La Pampa de Achala es la reserva hídrica más grande de Córdoba pero a simple vista no es agua lo que se ve. Atravesar la superficie de este cordón montañoso es recorrer kilómetros de pastizales dorados y quebradas rocosas. El 80% de los ríos de toda la provincia nacen en la cuenca de esta zona pedregosa de las Sierras Grandes. Una de las más altas de la geografía central de Argentina que funciona como un gran tanque reteniendo agua, en épocas fuertes de lluvia, y florando las vertientes, en tiempos de sequía. Para que este proceso funcione es necesaria la permanencia de árboles capaces de generar suelos húmedos, reguladores de los caudales de agua. 

En 1998 comenzó un proyecto de reforestación de tabaquillos, una especie típica de la región andina sudamericana, con el objetivo de recuperar la calidad de los suelos. En el año 2019 lograron plantar 50 mil árboles en ocho áreas distintas, en  2020 alcanzaron los 100 mil, número récord que se repitió en 2021. Este año proyectan llegar a los 150 mil, cifras tan imponentes como poco visibles. 

A más de dos mil metros de altura, en ese lugar sórdido lejos de toda presencia de civilización, donde la neblina besa la tierra y las nubes se funden con las piedras, hay quienes eligen creer y por sobre todo, confiar, que sembrar árboles en la cima de las montañas es una forma de recuperar lo perdido. 

Tabaquillo. Foto: Matías Buratti

Desertificación sin límite 


La ONU estima que desde 1990 se han perdido unas 420 millones de hectáreas de bosque en todo el mundo, superficies enteras del tamaño de Panamá desaparecen año a año, traducidas en el mayor costo de deforestación en la historia de la humanidad.  

Los bosques nativos argentinos no son la excepción, sus más de 600 especies autóctonas peligran la extinción. Argentina se encuentra entre los diez países con mayor pérdida neta de bosques en el período 2000-2015 según datos de la FAO. Entre 1998 y 2018 la cifra de deforestación alcanza los 6,5 millones de hectáreas. 

Los fuegos de este tiempo no son los mismos que hace 10 años. La llegada de incendios a los Esteros del Iberá, el segundo humedal más importante de Sudamérica, refleja que las llamas avanzan sin freno por todo el territorio y la sequía se vuelve un fenómeno constante. 

Los reportes tomados por la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN) indican que a lo largo de 2020 se quemaron en total 1.106.621 hectáreas. Dentro de esos números, el 57 por ciento corresponde a Córdoba y Entre Ríos.  De entre al menos los últimos treinta y tres años, el 2020 quedó como el peor que recuerde Córdoba. Según datos del Plan Provincial de Manejo del Fuego en ese año se quemaron en la provincia 341 mil hectáreas, en 1988 habían sido 350 mil sólo en el área serrana, sin contar los fuegos en las zonas llanas. 

Pero a las cifras hay que entenderlas, hablar de devastación es poner nombre a la pérdida de biodiversidad, de calidad en los suelos, a los cambios en los ciclos hidrológicos como inundaciones, salinización de las tierras, y no menor la pérdida de identidad cultural y patrimonial sobre los recursos naturales y los efectos sociales del paisaje.

La crisis ambiental que atraviesa Córdoba no difiere mucho a la que se vivencia en otras regiones del país pero mantiene rasgos particulares. Largos periodos de sequías extremas, inundaciones, incendios forestales, déficit hídrico en napas, diques, y embalses. 

Si se toma un mapa de la provincia de hace 100 años atrás como una radiografía la imagen nos muestra lo siguiente: Los bosques originales ocupaban el 71 por ciento de la superficie. Según datos del Conicet, de las 12 millones de hectáreas que comprendía el bosque, hoy quedan en pie unas 300 mil, apenas un poco más del 2 por ciento. Solo un puñadito disperso de chañares, algarrobos, piquillines, espinillos y tabaquillos se conservan. Reliquias de un pasado dichoso, piezas del museo de extinción de la flora autóctona.     

La intensificación de la deforestación fue progresiva con los avances de la industria forestal y los múltiples usos de la madera, pero tomó vuelo en la década del ochenta mediante los primeros cambios tecnológicos ligados a la agricultura extensiva. La demanda mundial de la soja en los 90, el aumento global de precios y las sucesivas devaluaciones de la moneda nacional, contribuyeron a profundizar un modelo basado en el monocultivo para la exportación de commodities que impactó en la biodiversidad, calidad de los suelos, el ambiente y en la salud de la población.

