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Un viaje a la Antártida

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Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

Episodio I: el perrito inglés

 

La Antártida no tiene población humana estable. Se piensa que nunca la tuvo. Sólo la habitan quienes residen temporalmente en las bases militares y científicas esparcidas en su territorio. Esas instalaciones no son pocas: algo menos de 100, aunque solo la mitad tiene carácter permanente. El resto funciona únicamente durante los meses de verano. Desde el punto de vista político, el Tratado Antártico de 1959 suspendió todos los reclamos territoriales sobre esta vasta zona del Sur del planeta y la reservó para fines pacíficos, particularmente la investigación científica.

Aun así, 45.000 visitantes llegan cada verano a este exótico destino, que es muy vulnerable desde el punto de vista ambiental. La porción de continente poblado más cercana a la Antártida es el extremo austral de Sudamérica. Por ese motivo la mayoría de los viajes turísticos que se dirigen a ese mundo misterioso y helado parten de Ushuaia o de Punta Arenas. Algunos pocos lo hacen desde Australia. Estos últimos tienen la desventaja de que exigen navegar más del doble que desde Tierra del Fuego: unos 2.500 kilómetros en vez de 1.000. Además, llegan a zonas del escudo antártico de muy difícil abordaje. El viaje desde Ushuaia, en cambio, arriba a la Península Antártica y las islas Shetland del Sur, destinos un poco más amigables. Es una forma de decir: la Antártida, sus islas y mares circundantes no son precisamente amables para las personas.

 

En este artículo y los que seguirán, relataremos anécdotas de un viaje de ida y vuelta, por mar, desde Ushuaia a las puertas mismas del Círculo Polar Antártico. Esa zona en la cual, una vez al año, el Sol no se pone bajo el horizonte. Y en donde alrededor del 21 de junio, como contrapartida, el Sol no llega a asomarse.

 

Es sabido que Ushuaia es la única ciudad trasandina del País; al sur de la Isla Grande de Tierra del Fuego la Cordillera de los Andes corre de Oeste a Este. Allí, el límite internacional con Chile abandona la línea de altas cumbres divisorias de aguas, que rige para casi todo el resto de la frontera, para recorrer el meridiano de longitud 68° 34´ Oeste. Así lo estableció el tratado de límites rubricado en 1881 entre las dos naciones hermanas. Por ese motivo, ambas riberas del Estrecho de Magallanes, que separa Tierra del Fuego del continente, se hallan bajo soberanía chilena. Para viajar de Río Gallegos a Río Grande por tierra y agua, por ejemplo, se atraviesa la frontera dos veces: la primera para llegar a la costa Norte del estrecho, donde se embarca en una balsa. El cruce se realiza en la zona en la cual el estrecho hace verdadero honor a su nombre: son apenas 5 km de agua salada. La segunda, tras descender de esa barcaza y recorrer casi un centenar de kilómetros. Son, en definitiva, dos fronteras internacionales con sus respectivas aduanas para viajar entre ciudades argentinas separadas por apenas 250 km en línea recta. La misma distancia que hay entre San Luis y Mendoza. Una cuestión a repensar.

Recordemos que el estrecho en cuestión había sido descubierto en el año 1520 por el navegante portugués Hernando de Magallanes cuando buscaba, justamente, un paso entre el Atlántico y el Pacífico. El motivo era sencillo: poder navegar más fácil y rápidamente, por ejemplo, desde Europa hacia Lejano Oriente. Vale decir que Magallanes no bautizó ese accidente geográfico con su propio apellido: lo cartografió como “Estrecho de Todos los Santos”. Actualmente el paso más utilizado para navegar del Atlántico al Pacífico, claro está, es el canal de Panamá. Se trata de un paso artificial ubicado a una latitud muy baja, construido desde fines del siglo XIX hasta principios del siglo XX, con un costo humano atroz.

 

Ushuaia, canal y después…

Para nuestra travesía de Ushuaia a la Península Antártica embarcamos en el centro mismo de la capital fueguina: el puerto de pasajeros se encuentra apenas a 100 metros de la Av. San Martín, la principal arteria de la ciudad.

Navegamos en el Ushuaia, un buque oceanográfico reconvertido a turístico. Pequeño pero de gran potencia. A decir de su capitán, Sergio Osiroff: “no es una Ferrari como otros cruceros, sino más bien una Ford F 100 del mar. Y preferimos que sea así. Nos da mayor seguridad”. Tuvimos oportunidad de comprobar la nobleza del Ushuaia poco tiempo después. Luego de los trámites de rigor y de las primeras instrucciones, los dos motores diesel del buque se acoplaron a sus respectivas hélices y vimos alejarse lentamente el muelle. Enfilamos decididamente hacia el Este, surcando las aguas habitualmente tranquilas del canal de Beagle. Aguas saladas, naturalmente. Allí realizamos un simulacro de evacuación, obligatorio por regulaciones internacionales.

