La luz es como el agua

Un amigo cordobés que hace rato vive en Madrid huyendo de las botas argentinas, me contó que dos hermanos le habían pedido a sus padres un bote como premio a su buen desempeño en la escuela.

Una noche en la que los padres se fueron al cine, los niños cerraron puertas y ventanas, y rompieron la bombilla encendida de una lámpara de la sala. Cortaron la corriente y navegaron a placer por entre las islas de la casa.

A fin de año, los hermanos resultaron los mejores de su clase y pidieron como premio una fiesta en casa para agasajar a los compañeros de curso.

La gente que pasó por la Castellana (donde vivía el amigo cordobés que me contó la historia) vio una cascada de luz que caía de un viejo edificio escondido entre los árboles. Salía por los balcones, se derramaba a raudales por la fachada, y se encauzó por la gran avenida en un torrente dorado que iluminó la ciudad hasta el Guadarrama.

Flotaban por la  sala el sofá y los sillones forrados en piel de leopardo, las botellas del bar y el piano de cola y un mantón de Manila que aleteaba a media agua como una mantarraya de oro. Totó, Joel y los peces de colores liberados de la pecera de mamá, eran los únicos que flotaban vivos y felices en la vasta ciénaga ilumina.

Los treinta y siete compañeros de clase se habían ahogado en el departamento de Madrid, una ciudad remota de España, sin mar ni río, y cuyos aborígenes de tierra firme nunca fueron maestros en la ciencia de navegar en la luz. 

Boquiabierto ante el relato de mi amigo dudé, porque él es músico y guitarrero. Y los guitarreros también guitarrean abajo del escenario y fuera de las peñas.

Le pregunté si aquello había sido cierto.

“Sí!” me dijo.

Y mientras dudaba si consultar a mi electricista si la luz es como el agua; uno abre el grifo y sale.

Mi amigo completó

“Creo que si…”