Por Eduardo Minutella

@EmileSand

I. Veinte años es algo

En los próximos meses, en un contexto que cuesta no reconocer como crítico, la política argentina quedará ganada principalmente por la agenda electoral. Una serie de coaliciones buscarán disputarse las preferencias de un electorado diverso en el que conviven intensos, escépticos y apáticos. Veinte años después de las primeras elecciones del siglo XXI, las de octubre de 2001, los comicios se realizarán en un contexto de precarización laboral, pobreza creciente y recesión. En aquella oportunidad, muchos argentinos y argentinas expresaron su desencanto dándole la espalda a lo que concebían como una clase política más orientada a satisfacer sus propios intereses que los de la ciudadanía, y asistieron a las urnas para votar a Clemente. Fue la época del voto-castigo; en el lenguaje de la calle, del voto bronca.

II. Yo te odio, político

La Argentina de mediados de 2001 era la del “fracasamos como país”. La del primer aniversario del tiro en el corazón de un Favaloro que no había logrado revertir los problemas económicos que afectaban a la fundación que presidía: una Argentina a la que el cardiocirujano había descrito como ingresando al nuevo milenio arrastrada por un carro de cartoneros. “Hubo un país, alguna vez, que formó gente como René Favaloro y le dio un lugar. Ese país ya no existe”, escribía Andrés Klipphan en la nota que cubría aquel suicidio emblemático para la revista Veintitrés.

Julio de 2001 fue también, como recordó retrospectivamente Fernando De La Rúa, el mes en el que los bancos, los organismos internacionales y los Estados Unidos le habían “soltado la mano” al gobierno; un gobierno que ya se encontraba debilitado por la crisis política que había desembocado en la renuncia del vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez. Las decisiones de la hora tampoco ayudaban: las herramientas para paliar los efectos de lo que muchos investigadores han caracterizado como un golpe de mercado fueron las clásicas de ajuste y más ajuste. La llamada Ley de Déficit Cero, impulsada por Domingo Cavallo, aumentó el descontento social y la impopularidad del gobierno.

Para entonces, las narrativas de la decadencia y la ausencia de proyecciones de futuro que se arrastraban desde los últimos años noventa se multiplicaban por todas partes. Las registraba el llamado “nuevo cine argentino”, pero también películas más clásicas, como Gallito ciego, de Santiago Carlos Oves. En una sola escena, un monólogo interno (y algo sentencioso) del personaje que interpretaba Rodrigo de la Serna, el film daba cuenta del catálogo de males de la hora: un egresado del secundario que vive con su abuela porque su padre emigró; no tiene plata para continuar con los estudios y debe buscar trabajo en un contexto de alto desempleo. La ausencia de oportunidades lo lleva involuntariamente a la delincuencia.

Para muchos, la salida no parecía otra que Ezeiza, y el tema atiborraba las páginas de los diarios y revistas y los programas de radio y televisión. “Irse es dejarles el país a Ellos”, advertía Lanata a quien quisiera escucharlo. Nosotros y ellos; una simplificación acaso inútil, pero rendidora en términos de rating. Las derivas del periodismo por venir verían aquello reproducido y amplificado hasta el hastío.

Pocos meses antes de las elecciones, el escritor Dalmiro Sáenz publicó un libro que daba cuenta del crescendo de rechazo a la dirigencia de comienzo de siglo. El título no podía ser más elocuente: Yo te odio, político. En cada entrada del libro, una especie de carta abierta a las principales figuras políticas de comienzos de siglo, el autor explicaba las razones de su odio personal hacia cada quien. En la primera entrada de aquel diccionario del desencanto —dedicada al presidente De la Rúa—, Sáenz aludía a la razón de ser de la obra con palabras como “bronca” e “impotencia”: “Usted era el político correcto que enarbolaba la ilusión de un cambio. Su bandera era la transparencia, ‘una nueva forma de hacer política´. ¿Y después? ¿Qué hacemos con la transparencia si no hay producción, crecimiento, capacidad de consumo, progreso?”. Con la transparencia no se comía, ni se curaba, ni se educaba.

“ Pocos meses antes de las elecciones, el escritor Dalmiro Sáenz publicó un libro que daba cuenta del crescendo de rechazo a la dirigencia de comienzo de siglo. El título no podía ser más elocuente: Yo te odio, político.”

Los políticos, la clase política, era sospechosa per se y debía ser exhibida y denunciada por un periodismo autoinvestido con ropas de fiscal. Telenoche investigaba, pero también lo hacían Puntodoc en América y, en Azul, el menos exitoso Zona de investigación, conducido por Néstor Macchiavelli y Cristina Pérez. Lanata, que estaba por todos lados, a falta de una revista dirigía dos; y en la tele iba de lunes a viernes con Detrás de las Noticias, pero también los domingos con Políticamente incorrecto. Alfredo Leuco se subía a La Cornisa como columnista de Luis Majul y, en Después de hora, Daniel Hadad, junto con Eduardo Feinmann, Antonio Laje y elenco practicaban una demolición cotidiana de la figura presidencial, que aparecía caricaturizada como un personaje de pocas luces en animación 3D sobre la mesa del conductor.

