Por Manuel San Pedro.

La situación económica, política y social de Argentina se ha vuelto muy grave. La crisis de expectativas es creciente y puede volverse incontrolable. A pesar de cierta calma en los últimos días el estado de desconfianza parece no haberse disipado completamente.

Externamente está reflejada por la histórica caída del valor de las acciones y bonos argentinos y por el aumento del riesgo país. Internamente es aún más extendida: desconfianza en el peso, pérdida de credibilidad en la gestión económica y en el propio Presidente, devaluación de más del 30% en dos días, paralización de la economía, aumentos de precios, incremento de la tasa de interés e incipiente descontento social. Si esta desconfianza se extendiera al sistema financiero la crisis se transformaría en colapso. Y la situación social de los más desprotegidos se volvería aún más acuciante.

La solución no es económica. No hay paquete de medidas que alcance para recuperar la confianza de manera abrupta. Podrá servir sólo de paliativo transitorio. El shock de confianza únicamente puede provenir de la política. Sólo hay algunas opciones y quedan pocos días.

Entre protagonistas y observadores afectados por esta debacle se escuchan alternativas de todos los colores: suspensión transitoria de la campaña electoral, acuerdos básicos entre los principales candidatos, cambios de gabinete, adelantamiento de elecciones e incluso declinación de candidaturas para octubre o entrega anticipada del gobierno. Cada cual procesa su destino como puede. Cada uno quiere llevar agua para su molino.

En modo electoral

Lamentablemente la carrera electoral continuó a pesar de la crisis. Salvo la prudente decisión de Lavagna de suspender la campaña, los dos principales candidatos continuaron en “modo” electoral.

La precaria situación económica anterior a las PASO se agravó por la decisión poselectoral de Macri. No decretar feriado cambiario hasta anunciar el paquete de medidas fue algo más que un error. Demostró ser una manera mezquina de asumir una derrota y castigar a toda la sociedad por un pronunciamiento electoral. Un acto de perversión política que provocó un daño económico generalizado e irreparable y que probablemente le traerá más costos electorales.

El tironeo electoralista entre los principales frentes en pugna sobre el contenido de las medidas anunciadas, y las arengas de barricada ante el gabinete ampliado gastando esfuerzos de épica electoral en medio de una crisis de gobernabilidad, demuestran la confusión de buena parte de la dirigencia nacional. Una dolorosa mezcla de oportunismo y pérdida de sentido de la oportunidad.

La ausencia de diálogo

Poco se avanzó en la creación de condiciones para un diálogo político entre candidatos que totalizaron casi el 90% de los votos: Macri, Fernández y Lavagna. El minué de llamadas telefónicas, envíos por whatsapp o publicación de tuits revelan a qué límites se ha reducido el espacio de diálogo político en nuestra democracia. Ni siquiera frente a la magnitud de esta crisis se reúnen “cara a cara”. Es un esfuerzo o sacrificio que esta dirigencia no está dispuesta a dar. No se hablan, tal vez por egoísmos o soberbias personales, especulación electoral, cálculos de costos políticos por fotos conjuntas o incapacidad de escucha. Por lo que sea, no se hablan cara a cara.

El común de los argentinos, sin embargo, está obligado a interactuar socialmente con otros, hayan votado como hayan votado. En sus trabajos, en el seno de sus familias, en sus ámbitos sociales, la mayoría no tiene mucho margen para esquivar esa convivencia plural y heterogénea. Lamentablemente algunos se mimetizan con sus dirigentes y reproducen esos gestos volviéndose sectarios. No dialogan entre distintos, no se hablan con otros. Se resguardan en sus burbujas de opinión y pertenencia partidaria.

Esta suspensión del diálogo interpersonal, del mero contacto presencial con el otro (más grave en el caso de la dirigencia) revela el debilitamiento de la democracia deliberativa. Al decir de Cass Sunstein ese es la consecuencia natural de la ley de polarización de grupos. A los principales dirigentes les cabe la responsabilidad de desmontar este mecanismo de empobrecimiento democrático.

¿Cómo pensar en acuerdos políticos en esta atmósfera? Ni siquiera se ha podido avanzar en acuerdos meramente instrumentales de transición (no programáticos ni doctrinarios) para generar confianza interna y externa y frenar la crisis.

De renunciamientos y declinaciones

Macri habló el lunes como candidato derrotado y no como Presidente en ejercicio. Esa actitud política ha perjudicado a toda la ciudadanía. Paradójicamente, también es probable que haya afectado sus chances de revertir la derrota electoral.

En el seno del oficialismo hay posiciones para todos los gustos. Están quienes proponen las renuncias de los mariscales de la derrota (Dujovne, Marcos Peña, Durán Barba) y el recambio de gabinete para potenciar el gobierno. Otros están lanzados a la épica del cruce de los Andes para revertir el resultado electoral en octubre. Y los menos, en sordina, especulan con una acción de última instancia: la declinación de la candidatura de Macri para acompañar a Lavagna. Hay de todo en la viña del Señor.

Vayamos por parte. El recambio de gabinete, por sí sólo, no parece generar demasiadas consecuencias concretas. Es muy difícil que la desconfianza sea revertida desde el propio gobierno con cambios endogámicos. El marco de recuperación de la confianza debería involucrar al resto de las fuerzas políticas: Fernández y Lavagna.

Los partidarios de la épica de octubre reproducen con vehemencia las aritméticas del laboratorio electoral. Están tan confiados como olvidadizos de los análisis previos de ese laboratorio. Durán Barba escribió en diario Perfil en mayo pasado que Cristina “con la imagen de Alberto endureció su techo y perdió la solidez de su piso (…) normalmente la resta es mayor que la suma. ¿Cuántos votos nuevos le trae Alberto Fernández a Cristina? (…) No sube el techo. Varios seguidores de Cristina ven mal a Alberto, baja el piso. (…) El saldo es claramente negativo”. Se equivocó por mucho.

En otra sintonía, hay algunos en el espacio oficialista que quieren continuar con sus intereses electorales pero integrando un acuerdo con Lavagna. No se animan a plantearlo en público ahora. Lo piensan como alternativa de última instancia ante el agravamiento de la desconfianza y la licuación de los efectos de las medidas económicas.

La declinación de Macri a la presidencia les permitiría completar el mandato y aportar su estructura al espacio de Lavagna. Estos sectores internos especulan que esta acción es la única que puede tener alguna chance de impedir la llegada de Fernández a la presidencia. Imaginan que el acuerdo podría incluir a Pichetto con un rol activo en la campaña. Una parte del radicalismo afirma que podrían movilizarse por Lavagna como lo hicieron en 2007 y lo intentaron antes de la Convención de este año. Incluso, se ilusionan con que Juan Schiaretti podría volver a jugar fuerte ya que esta jugada sería recuperar Alternativa Federal por otra vía.

Todas especulaciones. Nada hay seguro por estos días. Salvo el padecimiento colectivo de una devaluación y sus consecuencias económicas y sociales para todos, y una conducta responsable de paz social que está evitando mayor conflictividad y violencia.

La indignación está latente, la decepción es generalizada y la confusión afecta a la más alta dirigencia política. La fórmula para salir de esta encrucijada debería incluir menos oportunismo electoral, más diálogo franco y más renunciamientos. Una fórmula algo más adecuada que cualquier aritmética electoral de cara a octubre.

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