Llegaba a la Escuelita con su uniforme de colimba, en moto. Una moto que me parecía por entonces más o menos grande, una Gilera, tal vez... que dejaba estacionada sobre la calle Caseros. Su aspecto era la de un chico serio, mayor, aunque apenas era un veinteañero, como casi todos. No hablaba mucho ni participaba en los debates que se armaban en el aula magna, donde cualquier discusión de cátedra viraba a lo político y a voz en cuello competían los mejores oradores: los peronistas, los guevaristas, los comunistas, los chinos, radicales, socialistas y reformistas se sacaban chispas sabiendo que en ese terreno dirimían las futuras filiaciones de su auditorio. Y lo escribo en masculino, porque salvo excepciones, por caso, Mirta, del PST, casi todos los “jetones” eran varones.

No recuerdo exactamente el momento en que empezamos a conversar, ni cómo nos fuimos vinculando. Recuerdo, sí, que no vestía a la moda: jamás. No usaba mocasines, ni pelo largo ni las camisas verde oliva. A lo sumo un vaquero que no llegaba a disimular que lo suyo era antiguo, de otro tiempo.

Había dejado el seminario pero conservaba algunos tics del cura que no llegó ser. Sus modales amables, su tono persuasivo y su escucha atenta.

¿Su fuerte? el cara a cara, la argumentación y la contra argumentación. En la conversación él se sentía cómodo. En ese vínculo del uno a uno desplegaba sus convicciones y pasiones.

No hablamos nunca sobre porqué dejó de estudiar para ser cura, ni cómo hizo su pasaje a la militancia política; creo que no hablamos tampoco de sus gustos y aficiones aunque mis recuerdos lo unen a la música y a la lectura.

¿Una imagen suya? Un retiro de fin de semana leyendo textos de Engels y Lenin, base de la formación filosófica y política del momento. Al día de hoy no sé qué enseñanza eso me dejó pero de esa breve convivencia recuerdo el despertar del domingo, donde él nos trajo, a las mujeres, el desayuno a la cama, mientras por la radio sonaba música romántica o melodiosa: ¿un Roberto Carlos? Tal vez.

 

Militaba en el PRT, y no lo ocultaba: distribuía la prensa; volanteaba en las puertas de fábrica, en el primer turno de ingreso, llevaba y traía paquetes en su moto, subía y bajaba por las calles de la ciudad, siempre atareado. Siempre dispuesto. Una vez

Lo descubrió Baez, el portero del edificio de la calle Caseros y Vélez Sarsfield almacenando molotovs en un aula de la Escuelita. Eran tiempos de actos relámpago y cortes de calles. Eso nos preocupó, pero no tanto, aunque años después supimos que la lista de estudiantes revoltosos y peligrosos había sido elevada al Tercer Cuerpo por ese personaje que entonces nos resultaba amigable.

¿Qué más recuerdo de él?

Invierno. Madrugada en Nueva Italia, barriada “proletaria” y alejada de las luces del centro: en sus paredes había que estampar consignas revolucionarias.

Él, que fue al barrio la tarde anterior y había identificado las paredes a pintar también tomó la precaución -junto a una de las chicas que lo acompañó- de ocultar los aerosoles en un descampado para evitar que un desplazamiento con ese “armamento” nos pudiera valer una detención si caíamos en una requisa policial.

Las paredes seleccionadas no eran muchas, pero sí muy visibles.

Antes de llegar al barrio nos habíamos puesto de acuerdo: uno o una hacía de campana; quien tenía la letra más clara empezaba a escribir la consigna, casi en punta de pie, alto, en el margen izquierdo, al tiempo que un tercero o tercera dibujaba las siglas y firmaba la proclama en la parte de abajo y a la derecha de la pared. Cada pintada no podía demorar más que fracciones de minutos y así seguía la próxima, establecida en el recorrido, hasta acercarnos a la parada de ómnibus que nos llevaría de vuelta al centro de la ciudad. Todo ese recorrido duraba apenas unos minutos. Era noche cerrada, hacía frio. Mucho. Teníamos poco tiempo. Lo primero, claro, era hacernos con las pinturas. Buscar los aerosoles.

Las piedras y ramas del baldío que ocultaban el escondite habían desaparecido en la oscuridad. No se veían ni las manos. Pero lejos de desanimarse, Juan, no sé de dónde, porque no fumaba, se agenció un encendedor, y dio la indicación de internarse en el baldío y escarbar, en cuatro patas, en los pequeños montículos de tierra, que no eran pocos, hasta encontrar el escondite y recuperar los benditos aerosoles.

El encuentro con las pinturas llevó su tiempo y, como es obvio, el día avanzó. Pese al riesgo, y en plena represión, las pintadas se hicieron obra y gracia de su testarudez. Claro, que la complicidad de la barriada impidió que la aventura naufragara en una comisaría. Con él siempre recordábamos esa anécdota quijotesca de jugar al gallito ciego en un descampado a la luz de la luna, poniendo en riesgo nuestra integridad y lo poníamos de ejemplo cual ley de Murphy de que “ si algo podía salir mal salía mal”…

Con Mabel nos conocimos, también, naturalmente, en los grupos de estudio de la Escuelita.

Cuando nos juntábamos a estudiar, ella intervenía poco. Parecía distante, pero era de andar pensando hondo.

Escuchaba y tejía, tejía, hasta que le llevaba el turno de lectura. Hablaba bajo, despacio con timidez, pese a lo cual lograba transmitir serenidad. Estar junto a ella era sentir que todo iba a salir bien.

¿Lo más llamativo de su persona?.Su pelo, largo, lacio, castaño, muy largo. Sin exagerar, lo recuerdo llegando a la cintura.

Casi siempre lo llevaba atado, como si quisiera disimularlo. Pero, de a ratos, lo soltaba. Lo liberaba. Y entonces ella mostraba todo su carácter y uno podía presentirla galopando en sus sueños. Eran destellos. Sus destellos.

Y así llegó el tiempo en que Juan conoció a María Esther, la hermanita de Mabel. Y él supo que esa mujer le estaba destinada. Creo que ella sintió lo mismo, porque no volvieron a separarse.

Y ya no hubo pintada, ni volanteada, ni reunión que a Juan le importaran más que ella. Y ya no llegaba a tiempo, ni era el mejor alumno, ni el más cumplidor. El amor, el gran amor había llegado a su vida.

Sé que a Juan su amor por la vida junto a María Ester y los riesgos que corría le dolían. Aún así siguió y siguió. Sufriendo el tiempo que le retaceaba. Imaginando, seguro de que les quedaba tiempo.

Sé que su mirada fue lo último que retuvo el día de su secuestro, cuando la patota llegó, un mediodía, a la casa de Alta Córdoba, donde se reunieron las hermanas, junto a sus padres. y se los llevó a él y a Paula. Estoy segura yo que la mirada de su mujer lo mantuvo digno en su cautiverio, agonía y muerte.

Juan y Paula, mis amigos, compañeros, por siempre: Alberto García y Mabel Damora.