“No sabía que era víctima de trata” es una frase que se repite en quienes han pasado por la experiencia de este delito. Confundidas, creen ser culpables de haber cometido un delito. Engañadas con falsas promesas les roban la identidad, era “Sol” de noche, me habían teñido de rubio platinado y puesto lentes de contacto de “color”, me dijo con la mirada perdida. Así, con una escala en la peluquería –cómplice- pasó al local donde supuestamente serviría copas; y luego lo no dicho, el famoso “pase”. Noche tras noche.

En 2018, Thierry Rostan, representante de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC por su sigla en inglés) señaló que el 72 por ciento de las víctimas detectadas en el mundo son del género femenino; es decir el Informe Global puso énfasis en las mujeres como la población afectada y señaló a Sudamérica (93 %) como una de las regiones con alta incidencia de este delito, afectando en un 51 por ciento a mujeres adultas y, en un 31 por ciento a niñas.

Es inevitable no centrar la atención en uno de los delitos que entraña la trata de personas: la explotación sexual. 

Las cifras globales nos señalan la hegemonía del patriarcado en una fuerte alianza con el capitalismo, dónde todo se compra y todo se vende. Donde los cuerpos pierden la dimensión humana para responder como maquinitas por la gran ciudad, como dice una canción del franco-español Manu Chao. Despojadas de sus identidades, ultrajados sus cuerpos intentan justificar la explotación como “trabajo”. Cabe aquí una frase de la activista feminista Sonia Sánchez que interpela al estado y la sociedad toda: “nos hacen puta, nos construyen puta”. 

De pronto, el supuesto “trabajo” prometido en un aviso no es otra cosa que la explotación en un prostíbulo, prohibidos en Argentina desde 1936 por Ley Nº 12331. 

Sin embargo, ahí se ve la complicidad del Estado en la cadena del sistema prostituyente. Otorga legalidad mediante ordenanzas a locales donde son ingresadas periódicamente mujeres para ser explotadas sexualmente. Pasando de una provincia a la otra, o de un país a otro. Esta cadena invisible de la mano de la institucionalidad es la que sostiene a la trata en el mundo, adquiere distintos nombres y modalidad, el fin el mismo: explotar mujeres.

“Considerando que la prostitución y el mal que la acompaña, la trata de personas para fines de prostitución, son incompatibles con la dignidad y el valor de la persona humana y ponen en peligro el bienestar del individuo,  de la familia y de la comunidad”, dice el Convenio para la Represión de la trata de personas  y de la explotación de la prostitución ajena (1949). 

Sin embargo, se pretende separar trata de prostitución, un binomio inseparable para el capitalismo extractivista de los cuerpos de las mujeres.

Desde los medios de comunicación podemos desentrañar ese mundo de la trata y tenerlo presente en nuestras agendas. Porque es una grave violación a los derechos humanos, porque afecta la vida física, psíquica y emocional de las personas explotadas. Es necesario ejercer una práctica de la comunicación y el periodismo que aporte a desenmascarar e interpelar a quienes son responsables de diseñar políticas públicas.  Evitar que cientos de nuestras niñas y mujeres sean ingresadas por las redes de prostitución y trata para ser explotadas, es un objetivo que debemos tener como sociedad.

Hoy, la defensa de la actual Ley de Prevención y Sanción de la trata de Personas y Asistencia a sus Víctimas, Nº 26.842 es una prioridad en la temática, que fuera irrelevante el consentimiento de las víctimas para este delito fue una lucha de muchas organizaciones feministas y pudo lograrse tras el escandaloso fallo del Tribunal de Tucumán, en la causa Marita Verón, aún desaparecida desde el 3 de abril de 2002.