En 2012, Dante Leguizamón publicó en su libro La Letra con Sangre (editorial Raíz de Dos) una crónica sobre el caso Saldaño basada en los datos del caso policial y en los detalles publicados en la página web del estado de Texas sobre los protocolos de muerte que deben cumplirse en los casos de ejecución en aquel país. Por gentileza del autor reproducimos la crónica completa en cba24n.
Al final de este texto se lee que Saldaño permanecía en un Hospital Psiquiátrico, pero eso se modificó y Víctor Hugo volvió a la cárcel. Aunque parezca absurdo decirlo, las condiciones de detención de Saldaño desde entonces han mejorado un poco. Su celda ya no mide algo más de un metro, sino 3 metros por 1,80. También consiguió que le dieran una radio y una cafetera. Además le permiten tener algunos libros. En el texto Saldaño sueña con la muerte como su madre y otros que lo han visitado, aseguran. Sin embargo su abogado dice que a él siempre le pide que apele la condena a muerte.

"No lo quiero cerca de mis chicos o de ustedes. No lo quiero ver en ninguna parte"
Mary Scalon

Crimen y Castigo
En el sueño se imagina leyendo la carta que todo condenado recibe de la justicia norteamericana poniéndole fecha y hora a su sacrificio. Sueña que una vez que su hora final ha sido designada es imposible pensar más allá, que a partir de entonces la palabra futuro pierde su significado… Que ya no se puede soñar.
Tímido, con poca personalidad y de carácter débil. Así, con tres sentencias y sin ningún elogio, se definió siempre a Víctor Hugo Saldaño en barrio SEP, el humilde sector de Córdoba donde vivió gran parte de su infancia y adolescencia. Allí el niño fue a la escuela y creció enfrentándose a situaciones de violencia que lo tenían siempre como víctima y dependiendo de intervenciones de maestras y madres para protegerlo de sus victimarios.
Víctor Saldaño nació el 22 de octubre de 1972 y desde siempre soportó con dificultad la ausencia de un padre con quien apenas tuvo relación hasta los dos años. Ese alejamiento, y la referencia de que el hombre que lo abandonó vivía en Brasil, alimentaron en él la ilusión de viajar, conocer el mundo y —de paso— reencontrarse con el.
A los diecisiete la escuela se había vuelto una tortura que no le interesaba sufrir. Por eso aceptó la sugerencia de su mamá de inscribirse en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). El objetivo era conjugar los sueños de ambos: él deseaba viajar en barco por el mundo y ella que ese chico rebelde al que debía seguir protegiendo pudiera ser “enderezado” por una educación militar.
La aventura terminó cuando, a poco de ingresar, Víctor pidió la baja. Si los viajes no llegaban pronto él no estaba dispuesto a soportar la rigidez castrense.
El siguiente paso fue llevarse los sueños por delante. Eligió viajar por prepotencia de deseo y partir rumbo a Florianópolis, dejando todo atrás. La aventura comenzó con un acto de rebeldía. Se fue sin pedirle a su madre que firmara una autorización para dejar el país. Tenía 17 años y no sólo quería ser libre, necesitaba demostrarlo.
En el sueño las cosas se ven como en una película y él se ve a sí mismo recordando los rostros del centenar de condenados que ha visto caminar rumbo a la ejecución. En el sueño Víctor estira los brazos y une las rodillas para ser engrillado con esas esposas que son a la vez cadenas que sujetan sus manos y las atan a la cintura adonde otras cadenas llegan desde los tobillos. De a pasitos que son casi saltos, Víctor sueña, recostado en su celda de dos metros por uno y medio, que camina.
En Brasil encontró a su papá, pero las cosas no fueron lo suficientemente interesantes como para quedarse con él. El destino siguiente fue San Pablo, donde profesó el culto Hare Krishna, y más tarde Bolivia, donde pasó unos días detenido, antes de regresar a Brasil. En su segundo paso por esas tierras recorrió varias ciudades y conoció a Solymar, una morocha con la que terminó trabajando en la Guayana Francesa. La vida se había vuelto complicada. Sobrevivir implicaba dedicarse a robar estéreos para venderlos en el mercado negro. El cordobés conoció Perú, Ecuador y Colombia antes de ingresar a Centroamérica y avanzar hasta México.
Su madre, Lilia Guerrero, recibía cartas sin remitente con los relatos de libertad del hijo que se fue, pero nunca podía responderlas. Pasaron los años. Uno, dos, tres… seis.
