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Un Viaje a la Antártida

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Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

Episodio II: en las aguas del pirata
 
Navegar por el Pasaje de Drake no es para cualquiera. Es mar abierto, profundo, y
habitualmente tormentoso. En realidad, se trata de la porción del océano que se halla sobre el
Arco de Scotia, la cordillera que forma la prolongación submarina de los Andes. Más al Sur,
empalma con la propia Península Antártica. El mar allí llega a tener hasta 4.500 metros de
profundidad. En partes de los océanos como esas, las olas pueden alcanzar una amplitud
mucho mayor en que aguas someras, sin llegar nunca a romper. Es que, si la longitud de las
olas es mucho menor que la profundidad del agua, estas ondas no se ven muy perturbadas por
la presencia del fondo.
 
En líneas generales, las olas son producidas por el viento. Pero no sólo por el viento local, sino
a veces por otros que soplan en áreas muy alejadas. Porque las olas, que son ondas de
contacto entre el agua y el aire, viajan a grandes distancias. No trasladan agua muy lejos: el
líquido solo oscila alrededor de una posición de equilibrio. Y todo lo que flota en el agua -como
un barco- oscila también, hacia arriba y abajo, hacia adelante y atrás. Lo que sí transportan las
olas, a distancias enormes, es energía.
A veces los marineros suelen distinguir entre la mar de fondo, con olas acompasadas, iguales
entre sí y de gran amplitud y longitud, y la mar de viento, producida por la ráfagas locales. Esta
última suele ser más irregular, de menor amplitud, con rompientes frecuentes. Muchas veces
se combinan estos diferentes tipos de movimiento.
Durante el cruce que realizamos en enero de 2018, nos preguntábamos qué tiene de especial el
Pasaje de Drake para ser un mar tan tempestuoso. Además de su profundidad, otra de sus
particularidades es que se halla en una zona libre de tierras emergidas. A la latitud de este
amplio mar no existen tierras continentales. Podríamos haber navegado en redondo por un
paralelo que pasara por esta zona sin haber encontrado obstáculos jamás. Nada nos protegía
de los vientos, entonces, ni detenía el viaje de las olas, en ese largo cruce hacia el Sur del
Mundo. Esta misma condición se cumple solamente en otro lugar de la Tierra: el Océano Ártico.
La mar de fondo proveniente de aguas lejanas se potenciaba entonces con la mar de viento.
Una combinación complicada.
 
Una de piratas
 
El primer europeo en surcar estos mares, punto de encuentro entre las aguas del Atlántico y el
Pacífico, fue Francisco de Hoces en el año 1525. Venía de España y se dirigía a las islas Molucas,
en Indonesia. Intentó atravesar de Este a Oeste el Estrecho de Magallanes o Estrecho de Todos
los Santos, unos pocos años después del viaje pionero del gran navegante portugués. Una
tormenta se lo impidió. Navegó entonces hasta el Sur de la Tierra del Fuego, dobló el Cabo de
Hornos e ingresó al Pacífico. El mundo hispano llamó desde entonces Mar de Hoces a este
paso. Décadas después se impuso, sin embargo y gracias al imperialismo cultural británico, el
nombre de Pasaje de Drake. Aclaremos que Francis Drake, corsario al servicio de la corona de
Inglaterra, jamás navegó por el paso que hoy lleva su nombre. Los corsarios se dedicaban a
cometer actos de piratería al amparo de alguna nación que los contrataba. Atacaban los barcos
y puertos de banderas diferentes a aquellas que les otorgaban su contrato o patente de corso.
Drake
sí fue el segundo europeo en circunnavegar el Mundo, en 1580. Ese viaje, más que una
exploración, fue una sucesión de saqueos a puertos y tierras que detentaba España. Y
repitamos, no navegó, y ni siquiera avistó, las aguas que separan Tierra del Fuego de la
Antártida. Por lo que llamarlas Pasaje de Drake, es en última instancia un acto de piratería
lingüística
. En realidad se trata de un segundo acto de colonialismo, por cuanto los originarios
habitantes de la zona del Cabo de Hornos, los yámanas, conocieron ese paso mucho antes que
el propio Hoces. Y respecto de las injusticias que se cometen al imponer nombres, baste decir
que Cabo de Hornos es una traducción un tanto salvaje de la voz: Kap Hoorn, el nombre con el
que los holandeses rebautizaron este accidente geográfico. Lo hicieron en honor a la ciudad de
Hoorn y al barco del mismo nombre. Hoorn, en holandés, significa cuerno.
 
