Uh, Alfredo Zitarrosa escribió:

Hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera, las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados, tallados en el alma. Hoy anduvo la muerte revisando mi abono del tranvía, mis amigos, sus nombres, las noches del Café Montevideo, las encomiendas por la onda con olor a estofado, revisando a mi padre, su Berreta, su Baldomir. Revisando a mi madre, su hemiplejia, al Uruguay batllista, a Arístides querido, a mis anarcos queridos bajo bandera, bajo mortaja, bajo vinos y versos interminables. Hoy anduvo la muerte revisando los ruidos del teléfono. Distintos bajo los dedos índices, las fotos, el termómetro, los muertos y los vivos, los pálidos fantasmas que me habitan, sus pies y manos múltiples, sus ojos y sus dientes bajo sospecha de subversión, y no halló nada. No pudo hallar a Batlle, ni a mi padre, ni a mi madre, ni a Marx, ni a Arístides, ni a Lenin, ni al Príncipe Kropotkin, ni al Uruguay ni a nadie, ni a los muertos Fernández más recientes. A mí tampoco me encontró. Yo había tomado un ómnibus al Cerro e iba sentado al lado de la vida. Pasé frente al nocturno y la vida había pintado unos carteles, pregunté en una esquina por la hora y en la bolsa del hombre que me dijo la hora. Iba la vida, junto con su almuerzo.

Recomiendo leer de a poco, como se saborean los buenos vinos. Recomiendo escucharlo a Alfredo Zitarrosa diciendo su poema Guitarra negra en Spotify o donde sea. Si es un viejo disco, mejor. Diciéndolo todo con su voz grave, oscura, tan de acá, tan de todos lados.

Así se lo entenderá bien. Y se entenderá Doña Soledad, Adagio en mi país, Milonga para una niña, Zamba por vos, Diez décimas de saludo al pueblo argentino, Pa’l que se va, Stéfanie, El violín de Becho, La canción quiere.

Alfredo Zitarrosa fue un cantor. Cantor de milongas, sobre todo. Locutor también. Trabajó como locutor de turno en Radio Universidad de Córdoba un tiempo, en 1961.

Fue y es uruguayo. Nació en Montevideo en marzo de 1936. Murió también en Montevideo en enero del 89. Tenía sólo 52 años.

Murió por una peritonitis, dicen los informes médicos. Murió, en realidad, por la tristeza acumulada en los muchos años que vivió en el exilio.

Alfredo Zitarrosa. Foto: redes

Fue grande.

Eduardo Galeano escribió:

Cuando Alfredo Zitarrosa murió en Montevideo, su amigo Juceca subió con él hasta los portones del Paraíso, por no dejarlo solo en esos trámites.

Y cuando volvió, nos contó lo que había escuchado.

San Pedro preguntó nombre, edad, oficio.

-Cantor, dijo Alfredo.

El portero quiso saber: cantor de qué.

-Milongas, dijo Alfredo.

San Pedro no conocía. Lo picó la curiosidad, y mandó:

--Cante.

Y Alfredo cantó. Una milonga, dos, cien.

San Pedro quería que aquello no acabara nunca.

La voz de Alfredo, que tanto había hecho vibrar los suelos, estaba haciendo vibrar los cielos.

Entonces Dios, que andaba por ahí pastoreando nubes, paró la oreja.

Y ésa fue la única vez que Dios no supo quién era Dios.

Alfredo Zitarrosa. Foto: redes

Podría escribir más sobre él, sobre que era serio, que se peinaba siempre a la gomina, que fumaba mucho, que cantaba y se detenía el tiempo, que fue terco y profundamente coherente.

Pero elijo citar a Alejandro del Prado, que siendo un pibe lo acompañó, en México y acá al sur, en muchos escenarios:

Con su pajarita llamada Juanita, y su mariposa marrón de madera, su guitarra negra, su gato del perro, su loro en el hombro, su remo de palo, su puente de fierro. Con su voz de otro, su flor de papel, con su jopo y su vintén, con su miel y su gomina. Su onda entre Humphrey y Artigas, su luz cenital de almacén y bar, Con su Jaguar y su fusil, Con sus Struchs y su Contreras. Su truco en su mesa de Michoacán, su Carla Moriana, su María Serena, su caja automática por la carretera, casi a 180, guitarrón, octava, segunda y primera. Escuchando un cassette de Juceca, su tapin con jetra y corbata, su ingrata jaqueca, su tierna sonrisa, su camisa blanca y pañuelo de seda, su pastel de papas con Chabuca en Lima o en Chiapas. Aquel campanario al final del Adagio, con Dioni, don Julio, Aboytes, Guarneros, Caíto y ya basta. Sombrero de paja, con gafas urbanas, con su nostalgia campesina, su pasión marxista, su blues oriental, su mate de hueso, su sándalo herido perfumando exilios, zambita cantale al muchacho prohibido, no sin pero si, que con sin ton ni son, digo sin pero con motivo. Por eso te pido, zambita cantale, decile al oído qué triste y qué lindo, qué alegre es el vuelo de los ignoritos que silbando van, que silbando vienen por el éter del mundo, por la plata del río. Ay, mi cantor uruguayo, yo te acuso de argentino.

Alfredo Zitarrosa. Foto: redes

Quiero recomendar sobre el documental sobre él, llamado Ausencia de mí, que recorre su vida en blanco y negro, su pena en los exilios y el rescate de sus cosas.

Está en cine.ar.

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Cine.ar - Ausencia de mí

Y quiero recomendar que se lo escuche. En Spotify o donde sea. Si es un viejo disco, mejor.

Alfredo Zitarrosa - Adagio en mi país