Tenía veintitrés años llegó a Monterrey, uno de los estados más ricos de México. Era 1995 y allí juntó el dinero necesario para seguir hasta Nuevo Laredo, la ciudad que mantiene el intercambio comercial más intenso entre México y Estados Unidos. A través del paso de Laredo, al sur de Texas, llegó al país de las películas, en donde los sueños se hacen realidad. El viaje en colectivo a Nueva York fue eterno. A poco de llegar consiguió trabajo cerca de la estatua de la Libertad, en el restaurante italiano Sorrento, ubicado en Calle 18 y Quinta Avenida.
Desde la Gran Manzana llamó a su madre siete años después de haber partido. Le contó que cobraba trescientos dólares por semana a cambio de lavar platos, baldear el piso en los dos niveles del restaurante, levantar las mesas y hacer algunas entregas como delivery. Ella se mostró contenta, pero mentía.
Los dueños de Sorrento lo invitaron a quedarse, pero él decidió cambiar la ciudad de la libertad por una estadía en Texas trabajando en la construcción. Se decía que en la tierra del gobernador George W. Bush trabajando menos horas, se ganaba mejor.
En el sueño, un furgón se acerca a la puerta del pabellón Wills. La puerta se abre y Víctor entra para recorrer en el vehículo unos pocos e inexplicables metros hasta que el furgón se detiene. Después sueña que cierra los ojos para volver a abrirlos y mirar hacia el cielo. En el sueño tiene mala suerte. Lo que ve no es el sol, sino un cielo gris y nublado.
El 25 de noviembre de 1995 era un día soleado. Víctor ya había cumplido los veinticuatro años y desde el norte seguía hablando con cierta frecuencia con su madre, en barrio SEP. En aquel mediodía, junto a su amigo mexicano Jorge Chávez, robaron veinticuatro cervezas de un almacén. Para tomarlas se metieron en la casa donde estaban trabajando en el Condado de Collins, a ochenta y cinco kilómetros de Dallas. Acompañaron las cervezas con algunas dosis de crack.
Cuando se acabó la bebida salieron por más y fueron a buscarlas a un centro comercial llamado Sack and Save. Caminaron. Víctor llevaba puesto un largo piloto negro. Muchas personas los vieron. Esperaron en el estacionamiento hasta que vieron estacionar un Mustang color azul.
Encañonaron al conductor ante la mirada atenta de dos testigos que tomaron el número de patente y llamaron a la Policía para denunciar que dos latinos, “uno de ellos vestido con piloto negro”, habían secuestrado a un ciudadano norteamericano.
La víctima era Paul King, empleado de un negocio de venta de artículos electrónicos que había ido al centro comercial a comprar las cosas para una reunión de amigos que tenía a la noche, en su casa. Su destino estaba sellado. Unos kilómetros más adelante Chávez, que manejaba, detuvo el auto y el cordobés obligó a King a bajarse. El chico de barrio SEP asumió con suficiencia su nuevo rol de victimario y llevó al hombre hasta la entrada de un bosque ubicado a la vera de la ruta. Desde la ventana de su casa otro testigo vio a “un latino”, armado y vestido con piloto negro, antes de escuchar los cinco disparos. Cuatro seguidos en el pecho y un quinto, espaciado, que correspondió a la última bala que fue a dar a la nuca de King.
Los asesinos se quedaron con un reloj de plástico y un botín de apenas cincuenta dólares.
La puerta del pabellón Walls se abre y Saldaño, después de quién sabe cuántos años, sueña que por fin conoce la Casa de la Muerte, el lugar donde terminará su vida. Camina —da saltitos en realidad— por ese pasillo de unos veinticinco metros, observando las celdas vacías que se ubican a la derecha hasta llegar al final. Allí otra vez debe arrodillarse para que le saquen los grilletes.
Cuando el Sheriff llegó, “los latinos” ya habían tomado por la carretera. Sin embargo, en lugar de escapar decidieron que lo mejor era abandonar el auto sobre la ruta 75 de Texas y caminar otra vez rumbo al centro comercial, como si nada hubiera pasado. En esta ocasión fue un matrimonio el que los vio bajarse del auto y caminar.
- Uno llevaba un piloto negro.
Dijo la mujer.
Cuando el Sheriff llegó a detenerlos el arma que portaba Saldaño todavía estaba caliente. La frialdad estaba en Chávez, que apenas llegó a la comisaría acusó al cordobés del hecho y se desligó del homicidio.
A Víctor nadie le leyó sus derechos. No supo (quizá porque ya había olvidado esa parte de las películas norteamericanas que tanto le gustaban) que tenía derecho a un abogado, que lo que dijera podía ser usado en su contra y demás. Cometió otro error: aceptó frente al policía Martín Alvarado, que le habló en castellano, haber matado a Paul King.