Mares inquietos
Navegar por el Mar de Hoces no es para cualquiera. Lo aprendimos, como tantas cosas en la
vida, haciéndolo. Nuestro barco era relativamente pequeño y se movía mucho bajo la
influencia del oleaje y el viento. El M/V Ushuaia fue nuestra casa y a la vez vehículo durante la
travesía que encaramos. Nos mostró de manera práctica y contundente las diferentes formas o
modos en que un barco, con todo lo que contiene, puede moverse en una borrasca. Se mecía
alrededor de su eje longitudinal, que va de proa a popa. Se dice que rolaba: sus lados de babor
y estribor se elevaban y caían, rítmicamente. Dicho sea de paso, babor es el lado de la
izquierda, mirando hacia delante de la nave. Pero el barco también cabeceaba, cuando eran su
proa y su popa las que se mecían hacia arriba y abajo, como girando alrededor de un eje
transversal al barco. Como ambas formas se combinaban, el resultado nos quitaba la
tranquilidad a los viajeros desprevenidos. Fueron más de mil kilómetros de ese desamparo,
durante los cuales no pudimos pedir una tregua ni intentar descender del barco. Luego,
llegamos a la zona en la cual las islas y la propia Península Antártica ofrecían algo de reparo.
El viento venía del Este, así que la costa Oeste de la península se hallaba algo protegida. A
veces, el viento giraba en forma huracanada. En esos casos, toda protección era relativa.
Cada uno de los movimientos del barco contribuía de manera diferente al mareo del mar o mal
de mar. Ese malestar no se pasaría mientras continuara el movimiento acompasado.
Aprendimos que es una de las enfermedades o condiciones que más veces y desde tiempos más
remotos ha sido descrita. Supimos en carne propia que cuando nos afecta, conviene
permanecer quietos, abrigados, en ambientes bien aireados, y cerca del centro del buque, que
es presumiblemente la parte que menos se mueve. Como eso no siempre resultaba posible, el
piso del camarote ofrecía un consuelo momentáneo.
Aportemos en este tema que un fuerte mareo en tierra puede tener muchos orígenes, pero se
calma inmediatamente al acostarse y permanecer quietos. Eventualmente, al dormir. En
altamar, nada permanecía quieto, y algunos de los modos de oscilación del barco nos hacían
rodar alternativamente hacia un lado y el otro en nuestras literas, despertándonos
permanentemente. Por otra parte atamos nuestros efectos personales para evitar que se
desplazaran por el camarote. En algunos casos nos resignamos a que se convirtieran en
proyectiles.
 
Hacia el hielo
Nuestra travesía inició el 10 de enero de 2018, y atravesamos el Mar de Hoces con una fuerte
tormenta que afectaba también el Este de la Península. Específicamente la zona del Mar de
Weddell, que era el destino principal de nuestro viaje. El mal tiempo hizo que el capitán Osiroff
alterara los planes, y navegara hacia el Oeste de la Península. Eso nos protegió de los vientos
del Este. Recién una semana más tarde, ya de regreso, pudimos visitar el Mar de Weddell, con
sus enormes témpanos tabulares. Son grandes bloques planos de hielo dulce, blancos y
azulados, de más de 20 metros de espesor. Se desprenden de las barreras de hielo y flotan en el
mar, arrastrados por las corrientes marinas y los vientos.
 
Antes de eso, al navegar al Oeste, nos encontramos en la porción de mar que separa la
Península Antártica del archipiélago de las islas Shetland del Sur: el Mar de la Flota, o Estrecho
de Bransfield. Su ancho es de más de 100 km, su longitud de 300 km y su profundidad máxima
supera los 1.000 metros. Cuando el viento sopla libremente a lo largo de este estrecho, el mar
llega a encresparse de manera notable. Por eso los marineros suelen llamarlo el mini-Mar de
Hoces. De todas formas, en cercanías de estas islas divisamos los primeros témpanos de la
travesía. Habíamos apostado con algunos compañeros de viaje sobre quién sería el primero en
avistar uno. El premio, una botella de vino, le correspondió a Fernando, un locuaz español,
proveniente de Canarias. Para ese momento, otros apenas nos comenzábamos a reponer del
mal de mar.
A partir de ese momento, los hielos flotantes ya no nos abandonarían en todo el periplo. En
nuestro próximo episodio, nos encontraremos, pues, navegando entre témpanos.
OPINIÓN
mrvilla
Por Miguel Rodriguez Villafañe



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