Estados Unidos es un país tan ordenado que hasta un intento anti-democrático de enquistarse en el poder procede por los caminos institucionales esperados. Esto es cierto del reciente intento de toma del Congreso este 6 de enero, cuando Donald Trump Jr. y sus aliados lanzaron un último pase largo al área, un Hail Mary, para evitar la certificación de Joe Biden como presidente electo de Estados Unidos. Un acto extremo y anti-democrático para forzar un cambio de dirección en las reglas del juego. Un acto que, como discuto en los últimos párrafos de esta nota, es difícil no caracterizar como un fallido autogolpe. ¿Cómo llegamos a este punto?

En fútbol americano, los últimos dos minutos de juego duran una eternidad. El equipo que se encuentra en déficit tiene una cantidad de instrumentos para detener el reloj y tratar de dar vuelta el resultado. Desde el “corte en el minuto 2”, que preserva 35 segundos críticos, pasando por dos time-outs y la opción de golpear la pelota contra el piso (spike) para detener la cuenta. Si tuviésemos tan sólo dos minutos por vivir deberíamos tratar de extenderlos en el tiempo como en el fútbol americano. Como en el cierre de un partido de la National Football League, los últimos dos minutos de la presidencia de Trump se han hecho eternos. La última jugada fue la apuesta más osada.

El Plan A

En julio de 2020 comenzamos con un grupo de colegas a discutir las distintas estrategias mediante las cuales Trump podía intentar torcer la voluntad popular en caso de perder la elección de noviembre. En un país de más de trescientos millones de personas, el cual controla un cuarto del Producto Bruto mundial, mantenerse en el poder político por medios anti-democráticos no se hace en forma desordenada. Un “autogolpe”, por darle un nombre provisorio, debe utilizar las reglas institucionales y torcerlas lo suficiente como para poder pasar a “otro” presidente por el ojo de la aguja. La política, la academia y los medios, discutieron por meses los distintos playbooks que podía usar el trumpismo.

El manual del trumpismo no fue mantenido en secreto, dado que la estrategia política no incluía operaciones de inteligencia ni conspiraciones alocadas. El Plan A, ganar la elección, simplemente extendía el tipo de estrategias de los republicanos de las últimas dos décadas. Por supuesto, esto no significa simplemente esperar sentado a que los votos lleguen en la tarde del 6 de noviembre. Durante el 2020, el trumpismo avanzó en múltiples frentes para desregistrar votantes demócratas, minimizar la cantidad de centros de votación en distritos que administraban sus gobernadores, y judicializar el proceso electoral en los Estados controlados por opositores para así disminuir la tasa de participación. Este esfuerzo fue considerablemente más intenso en distritos competitivos (Florida, Georgia, Virginia, Pennsylvania, Michigan, Arizona) que en aquellos denominados seguros, tanto en los distritos controlados por los demócratas como en los republicanos. La presión administrativa fue más alta en Miami Dade, Florida; en Atlanta, Georgia; en Houston, Texas. La presión legal fue más alta en los Estados gobernados por demócratas, empezando por juicios en Michigan, Wisconsin y Pensilvania.

Ganar una elección no es tarea fácil, sobre todo cuando el presidente en ejercicio mantiene durante cuatro años niveles de desaprobación pública superiores al 50%. Entre el 2016 y el 2020 no hubo un solo día en el cual la aprobación presidencial fuera mayoritaria. Sin embargo, dados los altos niveles de polarización en Estados Unidos y la alta segmentación territorial del voto partidario, el resultado electoral en delegados al colegio electoral se esperaba que fuera mucho más exiguo que la cuenta final de votos.

El Plan B consistía en generar una crisis institucional en el colegio electoral, forzando a que hubiera delegaciones en competencia enviadas por Estados como Michigan, Arizona, o Florida, en caso de que estos no fueran ganados por la formula Trump-Pence. Si la legislatura republicana de Michigan enviaba una slate de delegados y el gobernador otra, el Colegio Electoral podía ser manipulado a través de una decisión del Congreso bajo reglas especiales que otorgaran un voto a cada Estado. Dado que los republicanos tienen una minoría de votos en la Camara Baja, pero controlan una mayoría de las delegaciones estaduales, es posible que aun cuando los demócratas ganasen una mayoría de votos y una mayoría de electores, estos perdieran la elección presidencial por decisión del Congreso en sesión especial.

