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Urania se pasea por el Parque de las Tejas

ggoldes
Por Guillermo Goldes
@GUILLEGOLDES

En la Grecia antigua, los ciudadanos llamaban museion a los templos de las musas. Eran nueve las divinidades que inspiraban la creatividad humana, susurrando ideas al oído de los mortales. Clío se dedicaba a mantener la memoria histórica. Euterpe sostenía la música. Terpsícore, inspiraba la danza. Talía, cultivaba la comedia. Junto a Melpómene, que alentaba la representación de la tragedia, cubrían lo que hoy llamamos artes escénicas. Calíope y Erató se encargaban de la poesía: épica la primera, romántica la segunda. Polimnia, por su parte, protegía e inspiraba los cantos sagrados. No tenemos registro de musas que auparan las artes plásticas. Finalmente, Urania era la protectora de la astronomía y, por extensión, de las ciencias de la naturaleza. 
De aquellos antiguos museion, por un lado, y del coleccionismo y la exhibición de los tesoros saqueados en las campañas de conquista, por otro, son herederos los museos actuales como instituciones culturales. Los siglos hicieron correr mucha agua bajo diversos puentes, y la historia se fue desarrollando. A veces como tragedia, otras como comedia. Clío, Melpómene y Talía quizás habrán intervenido para que así sea. Sin embargo, los museos renacieron junto a los estados-nación. Fue en la vieja Europa, más precisamente en Francia e Inglaterra, cuando las monarquías absolutistas crujieron y terminaron por derrumbarse. En esos momentos cruciales de la historia occidental, los grandes museos se hicieron públicos. Fueron monumentales mascarones de proa de nuestra cultura, en permanente tensión entre conservar y exhibir. Y claro, cuestionados hasta hoy por las formas de apropiación de sus colecciones. Paradójicamente, numerosos templos griegos fueron saqueados para acrecentarlas.
 
Las ciencias en los museos
 
Los museos de ciencias también tienen un derrotero de siglos ya trazado. Desde el Real Jardín de Plantas Medicinales creado por Luis XIII que fue reconvertido en Museo Nacional de Historia Natural de Francia tras la Revolución Francesa, hasta el Exploratorium de San Francisco, mucho tiempo. Ideas y concepciones diferentes se han sucedido. A veces se han reemplazado; en la mayoría de las ocasiones, se han superpuesto, creando una especie de complejo mosaico. Es que no es frecuente la creación de nuevos museos, con colecciones novedosas y, sobre todo, con edificios pensados para tal fin. Dos excepciones que podrían confirmar esa regla no escrita: el Museo de Arqueología de Alta Montaña (MAAM), en Salta, y el Centro de Interpretación Científica Plaza Cielo Tierra, que la UNC y la Provincia sostienen. Totalmente diferentes entre sí, cada uno con misión, perspectiva y situación diferentes. El MAAM se creó con el fin de exhibir, casi con exclusividad, las tres momias popularmente conocidas como Niños del Llullaillaco. Y para ello se adaptó un edificio ya existente frente a la plaza Independencia de la capital salteña. La Plaza Cielo Tierra, sin colecciones patrimoniales, basada en su discurso museológico, en sus ambientes inmersivos y en la impactante arquitectura diseñada con ese exclusivo fin. Y es que los museos de ciencias y afines, presentan una variedad casi inagotable. Variedad que es hija, en parte, de la multiplicidad de disciplinas y enfoques científicos. Pero quizás, en mayor parte, de la falta de construcción teórica acerca de los museos de ciencia.
 
Desde la pregunta más sencilla y abrupta: “¿Para qué sirve un museo de ciencias?”, que suele recibir respuestas de todo tipo, se nota la falta de reflexión sobre el particular.
Jorge Wagensberg, un referente del área, decía que los museos de ciencia llegarían a ser las “catedrales del futuro”.  No se si es una perspectiva alentadora, aunque él no lo decía en el sentido de la adoración, sino más bien del encuentro con los otros. Claro, quien así se expresaba dirigía la Comsocaixa de Barcelona, quizás el mayor de estos singulares templos de encuentro entre ciencia y sociedad.
 
Decía que “un museo de ciencias es tan importante como un hospital público”. Perspectiva difícil de sostener con algo de sentido común, por cierto.
Los museos de ciencia, incluyendo a los centros de interpretación, son sin duda parte de un conjunto heterogéneo y muchas veces espontáneo de estrategias que tienen en común que se orientan a la comunicación pública de la ciencia. Entonces, la pregunta original se subsume bajo una más amplia…¿para qué sirve comunicar ciencia? Quién se pregunte de este modo, en algún sentido, indirectamente, está preocupado por la utilidad de la ciencia misma.
Recuerdo que en un conversatorio sobre ciencia y comunicación en el que me tocó participar hace algunos años, en la Escuela de Ciencias de la Información de la UNC (hoy Facultad de Ciencias de la Comunicación), el gran Leonardo Moledo recibió una pregunta radical: “¿Para qué sirve la Astronomía”? Lejos de ensayar una respuesta, con el aire desapegado que lo caracterizaba, pero con provocador y reflexivo como nadie, respondió: “la Astronomía estudia el Universo. ¿Para qué sirve el Universo?” Y continuó: “¿Por qué es obligatorio preguntarse por la utilidad de todo?”
Si bien cómo disparador para la reflexión me pareció brillante, como la ciencia es una actividad que requiere grandes inversiones, hoy pienso que efectivamente se merecía una respuesta más amplia y desarrollada. 
 
De los libros a la realidad
 
Los contenidos que se despliegan en la Plaza Cielo Tierra fueron elaborados y discutidos durante largos años, por diferentes equipos de geólogos, biólogos, arquitectos, diseñadores, físicos, químicos, comunicadores, paleontólogos, museólogos, artistas plásticos, matemáticos,  y muchos otros. Tuve el privilegio de coordinar esos equipos, una experiencia que no olvidaré.
Como ese esquema interdisciplinario fue exitoso, pensamos en un esquema similar para los guías de la Plaza. Así 30 jóvenes profesionales y estudiantes avanzados de biología, astronomía, geología, artes visuales, teatro, comunicación social, física, música formaron equipo. Un equipo tan singular como eficaz. Se conocieron entre ellos. Se enseñaron unos a otros. Aprendieron unos de otros. Compartieron experiencias. Se solidificaron y diversifcaron. Cada uno aportó su experiencia. Trece meses después, el saldo de esta experiencia es absolutamente positivo. Las personas hacen especiales a los lugares. Las relaciones entre las personas hacen especiales las instalaciones. En la Plaza Cielo Tierra, los guías y los visitantes forjaron un espacio de disfrute.  Las potencialidades son enormes. 
 
Urania se pasea por el Parque de las Tejas. Es una realidad palpable. Y ya no está sola para susurrar en nuestros oídos.