La de los videojuegos es actualmente la industria más lucrativa del mundo del entretenimiento a nivel global, este año estará cerca de duplicar en facturación al cine y aunque los gigantes de la producción gamer traten de soslayarlo y hasta lo nieguen abiertamente porque “atenta contra el negocio”, la realidad es que todo videojuego es político.

Cada título habla de política, aún sin enunciarlo. Cada decisión que toman sus desarrolladores es una decisión política. Y sino, vamos a algunos ejemplos que entendamos todos porque nobleza obliga, como muchas personas que lean estas líneas, tampoco soy un experto jugador.

Cuando en un título de guerra el o la jugadora (posicionamiento político inclusivo del redactor) solo puede tomar el control del ejército de uno de los bandos en disputa, allí subyace una decisión política acerca de con que causa quieren los desarrolladores que  se empatice en la ingeniería emocional de la partida.

Cuando en un juego de roles y relacionamiento el o la protagonista solo puede mantener relaciones sexoafectivas en una lógica y entorno binario y heteronormado, allí existe una indisimulable postura política.

Lo mismo sucede en aquellos títulos en los cuales el personaje desafía las leyes, la autoridad y trata de desenvolverse en misiones que constituyen toda una oda a la anarquía. Detrás de esa entretenida ficción, hay (aunque sus creadores lo nieguen) una postura política.

Hasta en los hiperpublicitados juegos de deportes (como los de fútbol) en los cuales corre con ventaja el o la gamer que logra comprar al jugador del momento por sobre quien conoce de tácticas y estrategias de juego... ¡decisión política referí!

Así también en la última década han surgido desarrollos desde productoras independientes que abren el abanico de posibilidades, guerras en las que el o la protagonista puede elegir de que lado combatir o entornos de relacionamiento libre entre personajes de todas las autopercepciones posibles, hay allí también posicionamientos políticos, claros, válidos, explícitos.

Quien le interese profundizar al respecto seguramente encontrará de alto valor estas notas publicadas por Hiperhipe y por Todas Gamers, respectivamente.

Todo videojuego es político, pero la política no es un videojuego

De Loredo Fight

En el marco de la actual campaña electoral con vista al 14 de noviembre, apareció un videojuego denominado De Loredo Fight (intento de émulo del mítico Street Fighter) en el cual se enfrentan Rodrigo De Loredo y “las fuerzas del cambio” contra el equipo de “los K”.

El primer bando está conformado por el citado De Loredo junto a Patricia Bullrich, Horacio Rodríguez Larreta, Martín Lusteau y Luis Juez. No, Mauricio Macri no forma parte de las fuerzas del cambio (si no hay allí una decisión política…). En la facción del frente encontramos a Cristina Fernández, Máximo Kirchner, Alberto Fernández, Axel Kicillof y Sergio Massa.

Quien ingresa a jugar solo puede escoger pelear para el equipo de De Loredo y debe ganar dos de tres rounds para alzarse con la victoria.

El título está cargado de la simbología que identifica al discurso de los exCambiemos. Cuando triunfa el o la jugadora de este equipo consigue resultados tales como descubrir pilas de dólares o poner presos a sus adversarios. Por el contrario cuando alguien de “los K” gana la partida tapa al perdedor con dólares, heladeras y choripanes.

Desde luego nadie esperaría que De Loredo Fight incluya referencias a la pobreza cero, al aumento de la inflación o de la deuda externa, mucho menos al FMI. De hecho sintoniza perfectamente con la casi total ausencia de debate sobre esos y otros tantos temas cruciales para la vida de quienes habitamos la Argentina.

A la vez es perfectamente coherente con la lógica simplista y dominante de “buenos y malos” que se impone para (de nuevo) evitar la discusión en profundidad.

De Loredo Fight es sin dudas una simpática y entretenida ocurrencia de campaña que bien podría ser sólo una anécdota más de este proceso electoral, si el contexto fuera de discusión desde la más pura honestidad intelectual. Sin embargo la cruda realidad indica que tan pero tan pobre es la calidad del debate preelectoral, que los gráficos de este videojuego sobran para constituirse como su representación más cabal.

Todo videojuego es político, pero la política no es un videojuego