A punto de cumplir 26 años Lucía Toledo Milot se convirtió en la primera secretaria de Juventud y Niñez en la historia de la hoy intervenida CGT Regional Córdoba.

Corría 2015. Por entonces, participaba de la creación de agremiaciones que pudieran canalizar las inquietudes de una heterogénea masa de trabajadores de contact center. Madre de dos niños y recién separada, había acudido al telemarketing como salida laboral.

“Las circunstancias de trabajo en el call center eran muy parecidas a las condiciones que tienen hoy los trabajadores de Rappi, todo muy desregulado. El convenio que se aplicaba en ese momento era el de Comercio, que no daba respuestas”, evoca.

Seis años después no sólo cumple su segundo período en aquella inédita dependencia de la CGT. Desde hace dos años también es delegada regional del Sindicato de Empleados de la Industria del Vidrio y Afines de la República Argentina, gremio de más de 70 años de existencia que representa, mayoritariamente, a trabajadores de ópticas y laboratorios.

Mientras cursa la tecnicatura en óptica y contactología se prepara para formar parte de la nueva gestión del gremio, bajo conducción de Mario Olmedo, que renovará mandato en septiembre. Aspira, como primer peldaño, ocupar la secretaría de comunicación del SEIVARA.

Peronista “de Perón y los trabajadores”, línea schiarettista, ratifica que el sindicato es una herramienta que “sirve” y resuelve problemas. Cree, no obstante, que la dirigencia gremial debe adecuarse a nuevas formas de vincularse con los trabajadores, particularmente por una digitalización que define a las nuevas generaciones.

En la quinta entrevista del ciclo que presenta a nuevos referentes del sindicalismo, Lucía, que opta por usar el apellido que la vincula a su raíz materna y asiste asiduamente a la cancha de Belgrano, subraya la necesidad de que los trabajadores se capaciten para un mundo donde los cambios se dan a inusitada velocidad.

-Hay una extendida discusión sobre la necesidad de renovar las estructuras sindicales. Usted encarna y plantea un cambio generacional. Pero también han ido cambiando las profesiones, hay nuevos oficios y nuevos vínculos entre empleador y empleado.
-Es el capitalismo. Todo está diseñado para generar cada vez más desorganización. Estas nuevas tecnologías deberían facilitarnos la vida. Pero lejos eso, cada vez la complejiza más. De verdad prefería estar ocho horas adentro de la oficina, que cruzaba la puerta de la oficina y era obvio que no me podían llamar, a esta cuestión del home office, que llaman a cualquier hora porque sí. El derecho de desconexión es muy lindo, pero en la práctica no se cumple. ¡Andá a no atender el teléfono a tu jefe! Como sindicato tenemos que ver esto porque influye también en nuestra forma de organizarnos y representarnos. Si pensamos el sindicalismo que viene, vamos a representar a trabajadores que hoy son adolescentes. Y nos estamos quedando atrás en un montón de cosas, no los estamos entendiendo. Hay que saber llegarles. Sigue siendo necesaria la figura del delegado que se para en una asamblea y habla. No podemos prescindir de él. Pero necesitamos también delegados que tengan habilidades blandas para comunicar a través de las redes sociales, que son otro medio, que tienen otra lógica. Es necesario también avanzar en ese territorio. Necesitamos al que te hace la asamblea y al que te hace el tiktok.


-O sea que los sindicatos deberían salir a buscar a los trabajadores usando las nuevas herramientas y con propuestas más adecuadas. Mientras, sigue circulando un discurso antisindical y vivimos la uberización, como instancia de precarización laboral.
-El Indio Solari lo decía hace mucho ya: hay que escuchar a los chicos. Hay que salir a buscarlos desde nuevos intereses: medio ambiente, género, etc. Hay un montón de temáticas con las que hacer una primera aproximación al afiliado. Otra cosa es que nadie quiere perder el tiempo. Es muy valioso. Se repite esto de “yo manejo mis tiempos, soy mi propio jefe”. Y nadie quiere sumarse a ningún lado para que crezca una sola persona. Y esta lógica, ese personalismo, está muy arraigada dentro del sindicato. También hay que entender que no todos los afiliados van a querer participar en la vida política del sindicato. Pero no puede ser que estos momentos, en que se vive una gran incertidumbre, te agarren con una dirigencia vieja, desunida. ¿Con qué fuerza vamos a resistir los embates que vendrán si no se han generado nuevos cuadros sindicales? Formar cuadros lleva mucho tiempo, pero nadie se ha puesto esta tarea. 