La situación de pérdidas de los bosques en Córdoba ha sido más grave que en el resto del país. En el noreste de Córdoba, en tan solo 30 años, durante el período de 1969 a 1999 se deforestaron 1.199.800 hectáreas de bosques de llanura y montaña, esto equivale el 85 por ciento de los bosques existentes. En la región centro-sur, antes de la llegada del ferrocarril y del periodo de colonización a fines del siglo diecinueve, el bosque representaba unas 7.300.00 hectáreas. 

Hoy menos del 1% pueden considerarse fisonómicamente bosque. Las tasas de deforestación fueron entre las más altas reportadas para cualquier tipo de bosque del mundo. “La desertificación implica una reducción en la productividad biológica y económica de los ecosistemas, y una alteración en gran magnitud de los procesos bióticos, biogeoquímicos e hidrológicos, conduciendo a los sistemas a cambios irreversibles y catastróficos”, señala Alicia Barchuk, docente e investigadora de la UNC abocada al estudio de los usos del suelo y la deforestación. 

En medio del desastre, asambleas, organizaciones sociales, grupos ambientalistas, oenegés y pequeñas comunidades organizadas cuidan y protegen lo poco que queda como forma de resistencia. Una militancia que a fuerza de voluntad busca trascender de la mera conservación de áreas protegidas hacia proyectos regenerativos capaces de sostenerse en el tiempo. 

Como migas de pan 

El viento seco de verano nos envuelve con un calor apabullante. La correntada de aire constante apenas logra apaciguar los 35° de temperatura. Durante una hora caminamos en fila en busca de los bosques de tabaquillos para recolectar semillas. Estamos en el corazón del Parque Nacional Quebrada del Condorito. 

Bolsa en mano, brazos en alto y mirada fija en los ramilletes que se desprenden de las copas, la recolección se vuelve una tarea silenciosa que exige concentración y paciencia. Como migas de pan vamos pellizcando semillas. El tiempo parece detenerse. “A contraluz del sol las van a poder encontrar mejor”. El consejo de Elisa Sosa se escucha a lo lejos y resulta efectivo, el contraste marrón de las semillas con el verde de las hojas facilita el trabajo de selección. 

Luego de un par de horas de colecta es momento para el descanso. Bajo la sombra de los tabaquillos termina el almuerzo, las charlas sobre la problemática ambiental se extienden. Elisa toma la palabra para ampliar su visión sobre las posibilidades que tenemos a mano: “Hay que modificar la noción de consumo si queremos profundizar un cambio verdadero”. 

Elisa guarda con cuidado cientos de semillas de tabaquillos en una caja de cartón. Lleva tres días de acampe en el Parque Nacional Quebrada del Condorito. Acaba de terminar una nueva jornada de voluntariado con el grupo que coordina, tomá una de las cajas y rótula con la fecha de recolección. De las miles de semillas almacenadas solo brotará el 10 por ciento. El próximo destino de las semillas es el vivero que funciona dentro del parque. En ocho meses los plantines estarán listos para que otro grupo de voluntarios los traslade hasta los lugares más afectados de las quebradas para su plantación. El Parque Nacional Quebrada del Condorito es una de las once zonas donde se lleva adelante el proyecto de reforestación de tabaquillos, comprendida en tres regiones de las Sierras Grandes: Los Gigantes, Cerro Champaquí y Quebrada del Condorito. “Estuve en la Patagonia y una se fascina, pero este lugar tiene algo que no sé cómo explicarlo. No hay lagos ni ríos imponentes, pero esta pampa abierta a tantos metros de altura es única, conmueve” describe Elisa.

Desde Venezuela hasta Argentina, los bosques de tabaquillos recorren más de 500 km a lo largo de las montañas cordilleranas y tiene un atributo que lo hace único: sobrevivir a miles de metros de altura, ahí donde ninguna otra especie leñosa es capaz de crecer. Al cubrir las cabeceras de las cuencas, generan suelos de calidad ya que el tabaquillo logra atrapar la humedad de las nubes y nieblas para luego volcarla a las vertientes, suministro de ríos y arroyos.