Es conveniente recordar que Beagle era el nombre del bergantín inglés que se aventuró en dos oportunidades por estos mares australes, en 1826 y 1833. La segunda ocasión fue la más renombrada. Estaba al mando del capitán Robert Fitz Roy, y navegaba llevando como naturalista a un joven que más tarde se convertiría en una leyenda para la ciencia: Charles Darwin. La travesía de Darwin por el canal que separa la Isla Grande de Tierra del Fuego de la isla chilena Navarino siguió a su periplo previo por las provincias de Buenos Aires y Santa Fe y por la Patagonia. Después, continuaría remontando la costa chilena y más tarde aún lo llevaría a las Islas Galápagos. Allí tuvieron lugar algunos de los episodios más significativos relatados en El Origen de las Especies.

Sin embargo, la toponimia del canal de Beagle pierde toda su épica cuando se comprueba que el histórico bergantín capitaneado por Fitz Roy llevaba ese nombre debido a que se trataba de un navío de exploración, o más bien de rastreo. Como los simpáticos pero poco solemnes perritos homónimos. El célebre barco que transportó alrededor del Mundo al padre de la teoría de la evolución por selección natural había pues sido bautizado en homenaje a una raza de pequeños perros rastreadores. ¿Habría tenido uno de esos perritos el joven Darwin, o el mismo Fitz Roy? ¿O el propio Jorge IV, o quizás su hermano Guillermo IV, reyes de Inglaterra? No lo sabemos. Sí, en cambio, está documentado que el príncipe Alberto, futuro esposo de la poderosa reina Victoria, criaba jaurías de estos canes de raza.

El Beagle (el navío) tenía 28 metros de longitud -en jerga naval se dice eslora-, y apenas 8 metros de ancho -manga-. Era prácticamente de la misma talla que la Nao Victoria de Magallanes. Y era apenas mayor que la Carabela Santa María, con la cual Colón había cruzado el Atlántico 350 años antes que Darwin. Todas estas naves eran veleros construidos de madera. Apenas frágiles cáscaras de nuez sujetas a la furia de las olas y del viento. Afortunadamente, las cáscaras de nuez flotan de manera muy eficaz.

 

Al navegar hacia el Este por el Beagle, fuimos desandando el camino de Fitz Roy y Darwin en busca del mar abierto. Fueron 200 km aproximadamente, a lo largo de los cuales desfilamos frente al faro Les Eclaireurs, erguido sobre un diminuto islote, frente a Puerto Williams en la costa chilena y Puerto Almanza en el lado argentino. Atravesamos el paso Mackinley, avistamos el embarcadero de la estancia Harberton, y algunos otros caseríos que a la distancia lucían infinitamente solitarios. El límite internacional entre Argentina y Chile discurre en esa región por la zona media del canal. Para nuestra sorpresa y con el barco en pleno movimiento, un lanchón de nombre Antártica nos interceptó, desafiando las olas. Se puso borda contra borda, y vimos a alguien descender desde el barco hacia el lanchón. Inmediatamente, la pequeña embarcación partió tan rampante y presurosa como había llegado. Más tarde supimos que quien había transbordado era el práctico del puerto de Ushuaia. Los prácticos conocen a fondo los puertos y sus canales de acceso, y comandan la salida y el ingreso a los mismos. Una vez que los barcos están en aguas más abiertas, los prácticos ya no son necesarios para la navegación y se dirigen al próximo barco que los requiere. En nuestro caso, un carguero que estaba anclado a la espera de ingresar a puerto. Una vez que el práctico hubo partido, un marinero arrió una bandera blanca y roja del mástil del barco. Esa bandera, según nos indicó, significa: práctico a bordo.

Poco antes de salir del canal, avistamos las islas Picton, Nueva y Lennox. Fueron centro del conflicto limítrofe con Chile que casi llevó a ambos países a la guerra en 1978, en épocas de salvajes dictaduras.

Una vez en la boca oriental del Beagle, nuestro rumbo torció hacia el Sur. Superamos algunas islas situadas al Norte y al Este del Cabo de Hornos, el extremo Sur de América, e ingresamos decididamente al pasaje de Drake. Es mar abierto, y allí la navegación cambió drásticamente: habíamos entrado a una zona de aproximadamente 1.000 km de extensión azotada por vientos permanentes, con olas de más de 10 metros de amplitud. Es uno de los mares más tormentosos del planeta. La embarcación lo sufrió. Y también los tripulantes y pasajeros. Pero ya no había vuelta atrás. Ese será el tema de nuestro próximo episodio.

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