La revista Noticias aprovechaba el río revuelto para pegarles a sus competidores y sacaba en tapa a Lanata y Hadad, a quienes se acusaba de fogonear el “negocio del pesimismo”. ¿Si se fueran un tiempo de vacaciones la Argentina estaría mejor?, cerraba aquella bajada.

En agosto, Mariano Grondona entrevistaba a José Luis Espert. El economista y actual candidato acusaba a Cavallo de dilapidador y al gobierno de “mentirle a la gente”, y sostenía que hay que ir hacia el déficit fiscal cero. El zócalo del programa era apocalíptico: ¿Se acerca el desenlace?

En las radios todavía podía escucharse a Fito Páez cantando que él ya no creía en ningún ismo, y que se consideraba vivo y enterrado. En la televisión, la temática de la crisis atravesaba la programación. 2001 es el año de los tres Martín Fierros para Okupas, pero también el del efímero retorno de Peor es nada en clave recesiva. En uno de los sketches escritos por Jorge Guinzburg, un matrimonio de clase media alta que había perdido todo, se iba a vivir a la villa La Cava de San Isidro, pero aludía al lugar como The Cave. En otro sketch, La familia bonaerense, Amelia y Roberto, un matrimonio conurbano de clase media baja, dormía con el chaleco antibalas puesto y dos revólveres debajo de la almohada. “¿No podemos dormir espalda con espalda?”, preguntaba el marido. Consultado por la periodista Andrea Rodríguez sobre el gobierno de De la Rúa, el conductor del ciclo se confesaba “engañado” y “defraudado” y acusaba al presidente de carecer de toda autoridad.

Hasta la revista Latido, que hasta el momento venía esquivando los temas de agenda y privilegiando el periodismo de la intimidad, en agosto de 2001 le dedicó un número entero a la crisis que atravesaba el país: “por primera vez en veintiséis meses de estar en la calle hemos decidió abordar un tema relacionado con la política y la economía. No lo podíamos evitar si queríamos ser coherentes”, escribía en su editorial Daniel Ulanovsky Sack. La nota principal de aquel número, firmada por Alberto Amato, llevaba un título más que elocuente: “Peor de lo que pensaba. Una realidad que destruye los sueños”. En una de las viñetas que acompañaba la nota, Langer ilustraba a una encuestadora en un barrio pobre consultándole a un padre de familia cómo calificaría su calidad de vida de 0 a 10. “¿Valen números negativos?”, respondía el entrevistado. En otra nota, una estrella de los años que vendrían, la crónica, registraba la dureza de aquellos días: “Paula y Martín se casaron hace dos años en Misiones y hace uno y medio vinieron a Buenos Aires a buscar suerte. No la encontraron. Desde entonces, toda la familia toma el tren ‘cartonero’ que TBA puso especialmente para que los cirujas con sus carretas no molesten a ‘la gente’”.

III. ¿Qué nos pasa a los argentinos?

Los medios se poblaban de preguntas e invitaban a analistas cada vez más improbables a hacer diagnósticos sobre lo que vendría, pero lo que primaba era el desconcierto. Incluso entre los intelectuales que habían acompañado al Frepaso y, luego, con expectativas muy menguadas, a la Alianza, la perplejidad no era menor. Según la investigadora Sofía Mercader, “Para cierto sector del campo intelectual nucleado alrededor del Club de Cultura Socialista y las revistas Punto de Vista y La Ciudad Futura, la crisis del 2001 significó una pérdida del sentido fuerte, una caída del horizonte de expectativas que ese grupo había construido durante la transición a la democracia”. Un tiempo de “desarticulación política y económica”, decía Hugo Vezzetti; un momento de completo trastocamiento de la identidad nacional, escribía meses antes del estallido Beatriz Sarlo.

Si, como cuenta Mercader, para la ensayista e investigadora “ser argentino, designaba tres cualidades vinculadas con derechos, capacidades, disposiciones y posibilidades: ser alfabetizado, ser ciudadano y tener trabajo asegurado”, ese triángulo identitario se había quebrado. Y las respuestas no estaban a la vista: “¿Qué pasó y cómo nos pasó a nosotros? —Concluía Sarlo— Hay cosas que no se entienden”. La pregunta no difería mucho de la que se hacía semanalmente en clave humorística el comediante Fabio Alberti en el clásico Todo por $2: “¿Qué nos pasa a los argentinos? ¿Estamos locos?”.

