Donald Trump y Xi Jinping impusieron una tregua en su guerra comercial para intentar frenar el impacto que produce en sus economías.

El cese de hostilidades pactado por EE.UU. y China en la noche del sábado en Buenos Aires, era una conclusión previsible teniendo en cuenta el costo para Beijing que era elevado antes aún de este acercamiento, ya que el daño colateral de la guerra comercial lanzada por la Casa Blanca para contener el avance del gigante asiático estaba descomponiendo los parámetros.

Como señaló The Washington Post horas después del acuerdo ese conflicto “daña la economía global, preocupa a aliados del propio Partido Republicano y tensiona a los inversionistas”.

Los costos siempre deben ir unidos a los resultados, si se desplaza un nivel sobre el otro, el esquema deja de funcionar y deviene en un boomerang.

El convenio tiene 90 días de extensión durante los cuales no se aplicaran nuevas tarifas, pero se mantendrán las actuales de 10% sobre importaciones chinas de US$200 mil millones. En ese lapso el Imperio del Centro deberá multiplicar las señales de apertura de su mercado, modificar su estrategia comercial con EE.UU. para reducir visiblemente el superávit comercial de US$ 370 mil millones que la beneficia, y, particularmente, mostrar un compromiso real sobre la protección de las patentes.

 

En ese sentido, un dato clave es la decisión de Xi Jinping, anunciada por EE.UU. tras el acuerdo del sábado, de su disposición para aprobar la hasta ahora bloqueada operación de compra por la norteamericana Qualcomm de la estratégica empresa NXP Semiconductor establecida en China hace tres décadas. Es un negocio de 44 mil millones de dólares que Beijing venía trabando con argumentos antimonopólicos. En julio pasado, Qualcomm había abandonado el proyecto debido a los persistentes escollos del sistema regulatorio del gigante asiático. Ese es el tamaño del portón que se está abriendo e implicaría el regreso a un equilibro entre las superpotencias de convergencia menos que de hostilidad.

Fuente: Clarín