Entre el 6 de noviembre y mediados de diciembre, Trump intentó evitar activamente la certificación de las elecciones en los Estados en los que fue derrotado, para obligar que no se enviara una delegación única, que las legislaturas estaduales acusaran fraude, y que delegaciones en competencia, distintas a las votadas por los ciudadanos, forzaran un resultado a su favor. El Plan B, por tanto, creó la figura del RINO (Republican In Name Only), para presionar a los miembros de su partido a que tomaran una decisión anti-democrática que no se alineara con los delegados elegidos por los Estados. Sembrar dudas sobre la legitimidad de las elecciones en tan sólo algunos Estados, pensó Trump, crea suficiente espacio de maniobra como para que el Congreso modifique el resultado del colegio electoral.

No existen ningún político, pundit o académico que ignorara el plan de lucha de Trump si perdía la elección de noviembre. Por tanto, Durante todo el 2020, mientras el COVID-19 hacia estragos entre la población y la economía colapsaba, los demócratas invirtieron recursos legales y políticos para cerrar las puertas a esta operación. Los abogados del Partido disputaron palmo a palmo los juicios en Michigan y Pennsylvania, y prepararon a la opinión pública para que fuera informada sobre la estrategia de Trump. No es casualidad que todos los grandes medios de comunicación cerraran filas el día de la elección, desacreditando las denuncias de fraude preparadas por el trumpismo y no cerrando la operación mediática preparada por el tharumpismo republicano.

La decisión de las autoridades políticas de Georgia y Arizona, así como el cierre de filas de los grandes medios de comunicación, cerró el camino para el Plan B y nos deja a las puertas de la toma del Congreso, el Hail Mary. La marcha preparada por el trumpismo, movilizando al supremacismo blanco más intenso, busca presionar a los legisladores Republicanos para que tomaran una decisión inédita en doscientos años de elecciones. A diferencia de la maniobra de “His Fraudulency”, Rutherford B. Hayes, quien en 1877 manipuló al colegio electoral para ser elegido como presidente en lugar del más votado Samuel J. Tilden, las reglas de certificación vigentes en el 2021 no autorizan a que el Congreso seleccione un nuevo grupo de electores para cambiar el resultado. Para continuar como presidente, Donald Trump Jr. requería que el Congreso no aceptase a delegaciones de múltiples Estados certificadas localmente. Es decir, precisaba que el Congreso cambiara a discreción el resultado observado en una mayoría del voto popular y en una mayoría del colegio electoral.

Actos extraordinarios necesitan incentivos extraordinarios, lo que abre la puerta para entender la toma del Congreso norteamericano el 6 de enero de 2021. Un acto de violencia originaria para producir un resultado que modifique sustantivamente las reglas de sucesión vigentes en la Constitución y sus enmiendas. La toma del Congreso puede ser concebida como un intento de autogolpe, en la medida en que fue orquestada para coincidir con el momento en el cual se realiza una objeción procedimental a la delegación de Arizona para suspender el recuento de delegados.

Hay que decirlo con todas las palabras: el ingreso al Congreso coincidió con el momento exacto en el cual legisladores del Partido Republicano forzaron una suspensión del recuento de delegados, acusando de fraude electoral a sus oponentes para buscar la anulación de la mayoría votada por los Estados de acuerdo con las reglas constitucionales. Quienes protestaron no ingresaron antes de la votación, no ingresaron en protesta después de la votación, sino que lo hicieron con el objetivo de amedrentar a quienes en ese momento debían decidir si aceptaban o no el resultado de la elección.

El Hail Mary de Trump fue caracterizado como un acto de insurrección, puesto que la protesta no fue expresiva, sino instrumental. Un acto de violencia que buscó prevenir el ascenso de un candidato votado por las mayorías previstas en la Constitución de Estados Unidos. Esta particular forma de autogolpe es lo que fracasó a las 5 p.m. del 6 de enero de 2021. Tan sólo unas horas después, Donald Trump Jr. declaró que aceptaría una transición pacífica al gobierno de Joe Biden. Sus seguidores fracasaron, seguramente pensó, y no hay ningún motivo para hundirse con la nave.

Por Ernesto Calvo, profesor de la Universidad de Maryland / Fuente: Le Monde Diplomatique