En la columna de la semana pasada planteábamos la hipótesis de que las recientes novedades sobre las vacunas podrían inyectar una dosis de optimismo en los estudios de opinión pública que se realizaran luego de esas noticias. Confirmando nuestra hipótesis, comenzaron a aparecer datos en esa línea: según la encuesta nacional realizada por Analogías, la imagen positiva del presidente Alberto Fernández insinúa una suba de 3,2 puntos porcentuales respecto a la medición anterior, mientras que la negativa cede casi 3 puntos porcentuales (gráfico arriba).

Si bien se trata de variaciones estadísticamente no significativas considerando el error muestral, el dato es atendible, dado que la medición de octubre de esta consultora fue la más representativa de la serie en ese mes.

 

 

De manera consistente con esa tendencia, también sube el acuerdo con las medidas del gobierno para enfrentar la pandemia, llegando a 52% y superando por casi 10 puntos porcentuales al desacuerdo (gráfico arriba).

En cambio, es un poco más baja la confianza en que se pueda inmunizar una parte importante de la población en los próximos meses: casi 44%, vs casi 50% de escepticismo (gráfico abajo).

 

 

La distribución de creencias respecto a la confianza en las posibilidades de inmunizar a una parte importante de la población en los próximos meses es similar a la que se observa en las predisposiciones respecto a la obligatoriedad o no de la vacuna: según el mismo estudio, casi 41% cree que la aplicación debe ser obligatoria, mientras que 49% cree que no (gráfico abajo).

 

 

Por otro lado, la mejora en la imagen presidencial también se detecta en el estudio más reciente realizado por la consultora Reyes Filadoro en el distrito electoral más gravitante del país (con el 37% del padrón total). La calificación positiva de Alberto Fernández pasó del 57% al 59% entre octubre y noviembre, mientras que la negativa cedió del 42% al 39% (gráfico abajo).

Nuevamente, las variaciones son menores, pero consistentes en términos de tendencia con los datos nacionales de Analogías que vimos antes.

 

 

Sintomáticamente, el 59% que califica positivamente al presidente coincide con la misma proporción de electores de esa provincia que responde que seguramente o probablemente se aplicaría la vacuna rusa, mientras que el 39% que tiene una opinión negativa de Alberto Fernández está en el mismo orden de magnitud del 41% que responde que probablemente o seguramente no se vacunaría.

Así, hay un cierto “efecto grieta” en las actitudes con respecto a este tema: entre quienes votaron por Juntos por el Cambio en la elección presidencial de hace poco más de un año sólo un tercio se aplicaría la vacuna rusa, mientras que entre quienes eligieron al Frente de Todos esa proporción ronda el 80% (gráfico abajo).

 

 

A nivel nacional, la encuesta del Observatorio de Psicología Aplicada de la Universidad de Buenos Aires (UBA) también midió las percepciones de confiabilidad y eficacia de la vacuna rusa: el 51% la consideró totalmente confiable o algo confiable, contra 49% que la ve poco o nada confiable, lo que implica un empate técnico. Es mejor el resultado en cuanto a percepción de efectividad en términos de inmunización: 55% cree que será totalmente efectiva o algo efectiva, vs 45% que cree que será de baja o nula efectividad; aquí, el saldo a favor es de 10 puntos porcentuales (gráfico abajo).

 

 

En términos comparativos, esa encuesta detectó que la vacuna rusa divide opiniones de manera polarizada y simétrica: 43% estaría dispuesto a vacunarse con ella y 44% no, un empate técnico. En cambio, la vacuna desarrollada por la Universidad de Oxford y producida por Astra-Zeneca (que también se fabricaría en nuestro país en virtud de un convenio firmado por el gobierno nacional) atraviesa ese “efecto grieta”: el 54% estaría dispuesto a vacunarse con ella, contra 30% que dice que no (gráfico abajo).

 

 

Finalmente, lo más positivo es que la grieta se diluye cuando se mide la variable relativa a la importancia social de la vacunación: 78% coincide en valorar como importante que la gente se vacune contra el Covid-19 y apenas 22% no lo hace. Así, la actitud renuente a la vacunación, si bien no es menor en el marco de una pandemia, es casi cuatro veces inferior a la valoración de su importancia a nivel país (gráfico abajo).

Una eficaz campaña de comunicación de salud pública al respecto debería ser capaz de fidelizar ese casi 80% para transformarlo en conducta efectiva de vacunación y de persuadir a la mayor cantidad de personas reticentes a efectos de consolidar la salida de la “coronacrisis” hacia una nueva normalidad.