Además cobijan biodiversidad, ya que facilitan el crecimiento de otras especies vivas como líquenes y musgos.  Por su excepcional importancia ecológica, han llamado la atención de la ciencia latinoamericana y del mundo. En los últimos 20 años se han organizado cinco congresos internacionales en relación a esta milenaria especie. ¿Cómo avanzar en la conservación de los bosques de Polylepis y su diversidad biológica? señala un artículo publicado en 2021 por la Neotropical Biodiversity, primera revista científica de acceso abierto especializada en la biodiversidad de América Latina. Año a año desde la academia formulan nuevas preguntas buscando generar más conocimiento y aportes en la restauración de bosques.  

El trabajo de recolección continua por la tarde. Antes de que caiga el sol, regresamos a la zona de acampe. El viento caluroso del día da paso a una ráfaga constante de aire frío que no cesará en ningún momento de la noche. La naturaleza se hace sentir. Ruge el viento entre medio de las quebradas mientras anochece. En pocos segundos el cielo se transforma en una cúpula gigante de estrellas.  

Del patio al bosque

El Instituto de Investigaciones Biológicas y Tecnológicas (IIBT) es uno de los edificios más nuevos construidos en Ciudad Universitaria, el campus de la Universidad Nacional de Córdoba. El centro de investigación es el resultado de un convenio entre la propia UNC y el Conicet.

Es mitad de febrero, el ciclo lectivo aún no ha comenzado y las puertas del edificio están cerradas con candado. Los pasillos interiores funcionan como estacionamiento de bicicletas. En estas aulas se conocieron Daniel Reninson y Javier Sparacino, ambos científicos y miembros del proyecto de reforestación con tabaquillos Acción Serrana, que impulsa la oenegé Acción Andina y la Fundación de Actividades Biosféricas. 

Daniel Renison en su época de estudiante tenía la idea de investigar y conocer en profundidad los pingüinos de la Patagonia austral hasta que se cruzó con un pionero de la ecología en Córdoba, el doctor en Ciencias Naturales, Ricardo Lutii. Daniel fue elegido Cordobés del Año en 2015, distinción que otorga el diario La Voz del Interior, mediante una votación de sus lectores. Creció en visibilidad, su nombre es una referencia en materia de reforestación a nivel local e internacional. Con los años comprendió que los pingüinos podían esperar para convertirse en testigo, guarda y protector del crecimiento de los árboles de su tierra. “El profesor Lutti me mostró unas fotos viejas en las que había muchos más árboles, de repente hice un clic y pensé en la erosión de los suelos, había que plantar árboles”, relata Daniel en una entrevista. 

Esas capas verdes estaban desapareciendo del mapa por varias causas, pastoreo desmedido desde la época colonial, incendios forestales, invasión de plantas exóticas, sumado a la falta de políticas de conservación que evidenciaban serios problemas a futuro. Los antecedentes de reforestación de bosques en altura en Córdoba y el país eran nulos. 

Uno de los primeros objetivos que se planteó Daniel en 1998 fue investigar cuál era el mejor método para reforestar. Subió a la montaña, juntó semillas y comenzó a experimentar en el patio de su casa sobre los modos de germinación. Así llegó a una primera conclusión; era más útil la producción de plantines mediante semillas antes que la plantación por estaca. 

La receta a partir de entonces fue la siguiente: cruzar las quebradas, recolectar semillas de las propias copas de los tabaquillos, regresar a tierra firme para hacer germinar los plantines y volver meses después para reforestar las zonas más afectadas. 

“Subir a la montaña y encontrarme con esos jóvenes tabaquillos que llevan plantados más de veinte años me da una enorme energía. Es un gran impulso para seguir restaurando el bosque nativo y de apostar aún más a esta gran movida”, le dice Daniel a crisis.

A principios de los 2000, el famoso fotógrafo brasileño Sebastião Salgado y su esposa Lélia Wanick decidieron reconstruir su tierra desierta de 600 hectáreas en Aimorés, en el estado brasileño de Minas Gerais. En solo 18 años con la ayuda de voluntarios y trabajadores de la finca plantaron más de 2 millones de árboles. El resultado asombra y conmueve, la historia es parte del documental “La sal de la tierra”.

