En 2021 se celebrarán las elecciones de medio término, llamadas así desde que la reforma electoral de 1994 estableció mandatos presidenciales de cuatro años en lugar de seis. La referencia histórica es pertinente, dado que Raúl Alfonsín y Carlos Menem tuvieron mandatos de seis años (1983-1989 y 1989-1995, respectivamente) en los cuales cada uno enfrentó dos elecciones de diputados y de senadores nacionales: Alfonsín en 1985 y 1987, y Menem en 1991 y 1993 (en su segundo mandato, esta vez de 4 años, tuvo legislativas en 1997). El primer presidente de la democracia recuperada en 1983 logró su mejor resultado legislativo en 1985 (43,6%), caudal no alcanzado por ningún oficialismo después, pero en 1987 fue derrotado por el peronismo renovador de Antonio Cafiero y en 1989 se retiró anticipadamente del gobierno en medio de una crisis hiperinflacionaria; Menem, electo presidente ese año, logró su mejor resultado legislativo 4 años después (42,5%). A su turno, el Frente para la Victoria (FPV) alcanzó con Néstor Kirchner su mejor resultado legislativo en la elección del 2005 (39%), mientras que Mauricio Macri anotó 41,7% en la legislativa de 2017 (gráfico arriba).

Las elecciones de medio término presentan comportamientos diferentes a las presidenciales. Kirchner, que venía de obtener 22% de los votos en la atípica elección presidencial de 2003, logró con el 39% de 2005 arrebatarle el control del PJ a Eduardo Duhalde. Eso abrió un ciclo de hegemonía política del FPV de 10 años en la presidencia, hasta la derrota de Daniel Scioli en el ballotage de 2015 ante Macri. Sin embargo, Cambiemos, pese a imponerse en la legislativa de 2017, perdió el poder en la primera vuelta de la presidencial de 2019, lo cual pone en evidencia que las elecciones de medio término no tienen poder predictivo respecto al turno presidencial siguiente. Asimismo, estos comicios, si bien tienden a favorecer al oficialismo de turno, presentan una tendencia a la dispersión del voto en virtud de la cual no surge una mayoría de 50%+1 sino una primera minoría que ronda el 40%, con resultados más fragmentados que los de una elección presidencial (que, en general, se polarizan más).

 

 

 

Hechas estas consideraciones, es pertinente repasar de cara al 2021 qué dicen las encuestas que, en rigor, no son de intención de voto sino de opinión electoral, habida cuenta de que estamos a más de un año de los comicios y además en plena pandemia.

Así, encontramos tres tipos de mediciones:

1) las que indagan si en 2021 se prefiere que gane el oficialismo o la oposición. La encuesta más reciente de este tipo fue realizada por Giacobbe & Asociados, en la que la preferencia por el oficialismo alcanza 33,3% y la favorable a la oposición roza el 54% (gráfico arriba).

La dificultad estriba en que la preferencia ganadora no equivale a la intención de voto; además, esta encuesta no permite visualizar si el oficialismo se proyecta como primera minoría o ve amenazada esa posición por algún sello opositor.

2) otras mediciones indagan a qué fuerza se votaría, presentando como opciones al Frente de Todos vs otra fuerza política: la encuesta más reciente de ese tipo es de Synopsis y ubica el oficialismo con un caudal de 35% y al acumulado de otras fuerzas con casi 49% (gráfico abajo).

 

 

El Frente de Todos insinúa una baja respecto a julio pasado mientras que el voto opositor parece crecer, pero en rigor son variaciones estadísticamente no significativas. Aunque aquí aparece más nítidamente que en la encuesta anterior el voto oficialista como primera minoría, seguimos sin saber cuál podría ser la segunda fuerza. Para detectarlo, hay que repasar las encuestas de tercer tipo, que sí miden sellos políticos: según la medición nacional más reciente de CELAG, el Frente de Todos roza el 38% y Juntos por el Cambio el 24% (gráfico abajo).

 

 

Ese estudio perfila una ventaja de casi 14 puntos porcentuales para el oficialismo. Asimismo, ese casi 38% sobre votos totales se proyectaría por encima del 40% sobre votos válidos positivos, dado que el informe arroja casi 10% de voto en blanco y 7,5% de abstencionistas. De ser así, el Frente de Todos sería primera minoría nítida, con una ventaja holgada sobre la principal fuerza opositora. Una medición alternativa de este tipo es la de OHPanel, que reporta 34% para el Frente de Todos y 28% para Juntos por el Cambio (seguro + probable en ambos casos), lo que reduce la ventaja oficialista a 6 puntos porcentuales. Un candidato de derecha podría sumar 8% y uno de izquierda 7%; 21% aparecen indecisos y 2% abstencionistas (gráfico abajo).

 

 

Finalmente, si agrupamos las encuestas en dos grupos, distinguiendo entre las que miden oficialismo vs oposición de las que discriminan por sello político, obtenemos dos promedios: en el primer promedio, el Frente de Todos alcanza 34,2% vs 51,2% para el acumulado de fuerzas opositoras (con 14,7% indecisos). En el segundo promedio, el Frente de Todos alcanza 36% vs 26% de Juntos por el Cambio, con 4% para un candidato de derecha, 3,5% para uno de izquierda, 4% para otras fuerzas, 17% de indecisos y 9,6% que no votarían a ninguno (lo que podría transformar esa actitud en voto en blanco o abstencionistas).

En síntesis, el panorama hoy, con 9 meses de gestión, insinúa una ventaja para el Frente de Todos de 10 puntos porcentuales sobre la segunda fuerza; eso repetiría el patrón de elecciones anteriores exitosas para los oficialismos de turno, con una primera minoría electoral en torno al 40% y una ventaja nítida sobre la segunda fuerza, si bien dentro de un escenario más fragmentado que el de las elecciones presidenciales.