En su discurso ante el Congreso con motivo de la apertura de las sesiones ordinarias el pasado 1 de marzo, el presidente Alberto Fernández tocó de manera muy breve la cuestión de la política exterior.

Lo hizo dando una definición que en un primer momento podría espantar a teóricos y académicos de las Relaciones Internacionales:

"Consolidamos un idealismo realista y un pragmatismo que no olvida los valores”.

Hablar de “idealismo realista” es una contradicción en si misma ya que son dos posturas contrapuestas per se. Sin embargo, más allá de algunos ecos que pueden recordar a la política exterior del gobierno de Raúl Alfonsín, la expresión tiene sentido. A lo que hizo referencia el presidente fue a la necesidad de sostener una política exterior pragmática, pero sin dejar de lado los principios ideológicos básicos que siente que guían su gobierno desde el 10 de diciembre de 2019.

 

Alberto Fernández y el idealismo realista

 

La relación con Joe Biden bien –más allá de los traspiés del canciller Felipe Solá y sus desafortunadas declaraciones- empezó muy bien. El estadounidense buscará un aliado político en la región, y ya no puede ser Jair Bolsonaro. El brasileño y su estilo de liderazgo están tan identificados con Donald Trump que incomodaría demasiado a los sectores más progresistas del Partido Demócrata, que hoy se parece más a un gran frente o a una coalición que a un partido homogéneo tradicional. La centralidad que Biden le da a la lucha contra el cambio climático en su discurso chocan frontalmente con el discurso bolsonarista, que también sostenía su antecesor. El regreso de los Estados Unidos al Acuerdo de París van en ese sentido. También la próxima cumbre de Líderes sobre el Cambio Climático, que se celebrará el 22 de abril. John Kerry, actual enviado especial para el clima de la Administración Biden, llamó personalmente a Fernández para invitarlo a participar. Las coincidencias respecto de esa cuestión aportarán a la cercanía entre ambos mandatarios.

Por supuesto, no puede soslayarse el rol de la República Popular China, actualmente primer socio comercial de Argentina. Ya se anunció un viaje próximo de Fernández al gigante asiático para encontrarse con su par Xi Jinping, y Solá incluso adelantó la posibilidad cierta de que el país pase a formar parte de la Iniciativa de la Franja y la Ruta, lo cual implicaría un inestimable desembolso chino para obras de infraestructura, vías férreas y puertos. El gobierno deberá tener la suficiente muñeca diplomática para evitar que esto le acarree algún tipo de confrontación indirecta con los Estados Unidos. Si bien Biden tiene un tono más moderado en comparación a su antecesor, de ninguna manera la guerra comercial con China va a aminorar en el mediano plazo. Otro país al que Argentina debe seguir con atención es Vietnam, el Estado del Sudeste Asiático actualmente es el quinto socio comercial de nuestro país, y el único con quien tenemos superávit comercial.

En lo que respecta a América Latina, las intenciones del gobierno son claras: intentar re editar cierto intento de unidad como en los tiempos de la UNASUR. El escenario es radicalmente diferente a aquella época, e incluso gobiernos “amigos” como el de AMLO en México, no parecen tener ninguna intención de liderar la región. Por lo pronto, Alberto busca apoyarse en su par mexicano debido a la mala relación que tiene con Bolsonaro, con quién aún no se han encontrado en persona, más allá de un contacto por video llamada, producto del gran trabajo que viene realizando el embajador Daniel Scioli. A finales de marzo se celebrará la cumbre por los 30 años del MERCOSUR. El bloque viene cuestionado por sus miembros debido a que Brasil, Uruguay y Paraguay reclaman flexibilizaciones a las que Argentina se opone terminantemente.

Respecto de eso, el presidente uruguayo, Luis Alberto Lacalle Pou, fue claro en su propio discurso de apertura de sesiones ante el Parlamento uruguayo. Allí se refirió abiertamente de la necesidad de caminar hacía “flexibilizaciones” en el Mercosur que permitan la apertura hacía “nuevos mercados” para el Uruguay. Actualmente, los miembros del bloque no pueden firmar tratados de libre comercio (TLC) por separado. Las flexibilizaciones a las que apuntan tanto Lacalle como Bolsonaro irían en ese sentido. Seguramente será uno de los principales puntos en discusión para la reunión de los mandatarios a finales de mes. En ese aspecto, por ahora, Fernández parece encontrarse bastante “sólo” respecto de sus pares. Su opinión claramente no es la mayoritaria y no hay muestra alguna de que pueda modificar la de los demás presidentes con propuestas concretas. El Mercosur, si bien, seguramente continuará porque es una política de Estado que trasciende a los presidentes de turno, probablemente lo haga con algunas modificaciones sustanciales.

En un contexto tanto regional como mundial complejo e impredecible, Alberto Fernández intenta mostrarse como un líder latinoamericano. Los dos presidentes con quien más le gusta referenciarse, Raúl Alfonsín y Néstor Kirchner, lo fueron, cada uno a su manera. A falta de liderazgos reales, con mandatarios cuestionados y desprestigiados, sus ambiciones no son tan irreales como podrían sonarle a cualquiera que siga la política diaria argentina. Su candidatura al Premio Nobel de la Paz se inscribe dentro de esta serie de movimientos para mostrarse como un dirigente de peso y referencia en la región. También sus llamados a construir un “capitalismo más humano”, en consonancia con el Papa Francisco, tal y como expresó durante su exposición en Davos. Lo cierto es que, efectivamente ya influyó fuertemente en un proceso electoral vecino, y tuvo éxito. El 11 de abril habrá segunda vuelta en Ecuador, y si Araoz triunfa, también habrá festejo en Olivos.

Por lo pronto, su “realismo idealista” presenta muchos desafíos, pero también oportunidades y aciertos concretos.