Eliminar la discriminación (dejen de creer que porque limpiamos valemos menos). Terminar con la violencia y el abuso sexual (un empleador me preguntó si podía andar desnudo por la casa, porque él era budista). Recibir una alimentación nutritiva (algo más que un saquito de té).

Tres urgencias en el listado de las preocupaciones conque Ana Altamirano asumió en estos días la Secretaría General del Sindicato de Personal de Casas de Familia (Sinpecaf).

Sigue enumerando.

Algunos no te dejan usar el baño. Sos la negrita de la villa que no tiene capacitación. Reclamamos que nos registren a todas. Que dejemos de estar en negro. Y nos paguen lo que corresponde. Recategorización: no se puede asistir a una persona mayor, y más adelante agregar otra por el mismo sueldo. No son lo mismo las tareas de limpieza y el cuidado de niños. A algunas compañeras que cuidan niños se les exige que también limpien. Es imposible hacer las dos cosas. Desatienden a los niños y hubo accidentes. Los horarios: noche y día no son idénticos. Tampoco los fines de semana o feriados.

Ana heredó de su madre el trabajo doméstico en casas ajenas. Cuando la mamá enfermó de cáncer de útero la reemplazó en un hogar de Cofico donde durante siete años siguió atendiendo a una anciana. Hasta que también a ella, en ese lugar la sucedió su hija adolescente.

La ahora secretaria general conoció el sindicato de las trabajadoras de casas de familia después de asistir al curso para cuidado de personas mayores en la Escuela de Oficios de la Universidad Nacional.

Cuando terminamos nos dijeron, o se sacan el monotributo o van al sindicato a conocer sus derechos. Yo vine al sindicato y como me encanta aprender, hice una capacitación sobre derechos gremiales, recuerda ahora en una de las innumerables habitaciones (casi un laberinto) del caserón que el Sinpecaf tiene sobre Sucre, a metros de Humberto Primo. Gran patrimonio, tan en el centro. Pero una casa vieja. Necesitada de muchas refacciones para las que no hay dinero.

Apenas llego, capuchino o café (lo que quieras, me dicen todas); pasta frola riquísima (finita y arenosa, como me gusta) traída por una compañera de la casa de un patrón amable. Mientras Ana Altamirano termina unas cuentas, Lorena y Virginia (secretaria de Finanzas) me llevan a recorrer: el aula donde un grupo de chicas toma clases para terminar el secundario. El patio de mosaicos y aire puro, un altillo clausurado por su mal estado, la humedad de los techos, el baño. Un depósito con bolsas de mercadería acercadas por José Pihén para asistir a las que pierden el trabajo. Las enredaderas que Ana estuvo podando hasta recién.

Se está haciendo de noche.

Nadie quería hacerse cargo, explica Ana Altamirano cuando le pregunto por qué una responsabilidad más, si en Malvinas Argentinas ya es concejala (va por la reelección) y presidenta del Concejo Deliberante.

Ana Altamirano, 42 años, dice que siempre le interesó el trabajo social. Desde que su mamá le contó que tuvo por primera vez una muñeca cuando Evita visitó Salta, donde vivía con su familia. La mamá nunca dejó de ser radical pero al escuchar lo de la muñeca, Ana se hizo peronista.

La flamante secretaria del Sinpecaf comenzó su militancia en un programa de identidad barrial creado por De la Sota en un intento de amortizar el impacto del traslado extramuros de las villas de emergencia. Y como muches de sus vecinas y vecinos, militó tenazmente contra Monsanto, cuya radicación promovía el mismo De la Sota. Allí compartió esas luchas con el actual intendente de Malvinas, Gastón Mazzalay, quien a pesar de las críticas de sus antigües compañeres del ambientalismo, en 2019 se incorporó al peronismo gobernante en la provincia.  

Confiesa Ana Altamarino que le gustaría ser más peleadora. Que le cuesta cuando se trata de gente con quien se cruza a cada paso en su pequeña ciudad. Y que la principal crítica de sus opositores, es tratarla de bruta.

¿Cómo?

Sí. Que no tengo capacitación. No me lo dicen directamente. Pero a menudo nos acusan. Son unos brutos, no saben hacer las cosas, dicen por ahí. Y a veces me descalifican por mujer. Que el intendente decide por mí.

A Ana Altamirano, Química le quedó colgada. Quiere, pero nunca llega, rendirla para terminar el secundario. Habrá sido en la política donde aprendió a expresarse con admirable fluidez. Pequeña, menos de un metro sesenta, aindiada (siempre quise averiguar si tenemos ancestros originarios, confirma mi apreciación), sonrisa al toque, conceptualiza a ritmo sostenido. Discriminación de las trabajadoras domésticas, invisibilización de las tareas del cuidado, violencia contra las mujeres. Reclamos al Plan Registrar de la Nación (queremos participar. Nosotras conocemos el territorio. Ellos vienen, ponen una mesita en la plaza y creen que con eso las compañeras van a ir). Y cuando parece que seguirá con sus reclamos al gobierno nacional, admite: los votó y los volverá a votar.

Tiene tres hijes, tres nietes, y está casada desde hace más de veinte años con un vecino que se coló en su fiesta de 15. Y sigue colado, se ríe. Santiago Monjes (44), desde que perdió su trabajo metalúrgico durante el macrismo, conductor de remís (comprado con la indemnización) y camiones. Además músico.

Voy a los actos con él. Lo hacemos venir al sindicato, a tocar gratis, ríe de nuevo la secretaria general.  Viven con la madre de ella. Una elección familiar, explica. Desde que la señora enfermó y no pudo volver a trabajar.

Imposible comunicarse con Ana Altamirano por celular. Solo uasap. No tiene crédito para recibir llamadas. El sueldo de concejala, unos 60.000 pesos, calcula. Y grega que en el sindicato siempre hay que poner plata. Ni licencia gremial, ni sueldo de secretaria general, se apura a aclarar.

Para volver a su casa hacia el este de la ciudad, allende la circunvalación, viaja en colectivo. La parada frente a los viejos molinos del puente 24 de septiembre. De noche, una zona desértica y algo tenebrosa. Pero ella espera el Calera sin miedo.

En Argentina, el 99% de las trabajadoras de casas de familia son mujeres. Más del 70% están en negro. Ganan la mitad de lo que cobran en promedio el resto de trabajadoras y trabajadores. Poco más de 85.000 pesos, el sueldo de ley para las que cumplen ocho horas de tareas generales.

Mientras cerramos todos los candados del sindicato, Ana Altamirano sintetiza: Lo más importante es fortalecer nuestra autoestima. Que las compañeras sepan que este trabajo no es indigno. Yo descubrí mi vocación: cuidar personas mayores. Las tareas domésticas en casas de familia deben ser valoradas. En sí mismas. O que a las compañeras les sirva de puente para algo mejor.