El lunes pasado varios representantes del Estado, empresas del sector e instituciones académicas debatieron en un Foro organizado por el Consejo Económico y Social, llamado “Hacia una Estrategia Nacional Hidrógeno 2030”. Con la participación del presidente de la nación Alberto Fernández al cierre del Foro, se pusieron sobre la mesa las potencialidades de este vector energético en Argentina. A pesar de los matices en las intervenciones, se discutió el proyecto de mediano y largo plazo desde una perspectiva multimodal, teniendo en cuenta tanto el hidrógeno azul, producido a partir del reformado de gas natural y capturando el CO2 resultante en el proceso, como el hidrógeno verde, generado a partir de electrólisis de agua con electricidad proveniente de energías renovables.

Así como hay microalgas que con agua, luz solar y dióxido de carbono producen hidrógeno, también nosotros contamos con la ciencia y la tecnología para hacerlo. El hidrógeno es solo un portador de energía. No genera energía, la porta y la transporta. Es un vector como la nafta, el gas, las baterías de ion-litio del celular, de la notebook, de los autos eléctricos que, con altas probabilidades, en el mediano plazo pueden invadir el mercado mundial de automóviles. Si nos enfocamos en el hidrógeno producido a partir de energías renovables, podemos afirmar que un sistema basado en hidrógeno verde, desde la generación y el almacenamiento hasta la distribución, el transporte y los usos en aplicaciones móviles y estacionarias, es factible técnica y económicamente hablando. Argentina tiene uno de los potenciales más grandes del mundo para la producción de hidrógeno verde, gracias a sus condiciones inigualables de generación eléctrica a partir de energía eólica en el sur y energía solar en el noroeste. Sin exagerar, puede decirse que si realmente aunáramos esfuerzos y las cartas de intención se volvieran verdaderas voluntades organizadas, Argentina podría ser de acá a 20 años un Kuwait de hidrógeno verde, un país fundamental en la transición energética hacia una matriz sustentable en el mundo.

Hay científicxs, técnicxs, ingenierxs, empresarixs, funcionarixs trabajando para la transición energética basada en hidrógeno producido a partir de energías renovables. Frente a las luces rojas de alarma, hay luces verdes de esperanza. Existen propuestas alternativas, ideas, proyectos, innovaciones disruptivas.

¿Pero cuánto tiempo nos llevará mudar el sistema energético? Como este no es un artículo de divulgación científica y ni siquiera pretende ser una columna de opinión por el Foro del Hidrógeno 2030, me atrevo ahora a una intrusa y traviesa escritura sin forma, un ensayo desordenado de pensamientos en voz. El complejo momento que atravesamos con la pandemia, entre otras señales, ha quitado el velo de un sistema que, aunque esté llegando a su fin, parece persistir y reciclarse. Es como si el virus nos dijera: “Cuidado, no vayan a diluirse en un pozo de petróleo, no vayan a estrellarse contra una roca”. Como si el virus nos predijera: “El aire los va a asfixiar, la tierra los va a comer, no podrán ni despedirse de sus muertos; deberán tomar distancia entre sus cuerpos, desactivar engranajes; perderán territorio, no dejaremos que agoten los recursos”. Como si el virus nos avisara: “Mientras más voraces sean sus matrices dominantes, más rápido sabrán de nosotros; está en ustedes elegir: seguir en la carrera acelerada de apropiación o desandarla y caminar el buen vivir, reincidir en el desmonte o desmontar artesanalmente la máquina de extinción”. Como si el virus se manifestara, clamara un mensaje de alerta, una sirena roja global, una alarma sigilosa y omnipresente. Y nosotros como si nada, siguiendo en la misma, haciendo oídos sordos al sermón de la montaña.

Nuestra respuesta global, por el contrario, parece ser de alejamiento. Mientras más profundas se hacen las heridas narcisistas, nuestra humanidad se va cada vez más lejos, como ya hace tanto tiempo se está yendo, como huyendo de sí misma, y pasando por el lado ametrallado de la Luna. ¿Por qué la vacuna rusa se llama Sputnik V? ¿EEUU contra China? ¿Cómo no va a temblar este planeta? ¿Será ésta una suerte de Segunda Guerra Fría? ¿Y por qué se habla de guerra contra un virus? Por más invisible que sea, las guerras son de nosotros, las vacunas son ajenas. Y aunque sean nuestras vacunas, ¿no pueden hacerse sin guerras?

Con el diario del lunes, surge una pregunta global como respuesta: ¿cómo es que no iba a entrar en nuestra parte indisoluble del todo otra parte del todo que aquí y ahora nos quita la respiración? ¿Por qué de pronto nos tapamos las bocas y las narices? Mientras hay quienes planean ciudades-burbujas sustentables en Marte, en la Tierra nos tapamos las bocas y las narices.

Sí, quizá siempre se nos tilde de tremendistas. Pero es que el impacto ambiental del ser humano es tremendo. Desde antes incluso de la Revolución Industrial no hemos frenado la maquinaria de contaminación y destrucción de nuestra propia casa. ¿Qué pregunta les resulta más inquietante?: ¿nos estamos enfrentando a nuestra propia extinción?, o ¿cuánto tiempo nos queda para cambiar el sistema antes de llegar a un punto de inflexión en un proceso de extinción inevitable?

