle tiempo. 

Y es que a partir de ahora, además de los cinco sentidos con que contamos en nuestros cuerpos para obtener información del mundo que nos rodea, nuestra especie ha incorporado como un sexto sentido: la habilidad de detectar ondas de gravedad. La evolución biológica es la responsable de proveernos de los cinco primeros. Nuestra historia cultural y nuestras decisiones en materia de política tecnológica son responsables de la adquisición de éste último.
 

OPINIÓN
spares
Por Susana Parés


gmariani
Por Guillermo Mariani

ggoldes
Por Guillermo Goldes

mlafuente
Por Manolo Lafuente