El pasado fin de semana, miles de personas salieron a las calles en Brasil para protestar de manera pacífica en más de 200 ciudades del país contra el gobierno de Jair Bolsonaro. Esto se sumó a varias malas noticias para el actual presidente brasileño Entre ellas, el regreso de Lula Da Silva a la escena política y la posibilidad de que se conforme un gran frente opositor encabezado por el expresidente y dirigente sindical. La semana pasada se publicó una foto de una reunión entre Lula y su antecesor Fernando Henrique Cardoso, del Partido de la Social Democracia Brasileña, por lo que comenzaron a circular los rumores respecto de un probable frente de unidad entre ambas figuras de la política brasileña. La gestión de la pandemia viene dejando, hasta ahora, la cifra de 460.000 muertos y 16,3 millones de contagios, además de variantes nuevas de la enfermedad que continúan impactando fuertemente no solo en Brasil sino también en otros países sudamericanos como Chile, Uruguay y Argentina.

Las manifestaciones fueron convocadas por centrales sindicales, partidos de izquierda y por los movimientos sociales. En Rio de Janeiro se reunieron hasta 10000 personas utilizando tapabocas, a diferencia de las marchas que suele organizar Bolsonaro, donde no hay distanciamiento ni medidas de cuidado. Los gritos más repetidos fueron los que pedían la renuncia del presidente –“Fora Bolsonaro-, lo tildaban de genocida o exigían vacunas. Uno de los principales reclamos frente al gobierno es el de acelerar el plan de vacunación, que, aunque, es el tercer país latinoamericano en cantidad de inmunizados per cápita, aún tiene a más de 100 millones de ciudadanos sin vacunas. A su vez, la oposición plantea la necesidad urgente de implementar un plan de ayudas sociales para paliar la crisis económica sin precedentes que trajo aparejada la pandemia. Además, pidieron un salario digno para hacerle frente a la problemática económica. Al mismo tiempo, hubo consignas contra la deforestación de la región de la Amazonía, el racismo, y la violencia perpetrada por los invasores de tierras de pueblos originarios.  

La segunda ola de este año tuvo consecuencias aún más letales que la primera. De enero a abril, el número de muertos se incrementó de 200.000 a 400.00. Bolsonaro llegó a considerar a la peor pandemia de los últimos 100 años de una “gripecita” y promovió medicamentos sin ningún tipo de eficacia comprobada, además de convocar a marchas y hasta a cuestionar la eficacia de la vacunación. Cuando parecía que no podía ir aún más allá, ahora puso el país para la celebración de la Copa América. Bolsonaro cree que la celebración de la competencia deportiva en su país, a pesar de la crisis sanitaria, económica, política y social de niveles aún muy complejos de cuantificar a ciencia cierta, puede darle un impulso a su figura. Ferviente contrario a imponer medidas de cuidado, el mandatario se presentó nuevamente ante el Tribunal Supremo para cuestionar y pedir la suspensión de las medidas restrictivas implementadas por las autoridades locales de Rio Grande do Norte, Paraná y Pernambuco. 

Más allá de los múltiples pedidos de la oposición de juicio político debido a la catastrófica gestión de la pandemia, de acuerdo con todos los sondeos, la imagen de Bolsonaro se encuentra en el punto más bajo desde que asumió la presidencia. Con poco menos de 25% de imagen positiva y más de 70% de negativa, a priori parece tener pocas posibilidades reales de lograr su reelección en 2022, en caso de presentarse nuevamente. En este escenario convulso, Lula Da Silva parte como favorito a ganar la elección presidencial convocada para el próximo año. Tras conseguir que le devuelvan sus derechos políticos, el mayor desafío del líder de izquierda será aunar a todas las fuerzas progresistas bajo su liderazgo. Para ello deberá hacer un gran trabajo de ajedrez y artesanía política. Por lo pronto, las urgencias del país permiten que esto deje de ser una posibilidad lejana, como lo era hace uno o dos años. Mientras Brasil se incendia, Bolsonaro cree que ser sede de la competencia más grande a nivel de selecciones de futbol latinoamericano es una buena idea. Los brasileños serán los encargados de juzgar esto, junto a todo su mandato, dentro de un año.