Quizá siempre se nos acuse de tremendistas. Pero es que nos vuelve un poco negacionistas el impacto psicológico que genera la mera idea de vernos enfrentados a nuestra propia extinción. Como respuesta a la angustia por la dimensión de lo real, por los síntomas de muerte en el imaginario, por el sentido inhibido, no solo simbólicamente hablando, perdemos el tacto, perdemos el gusto y el olfato, y al final nos quedamos sin aire.

El riesgo de alcanzar un punto de no retorno, junto al más translúcido reflejo de finitud, nos vuelve un poco negacionistas. Es una bomba al inconsciente colectivo esta cercanía de la muerte en el tiempo y el espacio, una profunda herida de proyección si ya no es en miles de años que dejamos de existir (al menos en este planeta); si ya no es en 500 siquiera, ni en 100 o en 50; cambian todas las cuentas si en 30 o 20 años el cambio climático se torna irreversible. Pero todos los procesos reales son irreversibles. En un ecosistema, con su clima y su biodiversidad, siempre hay procesos irreversibles. En un sistema aislado, la entropía siempre aumenta. Solo en rarísimas ocasiones puede permanecer casi constante.

Ahora, por ejemplo, hace tan poquito tiempo que otra cosa inerte entró en el cuerpo fatigado de la humanidad y allí adentro, aquí, por ejemplo, adentro nuestro, esa cosa inerte se hizo ser vivo que vive porque el sistema de cuerpos humanos ajenos, como extraños a su casa por destructivos, a la vez que indisolubles partes del sistema de sistemas de este cuerpo planetario; ese virus no vivo se hizo ser vivo a la vez, coronavirus de Schrödinger, porque el humano le dio el medio para reproducirse.

Y aunque el mundo se haga un ovillo de fibras ópticas, el proceso ya se hizo irreversible: la distancia física entre los cuerpos se escribió en letra de molde como “distanciamiento social”. Se dispersaron y reagruparon aglomerados, quedaron goteando algunas bocas de expendio, los protocolos se hicieron omnipresentes, y las distancias físicas comenzaron a variar. Y seguirán variando seguramente a valores insospechados. Quizá en verano vuelvan a verse cuerpos amontonados como nunca antes se han visto, como desafiando las leyes de las distancias al máximo; y en invierno volverán a verse tan aislados que darán, literalmente, calambres. Pero el distanciamiento social, como imperativo cuidado de la salud pública, parece haber entrado por la ventana para quedarse. Aunque el mundo se haga un nudo de tantos nudos en ondas que viajan por todos lados, ya no podrá alejarse la palabra distancia de lo social.

El planeta se prende fuego, se inunda. El monte se prende fuego, el pueblo al lado del río se inunda. Montes y ríos, volcanes y mares seguirán hablando por el planeta, porque son el planeta, parte del todo que es todo a la vez, como nosotros sin darnos cuenta.

El harto mencionado aumento de temperatura del planeta, el famoso calentamiento global, es solo un ejemplo más. Y ni siquiera se logra comprender su gravedad: un grado más puede significar un punto de no retorno. Así como nuestros cuerpos deben mantenerse a una temperatura estable, en un rango de 36 a 37 grados, para no morir, el cuerpo planetario es tan frágil como el humano. Así como una fiebre es síntoma, respuesta para estabilizar el sistema; así como el cuerpo se encarga de equilibrar poblaciones de virus, hongos y bacterias en su interior; así también el cuerpo planetario se encarga de equilibrar (desarrollando e inhibiendo) microorganismos autótrofos, fotoautótrofos, heterótrofos mucho más resistentes que nosotros. Con décimas de grados de temperatura promedio que cambie el clima global, se empiezan a desencadenar procesos irreversibles, síntomas conocidos, misteriosas y oscuras advertencias.

Hay señales de alerta temprana del colapso de nuestro ecosistema. Nuestra naturaleza, indisoluble parte nuestra, nos brinda mensajes. Y hay quienes los escuchan. “En cada bar, oficina, hotel o cualquier lugar donde la gente se junta, está alguien escribiendo el sermón de la montaña”, dice el poeta Fabián Casas. “Simplemente hay que ponerse en estado de atención para poder oírlo”. Es hora de escuchar el sermón de la montaña. La humanidad ya ha demostrado su crueldad. La crueldad viene de crudo, que “se recrea en la sangre”. Es como si el petróleo se recreara en nuestra sangre, como si ese “Petróleo sangriento”, traducción del nombre de la película de Paul Thomas Anderson, corriera por nuestras venas. La economía del sistema-mundo dependiente de los combustibles fósiles, recreada en nuestra sangre hasta exprimirla, esta economía basada en la tierra exprimida está llegando a su fin. Debe llegar a su fin. Llegó la hora de la descarbonización, la descentralización y la democratización de la energía. Entre otras tantas alternativas, está el hidrógeno verde.