IV. Bronca

En ese clima, el llamado voto bronca estaba en el aire. Las fuerzas políticas lo intuían y buscaban la forma de capitalizar lo capitalizable. Gustavo Béliz intentó explícitamente ganar aquel malestar para su causa. En su carrera para alcanzar la senaduría, sus afiches de campaña aludían al descontento de la hora y conminaban al compromiso electoral: “No votó en blanco. Le dio el voto a la mujer”, decía uno que mostraba la figura de Eva Perón; “No votó en blanco. Creó la bandera” era el slogan de otro que mostraba la imagen de Belgrano. “El voto en blanco beneficia a los corruptos”, sostenía un tercero. También Daniel Scioli captaba aquel mar de fondo, y sus afiches buscaban surfear contra la ola: “Scioli. Vote en positivo”.

En la todavía joven Internet, sin embargo, circulaban otros mensajes, entre ellos, una muy difundida cadena de mails que auspiciaba el apoyo electoral a Clemente, el personaje del dibujante Caloi que no podría “meter las manos en la lata” porque carecía de ellas. Una vez más, la corrupción como principio y final de todas las cosas.

“En la todavía joven Internet, sin embargo, circulaban otros mensajes, entre ellos, una muy difundida cadena de mails que auspiciaba el apoyo electoral a Clemente, el personaje del dibujante Caloi que no podría “meter las manos en la lata.”

V. Lo que piensa la gente

A pesar de que Caloi había cuestionado la campaña en favor de la impugnación y consideraba que había que votar a candidatos de carne y hueso, su criatura hizo una buena elección. En algunos distritos el porcentaje de votos impugnados superaba el 20 por ciento. “Clemente le pisó los talones a Duhalde en una mesa de Monte Chingolo”, informaba Clarín. Y no era una “mesa en Necochea”. El diario exageraba, pero los números de aquella mesa en la que Duhalde “ganaba siempre” sí daban cuenta del desencanto omnipresente: 74 votos para el PJ, 30 en blanco, 10 para Izquierda Unida 19 y 18 anulados, de los cuales 12 fueron para Clemente y uno para Osama Bin Laden, uno de los nombres del momento. En otras mesas también hubo “voto prócer“, “voto feta” y hasta “voto papel higiénico”.

A nivel nacional, el justicialismo alcanzó el 37% de los votos y la Alianza el 23%, es decir, apenas más que el voto bronca, que alcanzó al 21%. Según Juan Carlos Torre, la mengua electoral no afectó a todos los partidos del mismo modo. Para el sociólogo, fueron las fuerzas políticas nuevas y organizadas en torno a cultura política fuertemente basada en el componente ético, como el Frepaso o Acción por la República, las que acusaron más aquel impacto.

VI. La elección y después

Consultado para esta nota, el politólogo Facundo Cruz considera que las elecciones de 2001 dieron cuenta de cinco factores centrales para caracterizar a la política de aquel momento: 1) la derrota de la Alianza terminó de confirmar el desgranamiento de la coalición de gobierno, que ya tenía minoría en el Senado y, a partir de aquella elección, perdió la mayoría en Diputados; 2) el peronismo empezó a aparecer como curado de sus heridas de 1999, aunque todavía sin un liderazgo unificado a nivel nacional; 3) fue la primera oportunidad en la historia del país en que los senadores fueron elegidos de manera directa, con lo cual las provincias perdían la potestad para designar a los senadores en el recinto y los gobernadores empezaban a tener una lapicera más para ungir candidaturas; 4) la elección dio inicio a la cuarta etapa del sistema de partidos argentino desde el retorno de la democracia; un momento en que, ante una Alianza herida de muerte y un peronismo sin liderazgo nacional, se configuraba una mayor desnacionalización partidaria, con comportamientos variables de provincia en provincia; 5) fue uno de los momentos históricos de mayor desconexión entre ciudadanía y clase política, expresada, justamente, en el alto porcentaje de voto-bronca.

“Fue uno de los momentos históricos de mayor desconexión entre ciudadanía y clase política, expresada, justamente, en el alto porcentaje de voto-bronca.“

Sin embargo, aquella elección tuvo algunos ganadores. En Santa Fe, donde el voto en blanco alcanzó el 40%, el resultado avaló la lista del entonces gobernador Carlos Reutemann. El otro ganador, por supuesto, fue Eduardo Duhalde, que lograba ser electo senador y revertir su derrota electoral de 1999. “Si yo me postulara como candidato generaría una convulsión innecesaria, propia de los que tienen vocación de poder que sobrepasa lo razonable”, decía por entonces el exvicepresidente, y manifestaba que no aspiraría a competir para alcanzar la presidencia. Y continuaba: “Somos una dirigencia de mierda en la que me incluyo. Éste es mi pensamiento. Y la gente dice cosas peores de nosotros: nos llaman corruptos, delincuentes, incapaces, mediocres, vendepatrias… Todos los calificativos que usted quiera. Esto es lo que la gente piensa de la clase política”, declaraba el 21 de octubre de 2001 al diario español El País.

La elección pasó, pero los reclamos continuaron en las calles y en las rutas. Clemente jamás tuvo su banca. A principios de diciembre Cavallo anunció el corralito. Lo que sigue es historia conocida.