Irmina Kleiner y Remo Vénica, hace más de 30 años que viven en una granja al norte de Santa Fe. Cuando llegaron apenas contaban con 40 árboles, hoy están rodeados por más de 20 mil variedades, entre cortinas verdes y pequeños bosques de guayacanes y frutales. Dos proyectos a muy pequeña escala pero con el suficiente envión de generar una bocanada de aire optimista La capacidad de revertir el daño ambiental lleva tiempo, mucho trabajo e infinita paciencia.  

Javier Sparacino es físico, miembro del Conicet y comparte con Daniel Renison la pasión por la reforestación. Ingresó al proyecto como voluntario en 2014 y hoy forma parte de la coordinación de Acción Andina. Antes de sumarse vivió en Brasil mientras completaba un posdoctorado en Desarrollo en Medioambiente. 

En dos campañas de Acción Andina lograron plantar más que en los anteriores veinte años de trabajo. El primer año la financiación llegó con el requerimiento de plantar 10 mil tabaquillos. Terminaron plantando 12 mil. “Dimos un salto gigantesco cuando creíamos que no era posible, nos llegó la oportunidad que nos está forzando a crecer -explican-. Terminamos cumpliendo los objetivos y posibilitando la idea de que esto tome una escala que sea más significativa. Hasta los años anteriores entre todas las áreas, un año bueno de plantación eran 2 mil o 5 mil. Plantar 100 mil árboles por año tiene una ganancia poco visible que va más allá de recuperar el bosque, lo que se trata es de regenerar suelos para aportar a la sostenibilidad de los ríos”.

Luego de veinte años de trabajo sostenido, los resultados son alentadores. Restaurar un bosque es mucho más que plantar; son necesarias múltiples tareas de seguimiento con una intervención activa, permanente y continua en el tiempo.  En las zonas de cercado con alambrado para la exclusión ganadera se dejan ver los efectos más rápidos en los cambios del paisaje.

Hay estudios recientes sobre las aves que vuelven a frecuentar estos sitios, pronto regresan las herbáceas y el efecto de compactación del suelo comienza a disminuir, las cárcavas producto de la erosión de años, muy lentamente desaparecen. “Visualmente si vos no sabés que es un sitio restaurado, podés pensar que es un bosque natural”, explica Javier. “Es un impacto importante, con resultados significativos de que la estructura de ese bosque ya está recuperada. No hay tantos lugares en el mundo que puedan mostrar los resultados que en esos sitios se pueden ver”.

En las Sierras Grandes, los disturbios principales que afectan la regeneración de suelo son la ganadería e incendios forestales y ambas están relacionadas. Suelen ser quienes producen ganado que prenden fuego para quemar, generar pastos tiernos y que el ganado se alimente. Una práctica tradicional que en la actualidad con el riesgo de quema constante debido a los altos niveles de sequía se torna peligrosa. 

Los incendios forestales de cada año colocan a la agenda ambiental en el centro de la escena social, política y mediática. Sin catástrofe no hay respuesta, iniciativas ni debates, los incendios obligan a mirar como espectadores el desastre silencioso de los valles cercanos. Paisajes asociados al turismo quedan bajo un manto de cenizas y poco se sabe que hacer después.  

“Desde la Red de Restauración Ecológica de Argentina Nodo Centro se actualizó un documento de consulta post fuego para las Sierras de Córdoba. Sin embargo, hace falta un plan de restauración ambiental integral por parte del Gobierno Provincial, para lo cual hay que pensar en el ambiente a largo plazo, más que en salidas rápidas”, sostiene Elisa. Algunos de los errores frecuentes que señala el documento: plantar en sitios quemados donde el suelo está inestable, traer plantines de árboles desde otras regiones lejos de la biodiversidad propia de la provincia o usar bombas de semillas como método de germinación sin tener en cuenta el contexto adecuado de siembra cuando se trata de árboles nativos.  
La reforestación con tabaquillos hoy es un faro, una referencia concreta que muestra que restaurar bosques resulta posible, funciona y permite pensar e impulsar proyectos similares que puedan replicarse en otras partes, en otras provincias, con otras especies nativas. Como si se tratara de una gran maqueta gigante. Poner árboles con las propias manos, cuidando su crecimiento, evaluando los impactos para que nazcan nuevos bosques.  Torcer el rumbo, intervenir la naturaleza para que lentamente haga lo suyo.