Con las manos casi libres, vigilado por media docena de guardias, Víctor sueña que cumple con todos los pasos legales previos a la ejecución. Sueña que le toman las huellas digitales y que ingresa a la celda ubicada al final del pabellón que, aunque le quedan pocos minutos de vida, no será su última celda. Sueña que lo visita el alcalde de la cárcel, que es el encargado de leerle las razones de la ejecución. El enviado del Sistema. Saldaño sueña que en el rostro de ese hombre, como en esa celda, tampoco hay piedad.
Al confesar, Chávez llegó a un acuerdo con la fiscalía que le permitió evitar la pena de muerte. Por su parte, Saldaño, inmigrante sin papeles en regla, recibió de parte del Estado el apoyo de un defensor privado nombrado por la corte: David Haynes. El abogado supo desde un primer momento que su cliente estaba en riesgo; que su condición de inmigrante ilegal y latino, sumada a su confesión, lo acercaba a la pena de muerte. La población de Collins en un ochenta por ciento está conformada por blancos, anglosajones y protestantes.
Saldaño sueña cada paso previo a su ejecución. Sueña que come. Que le dan la comida que él elige. La que más desea. Sueña que el hombre muerto que es él está comiendo. De alguna manera eso le produce placer; sueña que tiene hambre y ánimo para masticar pensando en el final.
El juicio se desarrolló en julio de 1996. Además de Saldaño estuvieron presentes otros tres cordobeses. Lidia, la madre de Víctor, el entonces diputado provincial Carlos Hairabedian y su mujer. El proceso estuvo lleno de situaciones extrañas. Aunque había sido claramente irregular, Haynes no pudo hacer caer la confesión de Saldaño tomada en el momento de su detención.
Durante las audiencias Saldaño —que no entendía casi nada de inglés— mostró una actitud extraña, irónica y hasta sobradora hacia el jurado y la acusación. Tan llamativa era esa actitud que los cordobeses presentes sintieron que la traducción que le hacían a través de los auriculares, no reflejaba lo que estaba ocurriendo en la sala. Saldaño se reía en momentos en los que se hablaba de cosas muy graves y angustiosas. Finalmente llegó a testificar como perito un psiquiatra filipino llamado Walter Quijano, que había realizado un informe plagado de conceptos racistas.
Palabras más, palabras menos, el trabajo de Walter Quijano, que nunca entrevistó a Saldaño, indicaba que a través de un análisis estadístico estaba demostrado que al ser latino el reo era potencialmente más peligroso que las personas pertenecientes a otra raza.
A Saldaño lo cambian de celda, pero no de sueño. Y a la nueva celda llega el capellán que pertenece al Departamento de Contención al Condenado de la cárcel de Texas. Es el hombre que preside los funerales en el cementerio Joe Byrd, donde van a parar los ejecutados. Joe Byrd es el nombre de un reconocido verdugo del Corredor de la Muerte. Pero en el sueño de Saldaño no hay lugar para homenajes.
Sin la presencia de funcionarios de la cancillería argentina, la fiscal del caso, Mary Scalon, ratificó el odio hacia Saldaño al realizar su alegato.
- No hay que tenerle piedad. Él nunca dejará de ser un sujeto peligroso para la sociedad. No me sentiría tranquila si el detenido se muda a mi casa dentro de cuarenta años (en el caso de que fuera condenado a la cárcel y no a la muerte). No lo quiero cerca de mis chicos o de ustedes. No lo quiero ver en ninguna parte.
Pidió que el Jurado no se inclinara por una decisión fácil como la cárcel, sino que condenara al reo a la eliminación. Decidir matar no le costó mucho al jurado que, en apenas tres horas y media de deliberaciones resolvió por unanimidad y argumentando que nunca vio arrepentimiento en el rostro de Saldaño, condenarlo a muerte.
Poco tiempo después, mientras su madre apelaba la decisión del jurado, Víctor comenzó a pedir que lo dejaran morir.
En esa última celda oscura desde donde apenas puede verse el exterior, Saldaño sueña que su abogado y su consejero espiritual hacen uso de los treinta minutos que tienen para hablar con él. Sueña que se baña, que los guardias le dan la oportunidad de elegir con qué ropa quiere morir. Saldaño ve que esa elección es bastante simple cuando le presentan dos alternativas: el uniforme blanco de la cárcel o el uniforme de trabajo. Saldaño sueña que elige.