-Una de las críticas que se hace a las organizaciones gremiales, en particular a la CGT, es que parecen lentas para metabolizar los cambios en el mercado laboral.
-No puedo decir que no se nos dé lugar en la CGT Regional Córdoba. Soy la primer secretaria de Juventud y Niñez, no existía esa secretaría. Durante el debate por la aprobación del aborto, por ejemplo, nadie hizo problemas cuando fuimos a firmar una carta pidiéndole a senadores que voten a favor. Hay libertad en esos y otros temas. El tema es otro… Yo no creo que haya que sacar a los viejos por la ventana, pero tampoco atornillarse. Quiero creer que todos estos compañeros que están atornillados, en algún momento estaban en la misma que nosotros y pedían recambio. Pero 30 años después están en el mismo lugar que juraron no estar. Entonces, generacionalmente, también nosotros tenemos que estar muy atentos de no convertirnos en lo mismo que combatimos. Si de acá a 30 años yo sigo estando y no creció nadie alrededor mío, las cosas no se hicieron bien.


-¿Cómo ve el panorama que se abre a partir de una creciente digitalización que implica una redefinición del trabajo y los empleos?
-Yo creo que nos falta mucha formación. Vamos a tener que sentarnos todos los actores, sobre todo el capital y el trabajo, a redefinir cuestiones que han cambiado respecto de la forma que las veníamos pensando. Por ejemplo, distribuir el trabajo. Dicen que no hay trabajo y no sé si es que no hay o si hay una sola persona teniendo tres trabajos porque con uno no le alcanza. El pluriempleo, las becas, las pasantías y las contrataciones por consultora... Ahora todos te contratan por consultoras, nadie se hace cargo de nada. Hay toda una flexibilización, que parte del discurso de “pobrecito el empresario que quiere dar trabajo y en este país no se puede”. 


-También hay quienes piden revisar algunos derechos adquiridos.
-Hace poco discutí con el dueño de una óptica que empezó a cuestionar por qué había que pagar antigüedad, por qué había que pagar título. Estamos en el siglo 21, se supone que eso no se discute. Es como el aguinaldo: no importa el color político, en este país nadie puede tocarlo. Y todos los que quieren trabajar por su cuenta en algún momento piden aguinaldo y vacaciones pagas, porque nadie quiere resignar esos derechos. También es cierto que tenemos que generar derechos para los trabajadores que no están en relación de dependencia, pero que trabajan igual que todos. Y no planteo formalizar la informalidad, si no ver cómo, por ejemplo, las cooperativas se pueden garantizar un aguinaldo, unas vacaciones. Porque al que está vendiendo en una esquina, si se enferma, se le hace un hueco en su economía, ¿Quién se hace cargo? Las cosas como están no funcionan. No se está generando más empleo. Al contrario, se genera empleo en malas condiciones. Lo vemos en el SEIVARA, con una cantidad de contratos de gente que está en blanco por cuatro horas pero labura 12. ¡Y es gente que está en blanco! 


-Como trasfondo, hay sectores que piden una reforma laboral
-La palabra nos da miedo. Pero sí, es necesaria una reforma. En la medida que no se retroceda en lo ya conquistado, claro. Pero se necesita una reforma porque el trabajo ha cambiado y no tenerlo contemplado en un marco de derechos va a seguir profundizando varios problemas. Y ya bastante atrasada viene la ley. Incluso una reforma laboral llegaría tarde, porque si efectivamente sucede, habremos resuelto problemas de hoy, pero en cinco años, al ritmo que va la tecnología, esas leyes se van a volver obsoletas. Vamos a tener que empezar a legislar con otro ritmo, porque el mundo tiene otro ritmo. Y para poder legislar a otro ritmo tenemos que estar formados en muchas cosas: hoy que no hay mucha formación en nada. 


-¿No hay formación?
-Por ejemplo ahora estoy pensando en un taller de introducción a la macroeconomía. Porque todos hablamos del dólar, pero en el fondo nadie sabe bien por qué se está yendo todo a la mierda. Y si no entendemos, cómo vamos a plantear propuestas. Para poder solucionar algo uno tiene que entender y los trabajadores estamos totalmente alejados. La formación siempre queda relegada por las urgencias. Nuestra función es aportar herramientas para que se vayan formando los mejores cuadros sindicales. No digo ser técnico en economía, pero que cuando uno diga déficit sepa de lo que está hablando. O por qué hay seis tipos de dólar. El sindicato tiene una función mucho más amplia que discutir aumentos y condiciones de trabajo. Tenemos que influir en todos los aspectos de la vida. Quiero que el colectivo me llegue a horario, porque si el colectivo no me llega horario, yo no cobro presentismo. 


-Eso remite a un rol histórico del sindicalismo como actor de peso en las definiciones políticas que se toman en la gestión pública. Ese peso parece diluido.
-Cuando los sindicatos y los trabajadores tenían voz dentro del Estado, asesorando en lo que se implementaba, a este país le fue mejor. Asesorando al ministro de Educación tiene que haber un maestro, no un licenciado que nunca pisó un aula. Así con todos. No digo ocupar el rol de ministro, pero sí, como trabajadores, aportar el día a día, darle un toque de realidad a las cosas que ellos piensan.

“Necesitamos el que hace la asamblea y también al que hace el tiktok”