La empresa danesa Vestas y la hispano-alemana Siemens-Gamesa son las mayores fabricantes de aerogeneradores del mundo. Sería entonces razonable preguntarse ¿qué tiene que ver la deforestación del balso (Ochroma pyramidale) en la selva amazónica ecuatoriana con la generación de energía eólica en Europa?.

Estas dos actividades, aparentemente tan alejadas, tienen un vínculo perverso: la fiebre por las energías renovables disparó la demanda mundial de la madera de este árbol amazónico, un recurso natural que se utiliza en Europa y China como componente en la construcción de las gigantes aspas de los aerogeneradores.

Los fabricantes europeos consumen balsa que se procesa y transporta a más de 10.000 kilómetros de distancia, como es el caso de la que llega desde el Ecuador hasta la fábrica de Ria Blades de Vago, en Portugal, propiedad de Siemens-Gamesa.

Las palas de un aerogenerador alcanzan ya los 80 metros de longitud, y las nuevas modalidades de estos aparatos prevén palas de hasta 100 metros, lo que supone unos 150 metros cúbicos de madera cada una, es decir, varias toneladas, según cálculos del National Renewable Energy Laboratory de Estados Unidos.

Ecuador, que es el principal exportador, con un 75% del mercado global, cuenta con varias grandes empresas como Plantabal S.A. en Guayaquil, que dedica hasta 10.000 hectáreas al cultivo de balsa para comerciar en el exterior. Pero con el auge de la demanda a partir de 2018, esta y otras grandes compañías que compran a proveedores independientes, tuvieron muchas dificultades en hacer frente a los pedidos internacionales.

Este incremento de la demanda propició la deforestación del Amazonas desde 2018. Proliferaron los balseros irregulares e ilegales que, ante la escasez de madera cultivada, empezaron a cortar masivamente la balsa virgen que crece en las islas y riberas de los ríos amazónicos. El impacto de esta explotación en los pueblos indígenas de la Amazonía ecuatoriana es muy fuerte, como también lo es la minería y la extracción de petróleo, y lo fue en su momento la fiebre del caucho, uno de los tristes capítulos de "las Venas Abiertas de América Latina" del enorme Eduardo Galeano.

Simultáneamente, a miles de kilómetros de distancia, la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, presentaba en Bruselas el ambicioso Pacto Verde Europeo que propone, entre otras cosas, frenar y revertir el cambio climático impulsando la transición energética.

Von der Leyen presentó el plan con estas palabras: “El Pacto Verde lleva aparejadas grandes necesidades de inversión, que convertiremos en oportunidades. El plan que presentamos hoy para movilizar como mínimo un billón de euros indicará el camino a seguir y propiciará una oleada de inversiones ecológicas”.

Paradojas de la crisis ambiental: lo que es “ecológico” en el extremo rico del planeta, puede resultar una catástrofe ambiental y humana en los rincones pobres.

Las perspectivas financieras para las energías renovables, y en particular para la eólica, impulsaron la instalación de aerogeneradores en el continente europeo. Lo mismo sucedió en China, que no pierde el paso en la generación renovable de su canasta energética. En diciembre del 2020, el presidente Xi Jinping declaró que de los 243 gigavatios de capacidad energética eólica y solar se pasaría a más de 1.200 en el 2030.

Esta fiebre eólica provocó la fiebre de la balsa, que ha tenido consecuencias devastadoras para las comunidades indígenas ecuatorianas; entre ellas el pueblo waorani, cerca del parque nacional de Wasuní, tal como señaló The Economist el pasado mes de enero.

En septiembre de este año, en el territorio achuar, bajando por el río Pastaza, uno de los más afectados por la fiebre, era visible la deforestación total de la balsa y que los balseros, en su voracidad por obtener más madera, habían pasado a deforestar Perú. Aunque los precios ya empezaban a hundirse, ellos seguían remontando el Pastaza con grandes canoas para desembarcar los troncos en Copataza, donde se cargaban en mulas (camiones) y salían del territorio a través de la nueva carretera.

Las consecuencias sociales de esta práctica extractiva son muy destructivas. El pasado junio, los líderes indígenas de la Nacionalidad Achuar del Ecuador (NAE) se plantaron. “No hagan ninguna inversión, así talen balsa no la van a poder sacar, no va a ser vendida”, publicaron en Facebook, red social en la que vienen denunciando también la penetración petrolera y minera en sus territorios

La expoliación de los recursos naturales tiene consecuencias también más consecuencias que las ambientales. Los balseros traen alcohol, droga, prostitución y contaminan los lugares de extracción con plásticos, latas, maquinaria, vertidos de gasolina y aceite, abandonan las cadenas usadas de las sierras mecánicas, se comen las tortugas y ahuyentan a los loros, tucanes y otros pájaros que se alimentan de las flores de los árboles de balsa. 

Lo que debería ser

Lo que piden los defensores de la Amazonía es que la industria de los aerogeneradores debería implantar estrictas medidas para determinar el origen de la madera para asegurar el origen renovable de la madera empleada y evitar que la presión del mercado lleve a la deforestación. 

El incremento del precio por la demanda elevada y la oferta insuficiente favorece que la industria busque materiales alternativos. Según The Economist, el coste se duplicó desde mediados de 2019 a mediados del 2020. En 2019, Ecuador exportó una cantidad por valor de casi 230 millones de dólares, un 30% más que el récord anterior, de 2015. En los primeros 11 meses de 2020, se habían exportado más de 700 millones de dólares.

Si bien la madera balsa tiene propiedades de rigidez excelentes, la necesidad de construir aspas cada vez más largas y de menos peso, así como de asegurar una cadena de suministro confiable, ha puesto sobre la mesa las limitaciones cada vez más evidentes de este recurso.

Lo dramático es que el PET espuma, material de baja densidad generada a partir del reciclado de botellas, es un sustituto. Paul Dansereau, ingeniero de materiales de la empresa danesa LM WindPower, explica que sus aspas lo incorporan desde 2017. “Hoy en día usamos la espuma de PET en palas de más de 80 metros”, dice, y el 60% de este material, además, es reciclado.