El papel de Lidia Guerrero batallando por la vida de su hijo fue conmovedor desde el inicio. El primer juicio fue apelado por los conceptos racistas referidos a la condición de latino de Saldaño. Increíblemente, aunque el procurador general de la Justicia texana, John Cornyn, admitió ante la Corte Suprema de Estados Unidos que el fallo estaba viciado de racismo, la Corte Suprema de Texas ratificó la condena en tres oportunidades: 1999, 2002 y 2004. Ya en 2000 Víctor recibió la carta que imponía como fecha de su muerte el 18 de abril de ese año, pero las apelaciones la postergaron.
Durante su segundo juicio, Saldaño mostró un evidente signo de deterioro mental. En pleno proceso comenzó a masturbarse. Para la corte de Texas eso no alcanzó para declararlo insano. Volvió a ser condenado disparando una larga serie de apelaciones de sus abogados. Mientras tanto el Senado de Texas sancionó la Ley Saldaño (inspirada en la primera condena) en la que se establece que el Estado no podrá volver a invocar la raza como elemento de prueba en un proceso penal. Ese logro, que no beneficia a Víctor sino a los que sean juzgados después de él, se logró en gran medida gracias al trabajo del consulado argentino en Houston. Derrumbado mentalmente, Víctor ya no es quien mató a King, sino otro individuo producto de dieciséis años de encierro y de espera en el callejón de la muerte.
A varias de las personas que lo visitaron, Víctor les reiteró su pedido de que lo dejaran morir. Por disposición del Estado de Texas, Saldaño no puede tocarse con quienes lo visitan. Todos, incluida su madre, deben conformarse con hablar mediante un vidrio y utilizando una línea telefónica. En agosto de 2007 la Cámara de Apelaciones en lo Penal de Texas rechazó el pedido de nulidad de la segunda condena a Víctor Hugo Saldaño.
Saldaño no sueña que abraza a su madre porque sabe que eso es imposible, que en el país de la libertad los asesinos no tienen ese derecho, porque en ese país los presos condenados a muerte no pueden tocar otra vez a quienes aman.
El 16 de abril de 2008 la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos consideró constitucional la aplicación de la inyección letal. La duda en este sentido había obligado a suspender las ejecuciones programadas en ese país desde setiembre del año anterior. Muchos estados, entre ellos Texas, consideraron que ese fallo los habilitaba para seguir matando condenados. La defensa de Saldaño, con el apoyo de la cancillería argentina, interpuso entonces una acción “de certiorari” ante la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos. Ese planteo se apoya en el argumento de que el derrumbe mental de Saldaño, luego de pasar tantos años en el corredor de la muerte, lo transforma en alguien inimputable.
Saldaño fue retirado provisoriamente de ese corredor para ser trasladado a un psiquiátrico donde volvió a disfrutar de un patio, del cielo y de la posibilidad de leer. El planteo que pocos pensaban que podría prosperar fue tomado e impulsado como tal en 2010 por el Departamento de Estado Norteamericano.
Víctor sueña que se acaba su hora. Ve cómo lo trasladan a la cámara de ejecución. Lo acompañan los funcionarios del equipo de ataduras del pabellón Walls (hasta para ser organizada, la Justicia norteamericana parece cínica). En el sueño le indican que se tumbe en la camilla y lo atan en apenas segundos. Entonces entran los funcionarios del equipo de intravenosas.
Recostado en la camilla, atado, con las agujas en sus venas, Saldaño sueña que mira hacia la ventana y ve entrar a los cinco familiares de Paul King, a quienes la justicia permite entrar. En ellos hay un gesto de satisfacción. Los acompaña el jefe del departamento de Atención a la Víctima.
En el sueño Víctor ve llegar a los cinco periodistas que presenciarán el sacrificio, y a su madre, y a las personas que entran con ella a verlo por última vez. Recién entonces se enciende el micrófono sobre la camilla a la altura de su boca y entonces Saldaño (atado, lleno de agujas, sometido) tiene la generosa posibilidad de decir sus últimas palabras. Palabras que serán grabadas y reproducidas en la página web del Estado de Texas, orgulloso de matar.
Saldaño sueña que el somnífero ingresa en sus venas, sueña que la segunda droga paraliza su diafragma y sus pulmones, sueña que su corazón se detiene y que, por fin, los lentos años de tortura legal impuestos por el Estado norteamericano se acaban.
Pero despierta, porque aun soñar con la muerte sería un alivio. En la cárcel donde Saldaño espera la muerte no está permitido soñar.
Epílogo:
Víctor Hugo Saldaño estuvo hasta 2010 en el callejón de la muerte. Actualmente espera en un hospital psiquiátrico que la Corte de Estados Unidos decida sobre la validez del segundo juicio, en el que fue condenado a pesar del evidente deterioro mental que le produjo la cárcel.