Hablo por teléfono con un amigo. Debe hacer algo así como dos años que no nos vemos. Incluso pasan períodos, largos períodos en los que ni siquiera hablamos. Tenemos un grupo de Whatsapp con otro amigo. Intercambiamos, muchas veces, memes. Pero más allá de los memes nos une una conversación iniciada hace muchos años. Una conversación que prescinde de información ocasional: a veces no se adónde está, ni si está en Córdoba u otra ciudad. Es decir, no compartimos demasiado, excepto una conversación que se sostiene principalmente en nuestros propios malentendidos. En fin, hablo con él y me dice, recordando una frase del psicoanalista Germán García, que iniciar una conversación es nunca saber bien donde se va a terminar y a veces incluso- esto lo agrego yo- como va a comenzar. Porque es seguro que hablar no es conversar y que conversar no es simplemente entrecruzar palabras.

Un viejo sketch de El sentido de la vida de los Monty Pythons muestra en un bar a una pareja. Cuando llega el mozo les pregunta: “¿Ya eligieron de que van a conversar?". Se trata de un restaurante que ofrece conversaciones. El mozo les acerca una carta y les dice la especialidad del día: “la especialidad de hoy son ‘minoridades’”. Después de un breve intercambio se deciden a conversar sobre “filosofía” no sin unas tarjetas con nombres y términos que les deja el mozo. El sentido de la vida data de 1983, y parece anticipar muy bien el signo de la era de la comunicación: la pérdida paulatina de la conversación como sostén básico de cualquier vínculo.

El sentido de la vida (Monty Python) - La filosofía

Desde que la información se convirtió en un bien de cambio, toda charla se aplana en un comercio, cuando no en una mera descarga. El valor de la tendencia, el mercado de los narcisismos y la viralidad de los haters pueblan las delicadas redes que sostienen la conversación y nos dejan atrapados en las otras redes, más pasionales, más fugaces y explosivas. Nos vemos excluidos así de un aspecto básico de la conversación que la cultura romántica abordó con la palabra alemana Witz, o inglesa wit.

Se suele traducir la palabra alemana Witz como chiste o broma. Así, El chiste y su relación con el inconsciente traduciría el texto de Freud que en realidad trata sobre las “agudezas”, sobre el rasgo-de espíritu, que hace que dentro de una conversación aparezcan ciertas sutilezas no dichas enteramente, pero si de manera insinuada. Freud habla del chiste como una acción social, incluso, la acción social por antonomasia. La agudeza implica no solo a las personas que participan en la conversación sino el vínculo con una especie de código, de contrato que el chiste en su invención retuerce hasta hacerle cosquillas. Lacan, por su parte, lleva las cosas un poco más lejos, y nos dice que, en realidad, el chiste nos divide, nos separa y nos muestra nuestra verdadera estructura subjetiva: el chiste, la agudeza, el doble sentido, rompe con nuestro principio de identidad, y cuando acontece, ya no somos iguales a nosotros mismos.

Los románticos le dieron gran importancia al Witz, como una potencia de descomposición de sentidos demasiado armados. Schlegel dice por ejemplo que [9] “El Witz es incondicionalmente espíritu de socialidad o genialidad fragmentaria”, [34] “Una ocurrencia resultante del Witz es una descomposición de materias espirituales que, por cierto, tenían que estar íntimamente unidas antes de la repentina separación”. Cuando nos sorprende una chispa de ese ingenio (o genio) de la lengua, la conversación se torna seria, incluye lo dicho, pero también lo no dicho, no sabemos bien de lo que estamos hablando porque, en efecto, nos estamos dejando hablar por la conversación, sin pautarla demasiado.

Pero también existe el chiste que se nos presenta como una mera descarga (también era una de las vías que veía Freud en el chiste), y que se reduce sencillamente a eso, una mera descarga de tensión acumulada, sin un verdadero poder subversivo. Desde que nuestra conversación se ha vuelto catártica, el resultado siempre apunta hacia una explosión de risa.

Miro a mi pareja, desde hace minutos, al igual que yo está ensimismada en el celular y de cuando en cuando reímos, ella por su lado yo por el mío. De pronto compartimos un meme. A mi no me hace tanta gracia, o a veces veo como me mira con la perplejidad del desconocimiento: “¿de qué se ríe este?". Es decir, deja de haber en el chiste una consecuencia de la conversación, y el humor, lejos de hacer lazo social se convierte en una risa automática, solitaria, como esa que nos acecho a todos, apenas unos meses antes de la pandemia, con la película “El guasón”.

La memeización del humor- aunque no le vamos a quitar su figura de ingenio y gracia, es también la mimetización del mundo consigo mismo y de nosotros con el mundo, es la imposición de un sentido que hace que las cosas se parezcan cada vez más a sí mismas.

El meme conocido como 'Disaster Girl' fue vendido por 500 mil dólares en formato NFT (token no fungible).
El meme conocido como 'Disaster Girl' fue vendido por 500 mil dólares en formato NFT (token no fungible).

Ahora, ¿Cómo perdemos la capacidad de conversar? Existen diversas listas y tips para mantener “el arte de la conversación”, armemos la nuestra. Comencemos por donde comenzamos: 1. Tener demasiadas pautas sobre lo que se va o no a decir, sobre el tema sobre el que se va a conversar, es ya una forma de no abrirse o disponerse a conversar. Atenerse al guion los aleja ya de la improvisación y la espontaneidad que la conversación requiere. 2. Es imposible conversar con alguien que “sabe”. El que sabe explica y quién explica tiende a adjudicarse la razón de la conversación. 3. Es imposible conversar con alguien que juzga. Es difícil. Hablar es casi siempre hacer micro juicios: qué digo, qué no digo, etc. Escuchar, es hacer otro tanto: qué dice, porqué dice, quién es él para decir, etc. Pero el que se pone en la posición de juzgar cae siempre en cuestiones morales, en juicios descalificatorios sobre otros. Caemos en un chiste al revés, en un Witz triste diría Schlegel: tomamos a otros para descalificarlos, y los implicados en la conversación quedan como las almas bellas de aquello juzgado o criticado. 4. No se puede conversar sin darle un sano espacio al silencio. La conversación que es un ping pong de respuestas y respuestas, de argumentos y contra argumentos, no mantiene el suspenso propio de un pensamiento. Meditar sobre una palabra, meditar una respuesta, implica un espacio vacío que pocos soportan…. Escribo poniendo esto en tercera persona: me incluyo, nos incluyo. Seguir esas mínimas pautas no es para nada fácil, y aún habría más, tantas que me inclino a pensar que la conversación es algo destinado al fracaso. La idea no es llegar ni al acuerdo, ni al entendimiento, o al conocimiento, sino fracasar de la manera correcta, fracasar mejor. Pero sobre hacer de la conversación algo abierto, infinito decía Blanchot, que solo puede interrumpirse, abandonarse, para luego retomarse, reinventarse, etc.

En este sentido, la conversación no se trata de una habilidad perdida que podremos recobrar mediante artificios de mediación, de actos de habla orientados al entendimiento mutuo. Quizás esa es la mejor forma de seguir perdiendo nuestra capacidad conversadora. El entendimiento mutuo es sencillamente imposible, y es sobre la base de esa imposibilidad que se construye una buena conversación. Esa imposibilidad la convierte en algo abierto, algo que nunca se sabrá bien a donde conduce y que por eso mismo puede trascender el habla cotidiana, el murmullo de la memificación, de la identificación y asomarse a la sorpresa, a la invención, a lo que puede escapar al sentido impuesto por la asfixia cotidiana.